HACHA Y TIZA

 

 ¡Qué ancha era mi calle!

Escribe: Dr. José E. Rodríguez

 

 Haber publicado la columna ‘Volvieron las máquinas’, en la edición de HOY CANELONES del pasado jueves, me tentó a rescatar (para la memoria colectiva santalucense), oficios de laburantes que en el siglo pasado caminaron sobre la ‘Calle ancha’. Como bien dijo el poeta Antonio Machado: ‘Caminante, no hay camino, se hace camino al andar…’, se me cruza en la retina de la memoria ‘Chirizola’, arrastrando sus pies a causa de usar calzado que no era de su talle. Llevaba una azada al hombro y se ofrecía para carpir. En forma humorística digo que quien lo conociera, sabía que debía vigilarlo porque él podía destrozar un hermoso jardín en un santiamén. Vivía en los fondos de la casa del carpintero Varela. No supe su nombre. Tampoco sé cuándo falleció.

Cada tanto tiempo pasaba ‘El paragüero’. Desconozco nombre y domicilio. Se llevaba los paraguas rotos y cuando ya uno ni se acordaba más de ellos, él aparecía y lo traía reparado, porque pocas cosas eran descartables en esos años.

Cristóbal, el hojalatero, vivía cerca de casa por lo que lo veía pasar a diario. En la mañana salía con sus brazos abiertos de los que colgaban ollas, latones y regaderas a los que les había cambiado el fondo. Regresaba luego de recorrer a pie gran parte de la ciudad. Tanto llevaba, tanto traía: clientes no faltaban pues las ollas tampoco eran descartables.

Cuando el colchón de lana se ponía duro, mi padre le avisaba al colchonero. Unos días después se lo veía llegar con su escardadora de lana al hombro. Solicitaba una mesa grande y cual cirujano con aguja de colchonero e hilo rellenaba el nuevo cotín. Esa tarea le llevaba medio día. Los modernos colchones de Polifon le fueron disminuyendo el trabajo y a diferencia de algún ‘afilador’ no se ve mas ninguno.

Las noticias de la noche llegaban a la vecindad debajo del brazo de Toribio. Ni el viento ni la lluvia lo detenía, solo era cuestión de esperarlo. A la hora aproximada salíamos ‘a campanearlo’. Algunas veces la espera fue en vano pues al preguntar a algún vecino si lo había visto pasar muchas veces nos dijeron: ‘¡Ya pasó!’.

En las calurosas tardes de verano en la vecindad esperábamos oír: ‘¡Vasitoooo, copita, helados!’. Con sus heladeritas de espumaplast colgadas del hombro, estos señores alborotaban al barrio.

El vendedor de panchos más famoso de aquellos tiempos vivía a una cuadra de mi casa. Al atardecer rumbeaba para la estación del ferrocarril, con su ‘maquina’ al hombro y en sus manos el caballete de fuelle que utilizaba para apoyarla.

El ‘Brasilero’ pasaba rumbo a la estación y unos días después regresaba con su carretilla de fabricación casera cargada de valijas de cuero duro que se notaba estaban muy pesadas. Su regreso coincidía con el tren que venía de la ciudad de Rivera. Fue el primer ‘contrabandista de frontera’ que conocí.

Quedan en el tintero: Aroldo Onorio, el tropero que solía detenerse a conversar con los vecinos; los escoberos anunciando su mercadería, las gitanas vendiendo ollas de cobre y mi vecino Amado ‘Claraboya’ González (apodo proveniente de la idea que tenía su padre: realizar una claraboya desde la estación a la Plaza para que los días de lluvia la gente que llegaba en tren no se mojara). Amado, raramente faltaba a un remate que se efectuara en las inmediaciones. En ellos compraba cosas que después llevaba a otro remate. Quizás nos encontremos con ellos en otra oportunidad.

 09Personajes

Composición fotográfica: Edgardo Taranco.