Historias de vida: Venancia Cabrera Pérez

08cerriTiene 85 años recién cumplidos y un empuje vital formidable. Quedó viuda a los 36 años con cuatro hijos y recompuso su vida, que fue laboriosa. En Parador Tajes, donde vive desde siempre, se mantiene activa. Además integra el coro de AJUPENCE y viaja seguido en excursiones. sus hijos, nietos y bisnietos la adoran.

Se llama Venancia Cabrera Pérez pero todos la conocen por Nena. Su hija Sandra nos comentó, en su casa de la Ruta 47, que sigue coqueta. Cuando hicimos el contacto para la nota nos dijo que ese día no podía porque tenía que pasar por la peluquería. Nena sabe lo que es trabajar en la tierra. Mujer guapa sin despreciar a nadie. El buen humor la acompaña y es muy expresiva. Nos habló de la vida de antes y de la de ahora.

Una vida laboriosa

“Nací el 26 de mayo de 1930. Yo era la más grande y mis padres me empezaron a decir Nena, no sé por qué. Me conocen más por Nena que por mi nombre. Mi madre se llamaba Venancia Pérez Hernández y papá Feliciano Cabrera Rivera. Los abuelos por parte de mi padre, Narciso Cabrera y Segunda Rivera. Por parte de mi madre, Venancio Pérez y Vicenta Hernández. Todos eran de la zona en que vivo, Parador Tajes, Barrancas Coloradas. Una vecina, Petrona García, ayudó a mamá para mi nacimiento en la casa paterna. Era una señora que se prestaba para eso. Siempre había una vecina que era más activa que las otras en estas cosas. Estaba casada con Felipe Rivera. Mis hermanos: primero fue un varón que se llamaba Feliciano como mi papá, pero falleció a los 19 días. La segunda era yo, Venancia, Segunda Felicia después, Rosa que le decimos Tita y Evangelina que le decíamos Eva, ahora es fallecida. Quedamos cuatro mujeres. Yo me casé una sola vez. Mi marido, Manuel Acosta Rodríguez, Manuelito. Los hijos, Humberto Ariel, Aníbal Manuel, Sergio Andrés, Sonia Margot, Reina Marisa. Quedé viuda a los 36 años. A los dos años me conseguí un compañero, Manuel Ernesto Sanabia, le decían Quico, con el que tuve otra hija, Sandra Mabel. Nietos tengo también. De Humberto: tres mujeres y un varón; Aníbal tiene cuatro hijas, tiene mellizas; Sergio tiene dos varones; Sonia dos varones. Y Sandra una hija. Son trece. Y bisnietos vienen siendo once”, nos dice en su presentación.
Algunos de los hijos no están en el país. Sandra está en Parador Tajes con Nena. Es La más chica. Reina, en El Colorado. Sergio está ahora en Argentina, pero estuvo muchos años en Italia. Aníbal en Buenos Aires, Sonia en Bariloche. Humberto en Los Cerrillos.

La niñez y la escuela

“Yo fui a la escuela particular que tenía Rufina Van Velthoven, le decían Rina. (La gran poetisa de Los Cerrillos, agregamos nosotros). Fuimos las cuatro hermanas. Hicimos cuatro años ahí. Pero como había un arroyo de por medio, cuando estaba por llover no nos mandaban, porque el arroyo se crecía y no podíamos pasar. Porque íbamos a pie. A veces a la más chica la llevábamos a caballo. Faltábamos mucho por eso. Cuando fuimos ya sabíamos leer algo, mamá nos enseñaba. Aprendimos con Rina. Y de rezar, porque ella era muy creyente, Dios nos libre, papá estaba en contra. Igual nos enseñaba. Rina era buena, enseñaba bien, era modista también. A veces ponía una muchacha que era sobrina de ella, y a nosotros no nos gustaba. En ese tiempo éramos muy tímidas, muy vergonzosas, pero si había algún problema con otras compañeras sabíamos defendernos. Íbamos a la una de la tarde con la Negra Beittone, que era muy amiga de nosotras. Si ella no iba, nosotras no íbamos. Le decíamos a mamá: ‘Hoy no hay clase’, pero era porque nuestra amiga no iba. Picardía nuestra. En esa época empezaban a arreglar la carretera, la Ruta 47, tendría ahí 10, 11 años. Por 1940 era eso. La vecindad de por allí iba a la escuela de Rina. La Chica Núñez, Maruja Gibert, Susana, Coca Beittone, éramos unas cuantas. A las 4 y algo regresábamos a casa. Una casa donde había pozo manantial, horno, cocina a leña, brasero, el porrón para los pies… Muchas cosas de la comida la teníamos en casa, pero había que comprar fideos, café y otras cosas. Lo comprábamos en lo de Froilán Rodríguez o en lo de José Beittone, después quedó Mario Beittone. Íbamos a caballo a comprar. Éramos felices y la comida eran guisos, sopones, de todo un poco. Las hermanas se criaron atrás de la abuela. Un día papá iba a carnear y nosotras disparábamos porque el chancho gritaba. ‘Vengan para acá muchachas no sean cobardes, sean corajudas’, nos gritaba. Y a nosotras nos daba lástima. La abuelita lo rezongaba a él: ‘Deje a esas muchachas quietas que tienen miedo’. Ella sacaba la cara por nosotras. Esas cosas nos marcaban y nos fuimos haciendo fuertes. Y cuando quedé viuda quedé yo sola. En la casa de mi marido, Manuelito. Y después con Quico Sanabia hicimos un rancho que se fue cayendo y yo dije: ‘Vamos a hacer uno nuevo’. Él no quería. Pero salí y empecé a vender la producción y entonces la hice construir la casa. En la propiedad que me tocó a mí y a los gurises que eran menores”, evoca Nena, que mostró su carácter y voluntad para salir adelante.
De allí no la sacan más. Le gusta el pueblo para salir a pasear o a comprar. Actualmente, en la propiedad se planta por parte del yerno de Nena, Raúl Ruiz. Estuvo un par de años en una estancia en Libertad: “Quico de peón casero y yo de cocinera. A los hijos me los cuidó mamá. Ya eran mayores. Cada 20 días venía, me traía el sueldo mío, el de Quico y algún comestible y lo traía para los gurises. Pero nos vinimos y seguimos en la chacra. Fue en el 70 cuando nos vinimos de Libertad”.

El trabajo de la casa

“Mamá se dedicaba a cocinar y a trabajar en la chacra. Y papá tropeaba, compraba animales, estaba igual cuatro o cinco días en eso. En la chacra se plantaba maíz, papas, boniatos, zapallos, porotos, de todo, tomate, frutales había, pero muy pocos. Había vacas, terneros, cerdos, aprendimos a ordeñar, cada una de las hermanas ordeñaba una vaca y nos encantaba. Andá ahora a pedir que ordeñen… y arábamos. A las 7 ya había ordeñado la vaca y le había dado de comer. Salía mamá con nosotras, con un arado de mano, picábamos los bueyes, después aramos con un arado de carro que era un carro que levantaba la mancera con dos yuntas de bueyes, me acuerdo que uno de los bueyes se llamaba Cara Sucia y España. A veces papá compraba bueyes que ya venían con el nombre. Éramos unas gurisas y no teníamos otra diversión”, dice.
Cuenta también que “los domingos estábamos libres, íbamos a la casa del vecino a pasear un poquito. A lo del Pelado Rivera. Con el Rúben, con Mario, con Tiche nos criamos. Siempre decimos que nunca nos peleamos. Mirá ahora: se miran de reojo y se pelean. Anduve en las trillas. En la nuestra creo que era con Tejera, porque también venía Bartora. Para nosotras era una fiesta. Venían los vecinos y nosotras íbamos a la de ellos. Cuando sonaba el pitazo de la máquina, venían a comer y a nosotras nos gustaba, porque venían los muchachos a mirar, cuando éramos mozas. La trilla a lo del Pelado Rivera, que era el vecino, después a lo de Umpiérrez. Estuve en las carneadas, hice vendimia de viuda. El campo eran 10 cuadras, se dejaban ovejas en el campo. Felicia cuidaba de mañana y yo de tarde. A veces se iban a la casa del vecino porque se iba a conversar con el novio que era cerca. Al Parador Tajes como lugar de paseo fui después de casada. Al río no iba y al cerro tampoco. En casa teníamos carreta y caballo. Papá tenía un caballo rosillo para las pencas o cuadreras que se corrían, Felicia y yo lo vareábamos, una de mañana y otra de tarde. Y pastorear ovejas lo mismo. Una de mañana y otra de tarde… aprendimos algo de corte y confección. Nuestra ropa la hacíamos nosotras mismas. Mamá la hacía primero y después, cuando fuimos grandes, la fuimos haciendo nosotras. Mamá nos enseñó a coser y a tejer algo sí. Mamá para el trabajo de la chacra era como un hombre. En casa amasábamos el pan. No lo comprábamos. Cuando faltaba nos prestábamos con los vecinos. Se prestaba levadura. Y se devolvía. Pero mire que después de casada también amasaba. Me encanta el pan casero. Hecho en el horno de leña. El agua de pozo era riquísima. Pero es más pesada. Me parece que es más rica la de ahora. Aunque hay problemas con esta agua también. Para la carne carneábamos. Había carnicero por ahí. Estaba Carlos De Armas. Había otro, Perdomo… Bentancor tenía carnicería también. Fui a la carnicería cuando los hijos eran más grandecitos… Se carneaba y los salchichones nos duraban hasta diciembre. En aquellos años para alumbrarnos, eran lámparas de kerosén, candiles. Nos acostábamos temprano y había que madrugar. A las 4 de la mañana había gente levantada en el vecindario. En la temporada del trigo había que levantarse temprano en el invierno. Se hacía un fogón y la humareda… y el gofio y la polenta que se cosechaba el maíz. Se traía el tostador. La comida más sana era antes. Recuerdo que mi nuera venía de Buenos Aires con las niñas y decían: ‘Ah, no quiero pollo… La abuela le torció el cogote al pollo’. ‘Pero chiquilinas, les decía yo, estos pollos son como los que comen ustedes ya carneados’. Me decían: ‘Sí, pero no los vimos carnear’… Juntábamos huevos y los vendíamos en lo de Froilán, Beittone o en Los Cerrillos. Los alimentos estaban adobados y se guardaban en sal, cuando se carneaba. Dura y dura, los costillares por ejemplo. Los jamones tapados en sal. Para enfriar se bajaba la bebida al pozo, mamá bajaba botellas de leche al pozo”. Nena contesta las preguntas y hace sus comentarios muy oportunos.
Así nos cuenta que “a nuestros padres le decíamos usted, jamás les dijimos vos. ‘Usted’, decíamos. Papá, mamá también. Papá faltaba por el trabajo porque salía y nosotras nos poníamos a cantar contentas cuando papá no estaba y cuando venía… si había algún problema disparábamos para lo de nuestra abuela, la madre de papá… Algunas veces nos pasaba algo por ‘cogotudas’, no crea que también levantábamos el cogote. Un día me sacudió papá porque no quería comer, no quería estar al lado de él, porque era muy severo y la abuela intervino ‘Dejá a esa chiquilina’… La diversión de nosotras era cantar o bailar, si venía alguna prima cantábamos, chiveamos, jugamos. Esas primas que venían de Las Piedras sabían más que nosotras y la Chola Rivera que estuvo mucho en Montevideo, sabían un poco más y nos enseñaban, con Adelina, mi cuñada. Cuando éramos niñas no tuvimos radio, la tuve cuando me casé”.

Rumbo al casamiento

“Antes las gurisas hablábamos. ‘Ah qué lindo aquel, me gusta el otro…’ Entonces Carlitos, el marido de Felicia, y mi marido eran primos hermanos, y cuando nos dragoneaban uno pasaba para mi casa para verme a mí y el otro venía acompañándolo al primo para ver a Felicia. La veía de lejos. Porque el día de visita era después. Conversábamos donde nos viera mamá. En ese entonces no iba a los bailes porque nunca fui de soltera. Ni a cantos ni nada. Papá era muy celoso de nosotras y decía que si más hijas hubiera tenido, todas me las llevan igual. Pero después a las otras hermanas después que me casé, las llevaba a caballo a los bailes del Parador. Cuando ya había ómnibus por Parador Tajes, él le decía a mamá: ‘Andá vos con ellas’. Y ella decía, no tengo ganas de ir nada. Y las acompañaba yo entonces. Después todas se casaron y cada una siguió con su vida. La primera que se casó de las hermanas fui yo. Me casé en 1948 y Humberto nació en el 49. Nos vinieron a buscar en el auto a lo del Pelado Rivera, que era la salida nuestra por ahí. Fuimos al juzgado solamente. Creo que nos llevó José Beittone, que era el que tenía auto en aquel tiempo. Esos autos de antes, cuadrados”.

Un mundo de anécdotas

Le preguntamos por un payador muy conocido del Parador Tajes en esa época: Conrado Gallego. “Su compañera era La Pampita, que también cantaba. Me contaba la señora de Beto Beittone, que a La Pampita el padre no la dejaba cantar, no le gustaba. Y en una oportunidad, cuando ya tenían radio, el viejo comenta: ‘Qué bien que canta esa gurisa’. Y no se daba cuenta que era la hija la que estaba cantando. Cuando se enteró se enojó. Pero la hija era mayor y siguió su camino propio. A Conrado Gallego lo vi, sí. Pero íbamos a ver comedias a Canelones, las mismas que se hacían por radio se presentaban en el Politeama, creo que era. Yo ya casada con mi marido iba a todos los bailes, a todos lados. Bailes de Cerrillos, lo de los Genta que era en lo de Dogliotti por ahí, a lo de Froilán más tarde, al Parador Tajes. ´¡Qué bailes!’ Las orquestas de Pintín Castellanos, Romeo Gavioli, Francisco Canaro, Juan D´Arienzo, Roberto Firpo Alberto Castillo, eran preciosos, tenía a Humberto ya. Se lo dejaba a mamá. Y qué malo se ponía papá: ‘Se casan para estar en la casa de casero y no andar por ahí paseando’. Le dijo a mi marido: ‘No salgan más por ahí, que está el chiquilín para criar’. Y se quedaba mamá”.
Cuenta que “en la vida de casada teníamos chacra. Seguí haciendo lo mismo, ayudando a mi marido. Teníamos vaca también. Ordeñaba, empecé a hacer queso, había aprendido con mamá, vendía queso, lechones, de todo un poco. Araba, plantábamos verduras, papas, teníamos forraje, las cargas de fardos las llevaba Beto Beittone. Y se llevaba cargas al mercado con el comisionista. Hasta trabajé en un horno de ladrillos que tenía Manuelito al lado del arroyo. Me acuerdo, cuando iba a plantar papas con mi marido, me llevaba la radio a pilas en un bolso porque no me quería perder la comedia de Isolina Núñez. Más tarde estaba Julio César Armi y Julio Alassio también. A las 5 soltábamos los bueyes y me venía para la casa para seguir escuchando la comedia. Y si no tenía batería iba a lo de Isidro Burgos a escucharla. O a lo de Gregorio Umpiérrez”.
Y sigue: “Yo enviudé en 1966. Yo aprendí a ser mamá con mi mamá, como era antes. Ella venía todos los días a bañarme a Humberto porque era muy chiquito. A mis hijos los mandé a la Escuela 123. Humberto fue a la 4 de Barrancas Coloradas. A los demás a la 123. Iban en ómnibus. La directora me decía, cómo pasó por delante de la otra escuela. Le dije: ‘Los mando a donde quiero’. Le dije que en la Escuela 4 hay una sola maestra para todos los niños y para todas las clases y no hay gimnasia, ni nada de eso, y ahí me defendí lindo. Era muy de venir a ver cómo andaban las notas de mis hijos. Y después los mandé al liceo. Y lo hicieron. Por suerte se abrieron camino todos. Primero salieron a trabajar. Juntaron papas, remolacha, preparaban verdura ya en la época de la escuela. Cuando regresaban tenían la merienda pronta. Yo ya había arado. Por ejemplo, Aníbal trabajaba en lo de Torena que tenía almacén. Levantaba quiniela. Estuvo en lo de Darito Cabrera, en lo del Tito Umpiérrez. Plantando y arrancando papas. Las muchachas también. Después Aníbal consiguió trabajo en un restaurante de Montevideo, El Pollo Dorado, se llevó a Sergio, se fue otro de Darito, otro del Tiche Rivera… se quedaban en una pensión”.

La vida de antes y la de ahora

“A mí me gustaba mucho la tierra, arar y tener todo plantadito. Ahora no lo haría. Pero hay quién lo hace. Se han dejado mucho las chacras. Ahora la diferencia que hay es que no hay respeto. Eso lo primero. Mucha violencia. Ahora hay más comodidad que abundancia. Ahora me levanto a las 9. A dormir a las 11 o 12 de la noche, si estoy mirando alguna película”, sentencia Nena.

Gustos musicales, viajes y comidas

“Yo bailaba todo. (Baila todo ahora también). Tangos, los bien marcaditos, ‘Lloró la milonga’, el tango dormilón no me gusta, valses, milongas, candombes. Y al bailar una se transpira, en verano, Dios nos libre. A veces empieza a las 11 un almuerzo bailable y termina a las 7 de la noche. La gente con la camisa hecha una sopa y no se pierden el baile. Cuando viene un tango marcadito, digo metele pata, les digo a las amigas: ‘Vamos toquen bocina, acá vamos nosotras’. Al Carnaval Gaucho voy. Me gusta el Grupo Sendas, Los Orilleros que hacen hablar esas guitarras, me gustan las jineteadas pero hasta por ahí nomás. Recorro la feria artesanal, si me gusta algo, me compro y vamos al comedor. Y almorzamos. Desde los ventanales de la Criolla se ve el espectáculo”, dice.
Cuenta que “viajé en excursiones, a las tres Termas fui con Blanca Methol. Iba con Quico. Fui a Bariloche cuando se casó mi hija Sonia. Estuve como 8 días. Y otra vez que viajé con Sandra, mi hija menor. Nos quedábamos en lo de Aníbal, en Buenos Aires y después seguíamos. Aníbal siempre me estaba esperando. Cuando se casó Sergio fuimos también. Mis hijos trabajan allá en hoteles. He estado en los viajes del Coro de AJUPENCE, Piriápolis, San Luis, a la Torre de Antel, Raigón, Las Cañas… otros lugares del exterior, las Cataratas fuimos con Carmelo Reyes. Me divierto mucho en los viajes. Donde le tengo miedo a los escalones… Viajé a Camboriú además. En materia de comidas, me gustan todos los platos. Estofados, pastas, asados… Cocino todavía, sí…”.
“Al Coro Sol de Enero de AJUPENCE nos invitaron. Ya era socia. Yo no quería, pero fui con Felicia, mi hermana. El coro es muy lindo para la gente de edad. No como antes, antes cumplían 40 años y era para jubilarse o para quedarse. Ahora no. Mamá a los 40 años era vieja. Y yo tengo 85. Oscar Dogliotti, el director, dice: ‘Les voy a tomar la voz’. Yo dije: ‘Por ahora vengo de espectadora’. Me daba vergüenza pararme delante de las otras. Me puse atrás de Gloria Gibert. Empezaron a cantar ‘Caminito’, yo más o menos lo sabía, canté y Oscar comentó: ‘Miren que tengo oído y sé quién canta’. Y quedé. Me encanta cantar. Estuve 4 años viajando a la una de la tarde y me iba a las 9 de la noche, cuando los ensayos, porque no había ómnibus hasta las 9 que era el último. También leo el diario, algún libro lindo que haya…”.
Una vitalidad formidable la de Nena. Una vida de trabajo la suya. Supo abrirse camino en circunstancias difíciles. Y supo congeniar las tareas con la diversión. Su compañero Quico partió hace 5 años. Vive ahora junto a su hija menor, Sandra, su yerno Raúl y su nieta Nadia. Trasmitió a sus hijos muchos valores con el ejemplo. Pero cuando el cumpleaños de Nena están todos. Hijos, nietos y bisnietos. Porque la adoran.