Escribe: Paloma Vanoli Imperiale(*)
Se le llama el mal actual, se sabe que viene de la mano del estrés, pero no se tiene en claro el porqué: el Síndrome de Intestino Irritable (SII) es el trastorno gastrointestinal más común en la población a nivel mundial. Se estima que actualmente un 15% de la población lo padece.
Lo singular de este trastorno es la ausencia de una causa identificable. El SII es un trastorno funcional. Las personas que padecen este trastorno no tienen signos de daño intestinal, ni valores bioquímicos alterados, lo único que presentan es su sintomatología. Es por esto que su diagnóstico es consecuencia de la falta de pruebas de otras patologías, o sea que cuando no se presentan pruebas de ninguna patología y prevalecen los síntomas intestinales, se diagnostica SII.
Los síntomas pueden ir desde hinchazón, dolor abdominal y calambres abdominales, gases, vómitos, diarrea, estreñimiento o ambos, entre los más comunes.
Para comprender la complejidad de este trastorno debemos reconocer el vínculo constante entre el intestino y el cerebro. Ambos mantienen una conexión nerviosa y hormonal, envían señales constantemente, dependiendo de la situación. Por ejemplo, cuando el cerebro tiene información de estrés, se la comparte al intestino de forma inmediata. Esta información afecta el funcionamiento intestinal y sus síntomas, los nervios pueden volverse más activos durante momentos de estrés, lo que puede provocar que los intestinos sean más sensibles y así comience la sintomatología del SII.
El trastorno de intestino irritable es un trastorno real y tiene síntomas reales, el hecho de que sea diagnosticado cuando los exámenes de otras patologías hayan dado bien, no quieta su gravedad. Algo común en la atención sanitaria es la descalificación de los síntomas que sufren los pacientes.
Para mejorar la sintomatología del Síndrome de Intestino Irritable se recomienda una dieta baja en FODMAP (oligosacáridos, disacáridos, monosacáridos y polioles fermentables), a nivel general esto significa evitar el consumo de legumbres, gluten, azúcar, miel, lactosa, coles, brócoli, berenjena, maíz, puerro, ajo, cebolla, manzana, durazno, pera, ciruela, refrescos y alcohol.
(*) – Licenciada en Nutrición, estudiante de la especialización Nutrición en Enfermedades Crónicas No Transmisibles de la UdelaR.

