Escribe: Ezequiel Carrión Garay
Seguimos conociendo nuestro nomenclátor, dándole recuerdo a las mujeres canarias que supieron hacer historia pero, además, ubicando a nuestra ciudad en sucesos de importancia nacional. Para comenzar este articulo hay que viajar hacia el año 1787, a los pagos de Cerrillos, una tierra “de suaves ondulaciones, con el encanto paradisial de sus montes, con ceibos de rubíes (…), islas exuberantes, feraces praderas y graciosas colinas”, al decir de Gerardo Molina en el número 15 de la revista El Canelón, donde nace fruto del matrimonio entre Micaela González y Cristóbal Álamo, María Josefa Álamo González.
Durante su niñez y juventud, María Josefa vivió en Los Cerrillos, en una gran estancia, ubicada a las orillas del Río Santa Lucía, donde, según Molina, “no faltan además de las habitaciones familiares y vivienda del capataz, los cuartos de los huéspedes. Y el enorme patio, con plantas y flores y galería de enredaderas, cercano a frondosos árboles nativos”. Gracias a esta descripción que hizo el profesor y poeta canario, podemos concluir que la familia Álamo-González era de clase alta, porque como habláramos en anteriores artículos, en la época predominaban casas hechas de forma muy humilde, algunas de cuero, y las más lujosas de piedra y paja, sin muchas divisiones dentro de la misma. Sin embargo, esta construcción, contaba con un casco central donde se ubicaba la casa de la familia, apareciendo allí amplias habitaciones, no solo para los patrones e hijos, sino para invitados que pudieran llegar. Estaban amobladas con lo típico del momento. Por otra parte, también había áreas exclusivas para la cocina, baños con agua fresca y demás que, para nosotros en la actualidad, son normales, pero que en ese entonces eran un lujo que pocos podían darse. No conforme con esto, en el predio también aparecían las casitas del capataz y los peones, quienes cumplían labores en la estancia.
Con referencia a nuestra protagonista, encontramos que se la describe como una bella dama, la cual muy joven se comprometió con un hombre de baja estatura, con pómulos pronunciados, una facción regular y de cuerpo delgado, llamado Joaquín Suárez, vecino de la Villa de Guadalupe, domiciliado en el terreno de la actual Jefatura de Policía, con quien en mayo de 1806 contrae matrimonio. Juntos se convierten en padres de ocho hijos, de los cuales dos fallecen al poco tiempo de haber nacido. Fue de esta manera que comienzan un recorrido, en el cual dejaron huella para la actual ciudad de Canelones y el Uruguay entero.

La bandera
Tras la defensa del segundo Sitio de Montevideo, los orientales ocuparon el ala izquierda del fuerte, donde el prócer Artigas se dio cuenta de que su ejército era distinto al bonaerense, “y nada podía mostrarlo más claramente que el uso de símbolos diferentes”. Fue esto lo que hizo que en 1813 surja una bandera con cuatro franjas azules y tres blancas entre medio, que identificaba a los Insurgentes Orientales, liderados por Artigas, mientras que la del otro ejército era celeste y blanca, dando inicio así a una segregación entre las tropas militares que, hasta entonces, eran una sola. Estas banderas eran muy similares a las actualmente izadas en Argentina y Uruguay.
El 17 de diciembre de 1828, Joaquín Suárez, quien cumplía funciones de Gobernador Sustituto, presentó un proyecto a la Asamblea General, rotulado como “demanda urgentísima”, que impulsaba la creación de una Bandera Nacional. Suárez pretendía establecer un Pabellón que había de tremolar y ser respetado por todos los ciudadanos orientales, además de izarse en las plazas de Montevideo, Colonia, puntos fuertes del Estado a lo largo del país, puertos marítimos y límites fronterizos. Por otra parte, había otro objetivo, que iba en concordancia por lo planteado por el prócer Artigas: separarse de Buenos Aires. Para ello, el territorio oriental debía dejar de utilizar la bandera de las Provincias Unidas del Río de la Plata, para ser reconocidos como una nación -entiéndase como grupo social- distinta. Recordemos que para ese entonces, los orientales ya habían firmado la Convención Preliminar de Paz, que daba independencia y nacimiento al Estado Oriental del Uruguay, por lo que este conflicto de “diferenciación” entre tropas -que venía desde 1813- ya se veía obligado a efectuarse, debido a que se acordó que el nuevo Estado seria independiente de los Imperios peninsulares y también de las Provincias Unidas.
Tan urgente era la propuesta, que el mismo Gobernador llevó a la Honorable Sala de Diputados que, como dato importante, se encontraba sesionando por primera vez en la Villa de Guadalupe, actual ciudad de Canelones, diseños de banderas para que, si del agrado de los presentes era, eligieran una para que se convirtiera, a partir de la fecha, en el símbolo que representaría a los orientales ante el mundo. La negociación fue rápida, tanto así que se aprobó al día siguiente por la Comisión Especial de la Asamblea General Constituyente y Legislativa, la cual declaró que “el Pabellón del Estado será blanco con nueve listas de color azul celeste horizontales y alternadas, dejando en el ángulo superior del lado del asta un cuadro blanco en el cual se colocará un sol”. En ese entonces, el país se componía de los departamentos de Montevideo, Maldonado, Canelones, San José, Colonia, Soriano, Paysandú, Durazno y Cerro Largo, los cuales se ven representados -de alguna manera- en esas franjas horizontales.
Pero, ¿qué tiene que ver María Josefa Álamo en todo esto?. Como relatáramos antes, esta mujer había contraído matrimonio con quien impulsara todo el proyecto de creación de bandera y, además, era una excelente bordadora, haciéndola idónea para bordar el primer Pabellón Nacional que se izó en la Villa de Guadalupe, el cual supo representar a todos los orientales durante 1828 y 1830.
El 1° de enero de 1829 se hizo una gran ceremonia en la lujosamente decorada Iglesia Matriz, de Montevideo, donde el presbítero José Bonifacio Redruello procedió a bendecir la bandera que se vería tremolar en los cielos orientales. Una vez finalizado el acto religioso, el mismo sacerdote tomó el nuevo símbolo nacional y lo colocó en manos del alcalde, siendo este el encargado de dar izamiento.
Por otra parte, hubo un acto que tuvo lugar casi que simultáneamente en nuestro pueblo. Recordemos que aquí fue donde la Asamblea General sesionó y discutió el tema de la bandera. Por eso, en una jornada, con un itinerario similar al realizado en la capital, pero no tan multitudinario, se celebró, en primera instancia, una breve ceremonia religiosa, en la cual se bendijo la bandera a los pies de la Virgen de Guadalupe -presente en la comunidad desde 1759- y, finalmente, Joaquín Suárez izó el Pabellón Oriental acompañado por su esposa, Josefa Álamo. Al ver enarbolado el nuevo símbolo oriental, el gobernador exclamó: “Que la nación viva eternamente y dichosa”.
Por todo esto, es que cuando nos adentramos a la planta urbana de la capital departamental, vemos cartelería que nos indica que estamos llegando a “Canelones, cuna de la Bandera Nacional”, porque fue gente de estas tierras la que propuso la necesidad de tener una bandera y porque acá se discutió y posteriormente nació de la mano de una canaria.
Sin dudas, este hecho histórico tan importante, nos muestra la fortaleza de nuestra gente, la cual desde hace muchos años viene contribuyendo a los temas de Estado, siendo esto motivo indiscutible de gran orgullo, no solo por haber nacido aquí sino por tener el lujo de transitar por donde lo hicieron estas grandes personas.

