Artista y artesano
Hombre de mil oficios, Carlos Vignola (82), supo ser destilador en ANCAP, pintor, conductor de ambulancias y hasta asistente de partos, pero todos en Canelones lo conocen, especialmente, por su labor como artesano. En su amplio taller, ubicado al fondo de su residencia, llamada ‘Tinta Roja’, Vignola trabaja la madera creando arte con sus herramientas y con su creatividad, enseña, recibe a amigos y muestra con humildad sus variadas creaciones. HOY CANELONES visitó a este gran artista canario para conocer un poco más de su historia y de su trabajo.
Nacido en la ciudad de Canelones el 5 de setiembre de 1932, desde muy pequeño, Vignola se vinculó al trabajo con la madera. “Me gustó siempre la madera porque mi padre era carpintero”, cuenta. “De ahí salieron mis ganas de trabajarla. Con mis hermanos, cuando éramos chicos, ayudábamos a mi padre. Hacíamos, por ejemplo, autitos de madera. Hablamos de una época donde no existía el plástico y tampoco había televisión. Los regalos de Reyes se hacían todos con madera o con lata. Con mis hermanos agarrábamos tarros vacíos de café, los partíamos al medio y hacíamos autitos, poniéndole ruedas de carreteles”, agrega.
Cuenta Vignola que, al ayudar a su padre en la carpintería, nunca pensó que terminaría dedicándose a trabajar con la madera. “Por muchos años fui destilador de ANCAP en Montevideo; destilaba caña y whisky. Me dio por trabajar la madera un día que estaba en Solís de Mataojo (localidad donde Vignola residió varios años junto a su esposa Kenna Navarro) y agarré un pedazo de madera. Lo empecé a tallar y salió una garza. Como a la gente le gustó cómo quedó, agarré otra madera y otra y otra, y así comencé”, evoca. Recién luego de jubilarse, Vignola comenzó a dedicarle más tiempo y espacio al trabajo con la madera.
Dos mundos
Con cincuenta y dos años de casados, fueron muchas las peripecias que vivieron Carlos Vignola y Kenna Navarro desde el momento que se conocieron, bailando el tango ‘Tinta roja’ en el Club 23 de Marzo de Santa Lucía, hasta el presente. Cuando a Kenna le surgió la posibilidad de trabajar como partera en Solís de Mataojo, hacia allá viajaron los dos, estableciéndose por varios años en la localidad de Lavalleja.
“Juntos pasamos muchas cosas”, reflexiona Carlos, “y de todas aprendimos algo. Yo he vivido en dos mundos: el mundo sin televisión y el mundo con televisión. Hoy los muchachos no entienden cuando les cuento que mis hermanos y yo nos criamos jugando en la calle, al balero, a la bolita, a la rayuela, etc.”. Le digo, sin embargo, que a su taller concurren muchos niños y adolescentes, ávidos por trabajar la madera, abstraídos del ritmo demencial de estos tiempos acelerados y consumistas. “Acá vienen gurises a los que les gusta la madera con locura, y también viene gente mayor, de 80 años, que hace cosas preciosas con la madera”, cuenta.
Las maderas
La ignorancia del cronista sobre el mundo de las maderas, abre el juego para que Vignola se explaye sobre las particularidades de los materiales que emplea para crear sus obras. “La madera más fácil de trabajar es el cedro”, cuenta. “Es una madera blanda, más manipulable. También encontrás maderas con vetas, como ésta (y me muestra un largo trozo de madera fina, que viene siendo moldeado), que se llama pino plus. Son maderas que vienen en los barcos cuando traen los repuestos de autos, por ejemplo”, cuenta.
Vignola me muestra un tótem de casi un metro de alto, ceñudo y colosal desde una esquina del taller. “Esto es ñandubay”, dice, “la madera más dura que existe en Uruguay, y la más difícil de trabajar. Ese pedazo de madera lo encontré rodando en la playa, en Piriápolis, lo levanté y después lo trabajé hasta convertirlo en esa pieza”.
La docencia y el mercado
Hace algunos años, cuando integraba la Asociación de Artistas y Artesanos (institución de la que es fundador y que llegó a presidir durante varios años) algunos vecinos de Los Cerrillos convocaron a Carlos Vignola para que comenzara a darles clases. Y así se inició una labor docente. Al taller ubicado a los fondos de su casa, llegan algunos alumnos a trabajar sus propias obras, con su asesoramiento personalizado, en clases semanales de dos horas. El espacio del taller está abierto para todos los que quieran acercarse y aprender a trabajar la madera.
Sobre el final, le pregunto a Vignola sobre los precios de las obras, sobre el mercado de sus artesanías y el costo de las mismas. “El precio de mis obas lo marco yo en función del tiempo y el trabajo que me lleva. Sé que quizás las cobro un poco más caro, pero tengo muchos clientes que vienen a comprarme acá”, dice.
Llegó la hora de despedirse y, en plena actividad docente, dejo a Carlos Vignola enseñándole a sus jóvenes alumnos. Nos vamos con la primicia de que, en pocos días, saldrá a la calle un libro de poemas de su autoría, donde su sensibilidad de artesano deja de lado la madera para prolongarse en palabras. Quedamos a la espera.
Martín Bentancor.




