William Collingwood
‘El Inglés’, de Martín Bentancor, 132 páginas, Estuario Editora, Montevideo, mayo de 2015. Obra galardonada con el Premio Anual de Literatura, género novela, del Ministerio de Educación y Cultura, 2014.
La novela Observador sagaz y profundo conocedor del paisaje, las costumbres, trabajos, supersticiones e idiosincrasia de la gente rural en la ya mítica “Tercera Sección”, el autor construye –a partir del detonante velorio de Ferreira– una obra imperdible. Así, cada personaje, a su manera, juega con autenticidad su rol en el contexto, donde el maestro, afincado en la zona de Paso de los Botes desde hacía tres años, adquiere la estatura de un protagonista, sin serlo cabalmente, con su modus vivendi, sus amores clandestinos, su rutina nocturna pero, sobre todo, por la inquietud de conocer y ahondar en el misterio del Inglés, ser real devenido en leyenda, a quien conocimos fugazmente durante nuestra estancia en El Colorado y del que apenas recordamos –en coincidencia con el retrato que de él hace el autor- que era un hombre alto.
El ritual. La instancia del velorio que, como expresa en su estudio Gustavo Espinosa, suspende el tiempo de las obligaciones e instituye una serie de rutinas y tradiciones que los deudos cumplen solos y juntos, simultáneamente ensimismados y mancomundados, es descrita con minuciosidad por Bentancor, tanto que al lector le permite ver la escena como si fuera uno más de los presentes. Detalles que adquieren un carácter más trágico y solemne –y hasta aparatoso- al final del velorio. Así, a través de uno de los personajes, cuestiona el porqué del fúnebre ritual: Ante el poder de la muerte y los rituales que a su alrededor emprenden los vivos hicieron pensar al maestro en el acto absurdo, ridículo, que significaba velar a un cadáver. ¿Qué ley o doctrina moral, enquistada en el devenir de la sociedad y del tiempo, llevaba a un puñado de personas a reunirse en torno de un cuerpo muerto, acompañando durante unas horas el proceso de conversión de ser animado en materia inanimada hasta que los indicios de la putrefacción hacían que el receptáculo final fuera sellado y guardado de forma definitiva en una losa, un nicho o un panteón?
El viejo Samurio Precedido de un aura legendaria por haber matado a una boa de varios metros que había tenido temerosos y asustados a los habitantes del barrio de los jubilados en el pueblo, aparece en principio callado y semidormido para luego transformarse en el centro de la atención del auditorio conformado por un viejo desdentado, un maestro rural y un cadáver, a medida que, con la innata sabiduría del cuentero criollo, creado el clima, con sus pausas para extraer del bolsillo interno de su saco un paquete mediado de tabaco negro marca Toro y tomar un mazacote de fibras con el que formar una bola para llevar a la boca y masticar con fruición o con las interrupciones motivadas por necesidades fisiológicas porque como dijo, suspendiendo uno de los momentos más cruciales del relato, es ley natural que todo lo que entre busque al fin la salida, iba marcando a su arbitrio los mojones en el historia del Inglés.
El Inglés Detalles de época, estampas pintorescas, van presentando al lector no sólo la zona rural sino también el pueblo minúsculo en la primeras décadas del siglo XX, tiempo en que William Collingwood llega a afincarse en estos lares. Cuenta Bentancor, de este modo, su llegada al pago: oriundo de Southampton, había llegado a Uruguay en 1922, luego de comprar, por intermedio de un comisionista, una estancia de mil doscientas hectáreas al oeste de la Tercera Sección, sobre las costas del Río Santa Lucía. Y en el relato del viejo Samurio: Tío Ramón y otros dos troperos, fueron de los pocos que lo vieron llegar en compañía del sirviente y del escribano Ramírez. Venían arriando tropa por la cortada de El Portezuelo, enfilando el camino que lleva hacia Las Brujas, cuando vieron aparecer el Ford T manejado por el chino. Y dirá más adelante: Y allí nomás, a escasos cien metros del río levantó la casa de madera. A través de los recuerdos y los registros de otras voces, el Inglés iría adquiriendo una velada figura de superhombre, de pequeño demiurgo costero, de inmigrante receloso e incomprendido, de gringo que le había demostrado a la agreste geografía de la Tercera Sección la fuerza del orgullo y del trabajo en circunstancias adversas. Vendrán, luego, su visita al pueblo, seis meses después de su llegada, la reunión en la Comisión Agraria, su discurso y el encono que despierta en Eugenio Urroz, quien, idearía después el robo de su toro Hereford, llevado a cabo por los Luceno. A propósito, la persecución de éstos por el Inglés y el chino, en el bote Magdalena, enciende con nueva vivacidad e interés el relato de Samurio. Desde el aura de misterio que envuelve la memoria de sus mentas, el Inglés emerge en la prosa casi ritual también y coloquial del velorio, abarcándolo todo.
Otra mirada No escapan a la sagaz mirada del autor, algunos detalles minúsculos –a modo de meticuloso pintor- que forman parte del fúnebre cuadro nocturno. Fuera, el pastor alemán que oteaba el aire más allá del porche, cavilando quizás sobre la extrañeza de aquella noche, en que la casa se había llenado de movimientos y sonidos que no incluían a los de su dueño; y dentro una solitaria e invencible mosca (que) se había detenido en la oreja derecha de Ferreira, horadando con sus patitas las rugosidades y los pelos que rodeaban el lóbulo. Algo extrañada quizás por la frialdad y la contextura de aquella carne macilenta… con elementos propios de la prosopopeya.
Emilia Bártora Otros aspectos del relato descritos al pasar en aquella larga noche, el autor los transforma en páginas maestras. … Era una mujer hermosa, dijo el viejo, y en aquellos ojos grandes que me imagino negros como la noche ahí afuera, puedo decirles que se podía ver el más genuino enamoramiento. William Collingwood y Emilia Bártora bajaron juntos al pueblo unos meses después para las festividades del 4 de agosto…
Otras consideraciones A pesar de no estar dividida en capítulos, es posible inferir una estructura episódica de la novela. La lejanía de aquel personaje real devenido en leyenda, también se manifiesta en el relato de un relato: el viejo Samurio ata sus recuerdos a los de su pariente: Tío Ramón dijo que… Sin embargo, ello no obsta a que la intensidad y el interés de sus palabras atrape de tal forma a sus ocasionales oyentes tanto que los mismos dejan de lado a sus mujeres para escuchar y disfrutar a sus anchas de los vericuetos de la historia: el maestro que a intervalos prendía el celular donde se sucedían los mensajes de Cecilia Amaranto lo ignora finalmente y el yerno de Ferreira cortando con rapidez la presencia de la hija de Ferreira que vuelve en plena madrugada a irrumpir con sus llantos y gemidos junto al cadáver. La llegada de una mujer y su hijo luego de una terrible inundación, la búsqueda del Inglés desaparecido en las aguas del Santa Lucía, el inusual movimiento de vecinos y curiosos, muestran otras virtudes del relato así como la descripción minuciosa de los minutos finales del velatorio. Finalmente, la novela, con la partida hacia el cementerio, caravana a la que se fueron sumando otros amigos y pariente del occiso, tiene como final remansado y certero la visión dominante del camposanto: Allá adelante, macizos y señoriales, imperturbables al devenir de las estaciones y las miserias de las criaturas aladas y rastreras, se alzaban altísimos los pinos que rodeaban el cementerio de la Tercera Sección. Ya acendrado su métier, en plena madurez creativa, Martín Bentancor se afirma, con sobrados méritos, en el actual panorama de la literatura nacional.
L.O.


