Con el doctor Christian Colello

“El paciente no es un número: tiene nombre y apellido”

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El pasado viernes, compañeros y amigos despidieron en su último día de trabajo al reconocido médico canario Christian Colello, quien ha sabido atender a varias generaciones de vecinos de la capital y de otras zonas del departamento. Al dejar por última vez su consultorio en la Asociación Española, una gran cantidad de pacientes, compañeros y amigos le tributaron un emotivo homenaje que incluyó pasacalles, fuegos artificiales y muchísimos abrazos. HOY CANELONES conversó con Colello sobre la condición de médico, su formación, el trato con los pacientes y la Salud de ayer y de hoy.

En épocas en que muchas sociedades médicas tratan a los pacientes como meros números en una computadora; en épocas donde campea una medicina fría y despersonalizada; en épocas en que los profesionales de la salud que denuncian las carencias del sistema son castigados por el propio sistema; en épocas donde la consulta con un especialista puede demorar semanas o meses en concretarse, sorprende gratamente, porque no es algo típico de verse a diario, lo que ocurrió en la noche del pasado viernes 31 de octubre en la ciudad de Canelones.
Más de un centenar de personas de todas las edades se congregó frente a la sede de la Asociación Española, sobre la calle Batlle y Ordóñez, para saludar al doctor Christian Colello, de 64 años, quien luego de desempeñarse 36 años como médico (sobre todo en la Asociación Española y en Médica Uruguaya, aunque también trabajó 21 años en la Jefatura de Policía de Canelones) se jubiló.
Aunque todos saben, empezando por el propio Colello, que la condición de médico no se abandona, en la noche del pasado viernes la alegría y la tristeza, en dosis iguales, gestaron la emoción con que sus compañeros y pacientes del médico canario saludaron el inicio de una nueva etapa en su carrera y en su vida.

¿Lo sorprendió el gesto de la gente, esperándolo a la salida del trabajo en su último día de actividad?

Durante la tarde noté que había algo raro, pero como era el último día, pensé que los compañeros me estaban organizando algo… No creí que me iba a encontrar con tanta gente. Cuando salí a la vereda y vi aquella multitud, me quedé atónito. Fue un sinnúmero de sensaciones y de sentimientos que se me cruzaron delante, pensando en la gente que ya no está, tanto en mi padre y mi madre, como en los pacientes que ya no están. El viernes había gente joven y gente muy mayor, muchos estaban llorando, y esa mezcla de sensaciones es muy difícil de discernir.

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Usted siempre fue un médico de guardia… ¿Por qué?

Sí, desde que me recibí, el 28 de diciembre de 1978, siempre he sido un médico de guardia, más allá de las policlínicas que siempre hice. Al principio pesó la razón económica, porque convenía, pero después que entrás en la rosca, seguís. Es muy desgastante y fue una de las razones que llevaron a que decidiera retirarme. Al mismo tiempo, el hecho de estar de guardia, de permanecer muchas horas al mes en la institución, lleva a que tengas una relación más personal con los pacientes. A diferencia de los pacientes que se atienden en la policlínica, los que llegan a Urgencias tienen otras necesidades, otros miedos. Eso te lleva a generar otro vínculo con las personas.

Eso explica, en cierta forma, lo que ocurrió el viernes a la noche… ¿no?

Supongo que sí, aunque voy a ser honesto: en mi fuero más íntimo me parecía que yo no era merecedor de todo ese esfuerzo de mis compañeros y de toda esa gente que me esperaba afuera. Al ver a toda esa gente, en esa situación, derramé muchas lágrimas, como había pasado antes en mi consultorio. También me sentí responsable por las lágrimas de esa gente que me decía: ‘Doctor, ¿qué voy a hacer yo ahora, que usted se va?’.

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Es que más allá de la historia clínica, que queda en la institución, hay un conocimiento del paciente, de su seguimiento, que se va con el médico, que se fue con usted…

Sí. Hay dos cosas que aparecen de noche, debajo de la almohada, cuando apagás la luz: una es la tos, que se intensifica en horas nocturnas, y la otra es la valoración de lo que hiciste, algo que muchas veces te saca el sueño. Te preguntás si con tal paciente hiciste todo lo que se podía, si no quedó algo por hacer… Pienso también que, muchas veces, la gente no te consulta porque tiene algo físico, sino porque tiene algo espiritual, algo que lo aqueja, y no solo el médico, sino también los administrativos, las enfermeras, hasta los auxiliares de servicio, tienen que saber tratarlo. Muchas veces alcanza con tenerle la mano y escuchar. Además, uno ve ese apoyo no en el caso personal sino cuando recurre al médico por un problema de salud de un hijo, un padre o una madre: ahí es cuando realmente se valora lo que el otro, del otro lado, te puede brindar para no sentirte solo en la lucha. El paciente no es un número: tiene nombre y apellido.

¿Cuándo decidió convertirse en médico?

Mi abuela paterna, con la que vivimos hasta que falleció, era en primer instancia enfermera del Hospital, y después terminó siendo cocinera. Como vivíamos cerca del Hospital, mi hermana y yo la visitábamos frecuentemente y todo ese mundo de las túnicas, de la complicidad que había con la cocinera que le daba algo de comida al médico o a nosotros mismos, me fue marcando. Supongo que fue eso, porque en mi familia no había nada vinculado a la medicina.

¿Qué recuerdos tiene de sus inicios como médico?

Yo empecé trabajando con una moto que le había comprado al doctor Quilici, que era mi jefe en la Jefatura de Policía. Empecé a hacer guardias con la llave de la policlínica de la Médica Uruguaya, trasladando los casos urgentes, a los ponchazos, de forma muy diferente a cómo se trabaja ahora.
Rememorando, además, tengo que ser agradecido con varios profesionales, como la doctora Elsa Díaz, que en aquellos momentos atendía en un consultorio en Batlle y Ordóñez, y a la que yo le iba a pedir libros mientras hacía la carrera. Un día me dijo: ‘Tratá de recibirte pronto así empezás a hacerme suplencias de la guardia de la Médica Uruguaya’. Cuando me recibí, a través de ella y del doctor Gatti (padre), que era jefe de la Médica, empecé a hacer guardias de 20 a 8 de la mañana, todos los días.

Está claro que un médico no deja nunca de ser médico, pero ahora que no tiene el compromiso, la rutina de las guardias y las policlínicas, ¿qué va a hacer?

Tengo previsto hacer una cantidad de cosas atrasadas en mi casa y dedicarme a mí y a mi familia. Hay cosas que durante muchos años fui dejando, como tener que abandonar a mi familia en mitad de un almuerzo de domingo porque me llamaban para atender a un paciente. Además, voy a cumplir con el debe de la actividad física, que la he venido postergando y también le voy a dedicar tiempo a dos hobbies: el bonsái y la música. También a mi esposa y a mí nos gustan mucho los coros, así que buscaremos integrar alguno.

Martín Bentancor