La segunda muerte de Roald Dahl

Escribe: Martín Bentancor

El escritor Roald Dahl murió por primera vez el 23 de noviembre de 1990 en un hospital de Oxford, cerca de Londres, víctima de leucemia. Tenía 74 años y gozaba, como se dice, de fama y fortuna por su trabajo en la escritura de ficción, que había comenzado a desarrollar durante la Segunda Guerra Mundial, cuando tras enrolarse en la Royal Air Force y ser derribado mientas volaba sobre Libia, fue destinado como agregado aéreo adjunto a Washington. En las páginas del Saturday Evening Post del 1° de agosto de 1942 apareció su primer cuento publicado, el autobiográfico ‘Derribado sobre Libia’, y al año siguiente vio la luz su primer libro infantil, ‘The Gremlins’. 

La segunda muerte de Roald Dahl se encuentra en pleno proceso de ejecución. Para firmar la nueva acta de defunción se aliaron la editorial de libros infantiles Puffin Book), el colectivo Inclusive Minds (que se presenta a sí mismo como un grupo de “personas apasionadas por la inclusión, la diversidad, la igualdad y la accesibilidad en la literatura infantil”) y la Roald Dahl Story Company (la institución encargada de velar por los derechos y regalías del autor). El accionar de estas tres instituciones no es un hecho aislado sino que se inscribe en la cada vez más avasallante cultura de la cancelación. En este caso, los defendidos por estos paladines monetizados son los niños de la presente generación y de las que vendrán, quienes no deben enfrentarse a los textos originales de libros como ‘James y el Melocotón Gigante’, ‘Charlie y la fábrica de chocolate’, ‘Las brujas’ o ‘Matilda’, para que sus ojos primero y su imaginación luego, no se vean afectadas por algunas páginas que Roald Dahl escribió. 

En un recuadrito incrustado junto a los datos de la edición de los libros “depurados” del autor que Puffin Books viene publicando se informa que “este libro se escribió hace muchos años, revisamos regularmente el lenguaje para asegurarnos de que todos puedan seguir disfrutándolo hoy”. Al principio, trascendió que el alcance de esta infamia se había concretado en algunas expresiones (por ejemplo, los Oompa-Loompas, esos enanos otrora salvajes que Willy Wonka domestica a base de granos de cacao y que atraviesan las páginas de ‘Charlie y la fábrica de chocolate’ y ‘Charlie y el gran ascensor de cristal’, pasaron de ser hombres a “género neutro”; Augustus Gloop ya no es “gordo” sino “enorme”; Matilda ya no lee un libro de Rudyard Kipling sino uno de Jane Austen, pero Hayden Vernon, de The Guardian, se tomó el trabajo de comparar las versiones originales con los ejemplares purgados de Puffin Books y descubrió no solo que hay cientos de cambios sino que, además, se agregaron párrafos enteros. A modo de ejemplo, cita un pasaje del libro ‘Las brujas’ en el que Dahl describe a las brujas como “calvas”, reformulado en la nueva versión de la siguiente manera: “Hay muchas otras razones por las que las mujeres pueden usar pelucas y ciertamente no hay nada de malo en eso”. 

La literatura expande los sentidos, confronta a la realidad inmediata, proporciona conocimiento, placer o rechazo, apela a la intervención directa del que lee ante el magma de palabras que tiene delante, llevándolo a una operación de planos simultáneos que comienza por los ojos y se concreta, como señalaba el maestro ruso Vladimir Nabokov, en la espina dorsal. La segunda muerte de Roald Dahl solo puede ser detenida por aquellos que se alcen y boicoteen esas prácticas mercachifles y mezquinas, decididamente antiliterarias.