Cuesta asimilar la noticia, como ocurre cada vez que muere un gran artista. Cuesta asimilar el golpe al conocerse la confirmación de la muerte y, desde el egoísmo y la desolación del fan, cuesta comprobar que ya no habrá un nuevo disco suyo. Lo cierto es que David Bowie, el adelantado, el andrógino, el iconoclasta, el padre de muchos y el artista superior, que vino a redefinir y a hacer mutar al rock and roll desde varias décadas atrás, murió.
Su muerte, ocurrida en Nueva York, rodeado de sus afectos y víctima de un cáncer al que venía combatiendo desde algún tiempo atrás, ocurrió dos días después del lanzamiento del espectacular ‘Blackstar’, el disco que salió a calle el mismo día que el Duque Blanco cumplió 69 años. Para despedirlo, HOY CANELONES convocó a cuatro conocedores de la obra y la trayectoria de David Bowie, además de declarados fans.
Un gran enigma
Escribe: Ramiro Sanchiz
Nadie brilló como Bowie en la década de 1970. Hay que pensar en los mejores momentos de Dylan o The Beatles para acercarse al significado en términos de riesgo y creatividad de esa avalancha de álbumes que comenzó en 1970 con ‘The Man Who Sold The World’ y se prolongó hasta ‘Scary Monsters (and Super Creeps)’, de 1980. Un disco por año (o dos, como en 1973 y 1977), cada uno explorando un camino distinto, cada uno sorprendiendo a los fans, cada uno reinventando, es decir, lo que venía siendo entendido como la música de David Bowie. O como la música pop a secas. Es que Bowie vivió esos años en estado de gracia: “Inspiración no tengo”, había cantado en ‘Soul Love’, el segundo tema de ‘The Rise and Fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars’, “tan solo tocar la paloma en llamas”. Y vaya que la tocó. Vaya caricias que le hizo.
Es cierto que a esa paloma en los 80s la vio un poco más de lejos; también es cierto que entendió como volver a invocarla en los 90s y a principio de los dosmiles. Y en 2013, cuando muy pocos esperaban algo más, se despachó con ‘The Next Day’, un disco que parecía volver a ofrecer algo de aquella magia inasible. Entonces le diagnosticaron un cáncer –esto lo sabemos ahora– y grabó el proverbial canto del cisne: ‘Blackstar’. El álbum fue lanzado el día de su cumpleaños 69, el último. Y tres días después David Bowie murió.
Su carrera había comenzado –a todos los efectos prácticos– con el hit ‘Space Oddity’, que cuenta la historia de un astronauta que se pierde en el infinito, un poco a la manera del Dave Bowman de la película de Kubrick; once años después, en ‘Ashes to ashes’, ese astronauta (el legendario Mayor Tom) fue revisitado: no hay que meterse con él, dice la canción; después de todo, era un yonqui. Bowie se ríe de sí mismo, revisita irónicamente –por así decirlo– su pasado. Sí, o eso parecía. Porque décadas más tarde vemos el video de ‘Blackstar’, del último disco, y allí tenemos un astronauta muerto en un planeta remoto. Vemos su cráneo, vemos las caricias que le hace una mujer vagamente alienígena. ¿Es el mayor Tom? Bueno, ¿quién puede decirlo? Quizá Bowie cerró su camino en nuestro mundo (él, que había clavado sus ojos en tantos otros) con un regreso al origen. O quizá no, porque ¿el origen de quién? ¿De todos los que fue?
Siempre fue difícil asir qué decía Bowie, qué hacía Bowie, quién era Bowie. Porque, en el fondo, y el acaso lo puso en evidencia con sonido y visión, no se es nadie, y él (junto a Lautréamont, a Rimbaud, a Pessoa) encarnó ese vacío en el cambio vertiginoso, en la indeterminación constante. Por eso es tan difícil contar al detalle qué pasa en ‘The Rise and Fall’ o determinar si Aladdin Sane es un personaje diferente a Ziggy o cual es realmente la historia del Duque Blanco de ‘Station to station’. Detalles, historias que no terminan de ensamblarse o que buscan hacerlo en una dimensión que no percibimos. Quizá Bowie persista, entre otras tantas cosas (uno de los músicos más inspirados del siglo XX, uno de los artistas más influyentes del rock, el compositor pop que creó un contexto más grande para su música y la volvió inseparable de la imagen, de la actuación, de la narrativa, de lo conceptual), como un gran enigma. La última vez que lo vimos, en el video de ‘Lazarus’, se perdía en el interior de un armario y alargaba su mano de anciano para cerrar la puerta. Volvía a la oscuridad. Y algún día sabremos todo lo que nos quedamos debiendo; lo que se llevó, a la par de lo que nos dejó. Porque con él, con sus ojos diferentes y su gestualidad alienígena, murió un poco más del futuro.
-Ramiro Sanchiz es escritor, crítico literario y músico. Su último libro se llama ‘El gato y la entropía #12&35’.
Agradecimiento
Escribe: Fernando Santullo
Hace unos días, volviendo de la playa en Jalisco, veníamos escuchando música con la tablet de mi hija conectada al audio del coche. Antes de arrancar, y con seis horas de autopista por delante, habíamos hecho una selección de temas rockeros para los veteranos. Y de pronto empieza a sonar ‘Space Oddity’, que no estaba en nuestra selección.
«Es increíble la cantidad de lugares y cosas que tiene este tema», dice entonces mi hija. «¿De dónde conocés esta canción?», le pregunto, bastante asombrado: Bowie no suena mucho en la radio y, además, mi hija no escucha radio. «No sé, alguien me la pasó o la escuché por ahí y me encanta. Es toda chiquita y sin embargo te emociona» contesta.
Eso es, creo, lo valioso de Bowie (y de todos los artistas inmensos): su capacidad de conmover a gente de toda condición social y de cualquier generación. En este caso, con una obra creada casi medio siglo atrás, que circula por su cuenta en los iPads y celulares de chavos de 16 años. Eso es lo esencial, lo que perdurará siempre que exista gente dispuesta a emocionarse con las cosas de la vida. Y es por eso que uno tiene que estar agradecido con Bowie y los suyos: por hacer de nuestras vidas una experiencia más rica, más bella y más amable. Gracias pues.
-Fernando Santullo es músico y cantautor. Formó parte de las bandas El Peyote Asesino y Kato. Su último disco se llama ‘El mar sin miedo’.
Un artista multidireccional
Escribe: Luis Fernando Iglesias
David Bowie fue de los más importantes solistas del rock y pop. Aunque esa definición es avara. Fue un artista completo, multidireccional, un creador de personajes que poco a poco se iban convirtiendo en el mismo o mejor dicho en una mezcla que daba una nueva síntesis. Editó su último disco –el excelente ‘Blackstar’- el 8 de enero, día de su cumpleaños 69 y dos días antes de morir por una enfermedad que solamente los íntimos conocían.
En ‘Lazarus’, último tema difundido de ese disco, comienza “ Mira hacia arriba, estoy en el paraíso, tengo cicatrices que no pueden ser vistas, ahora todo el mundo me conoce” y termina “Como un pájaro azul, oh seré libre, no es exactamente como soy?”.
Bowie anunciaba este día con otro de sus personajes, con otro ícono de su enorme obra tan singular, su compromiso con el arte hasta en el final. Tiene razón su canción, este día es exactamente como es él.
-Luis Fernando Iglesias es escritor, abogado y periodista cultural especializado en asuntos musicales. Su último libro se llama ‘El hombre que despertaba’.
Una consistencia única
Escribe: Gisella Aramburu
No se trata solamente de un gran músico que muere. Fue un creador que supo mostrar la cara de su tiempo sin servir a ese presente, sino catalizándolo en una búsqueda personal y creativa como no he visto en sus contemporáneos.
Una serie de mundos, como los que ha venido creando hasta ahora, ya nunca van a nacer. ‘Blackstar’ fue un último gesto de altura, que nos recordó hasta qué punto dejó habitar su carne por las corrientes de su tiempo sin perder su consistencia única.
-Gisella Aramburu es poeta y docente. Dirige la editorial Bestial Barracuda Babilónica.


