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Siempre se nace «en otro país»

 

Como teniendo la tonta certeza de que cada tiempo pasado fue mejor. No era mejor, era distinto. A él le tocó nacer en 1929, cuando el mundo vivía una honda crisis económica y, en nuestro país, se avecinaba una crisis que desembocaría en una dictadura: la de Terra. Ruben Yáñez, hijo de emigrantes españoles, nació y se crió en el Cerro de Montevideo. Barrio de larga tradición obrera, de luchas, de familias compartiendo la vereda; barrio de gentes de distintos rincones del mundo. Allí creció, aprendió y se hizo maestro. Maestro de escuela. Después fue maestro de filosofía, de ética, de teatro, de la vida. Trabajó en el Teatro El Galpón junto a un gran canario: Atahualpa del Cioppo. Yáñez adhirió al Partido Comunista, pero era él un comunista crítico, transgresor, cuestionador. Recuerdo que después de compartir una charla con él, costaba dormirse. Lo dejaba al otro con interrogantes, con desafíos, con ganas de hacer, de ser. En definitiva, era un maestro. Los grandes docentes logran eso: alborotarnos la cabeza, contagiarnos las ganas de aprender. Pero no quería hablar de eso: solo contarles quiero de la obra ‘Artigas, general del pueblo’, obra que escribió junto al gran Milton Schinca. La hicieron en el exilio, durante la dictadura cívico-militar. Allí, Ruben Yáñez personificaba al padre Artigas. Y en esa maravilla, que solo los grandes actores pueden hacer (lo de “ser” otros), el hacía de don José Gervasio. Su nariz aguileña, su cráneo con hondas entradas y su voz ronca, nos hacían temblar en la butaca. Artigas nos hablaba. Me pasó media docena de veces. Un día, en casa de unos amigos, mientras hablábamos de Rampla Juniors, el cuadro de sus amores, le conté lo qué me había pasado con su actuación. Y él se puso a elogiar a otros actores. Cosas de un maestro. Ahora, a los 86, hizo mutis.

Wilson Falero