No sé qué me provoca más desprecio y vergüenza ajena: el salvajismo dirigido de dos sujetos golpeándose sin tregua o el derroche de dinero, por concepto de entradas, de los que asistieron a la denominada ‘Pelea del Siglo’, el pasado sábado, entre el boxeador estadounidense Floyd Mayweather y su par filipino Manny Pacquiao.
El show, dicen los que saben (?), fue único en su especie, un verdadero derroche de espectáculo desde el primer al último segundo. Estrellas del deporte, del espectáculo y del mundo de los negocios estuvieron presentes en la gala, previo abono de hasta 45.000 dólares por una entrada, en el MGM Grand Garden Arena, de Las Vegas. Un envejecido Bob Dylan y un plástico Justin Bieber fueron algunas de las celebridades que dijeron ‘Presente’, fotografiándose con los campeones como se fotografían los cabañeros con los toros con cucarda en la Rural del Prado.
Claro está que cada quien es libre de hacer lo que quisiere y que el vil metal, tan necesario y tan despreciable, es el motor de nuestra existencia (por más que pretendan los contrario las religiones a lo largo y ancho del globo). Pero hay situaciones que por lo grosero de su despliegue (en dólares, claro) deberían ser cuestionadas con más fuerzas por todos los estamentos sociales. Los millones de dólares que rodearon la gala de box realizada en Las Vegas, que en su mediocridad técnica dista mucho de ser la ‘Pelea del Siglo’, tendrían que ponerse en el centro del análisis en cuanto a la perversión a la que puede llegar la actual (y hedionda) fase del capitalismo. En la que todos vivimos.
Si indígnate es la forma en que los contendientes son vendidos al show business, como dos enormes trozos de carne con ojos con el único objetivo de machacar y machacar, también lo es el circo montado a su alrededor. Se trata de un circo deplorable compuesto por promotores, contratistas, empresarios, jueces, entrenadores, comentaristas y un muy largo etcétera. Con orgullo, la prensa especializada apostada en el lugar celebraba la bolsa de dinero conformada en torno a la pelea y los buenos dividendos que la misma le deparaba a los dos contendientes así como a los auspiciantes, medios de comunicación y demás actores del circo. Millones de personas, a lo largo y ancho del orbe, siguieron expectantes la ‘Pelea del Siglo’, palpitando con genuina emoción los golpes de Mayweather y las esquivadas de Pacquiao, endulzados por los comentaristas televisivos locales, siendo partícipes de ese gran despliegue monetario y falsamente deportivo (los cuestionamientos surgidos alrededor del fallo que elevó al norteamericano como triunfador, hablan a las claras de la falta de juego limpio).
No busquemos más señales para comprender el terrible estado de las cosas. Como si la civilización no hubiese avanzado en dos mil años, seguimos palpitando en el Coliseo romano, entre el rugido de los leones y el grito de los cristianos. Pan y circo. Televisado, pero pan y circo al fin.
M.A.B.


