La muerte del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, una semana atrás, ha generado una sucesión de acontecimientos de la más variada tonalidad. Los matices de dichos sucesos conforman un tapiz tan variopinto y particular como en los hechos fue el gobierno y la gestión pública del ahora extinto presidente. A las declaraciones del vicepresidente Nicolás Maduro, unas horas antes de la muerte de Chávez, señalando que al mandatario le habrían inoculado el cáncer –afirmación rápidamente desmentida por la comunidad científica y médica internacional en su conjunto- hay que sumar el repertorio de reacciones que despertó el trágico momento (con varios exponentes locales, concretamente ex presidentes, aportando sus bocadillos), el largo velorio convertido en un continuo y multitudinario desfile de personas ante el féretro y la decisión, cuasi faraónica, de embalsamar los restos de Chávez para exhibirlo de forma permanente ante quien quiera llegarse al lugar donde será emplazado. Un nuevo capítulo en este atado de sucesos lo constituye el testamento que, poco antes de ser intervenido quirúrgicamente, Hugo Chávez le habría entregado a la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, escrito de su puño y letra.
El diario español ABC ha informado que ni bien se enteró de la muerte de su par, la presidenta argentina, junto a nuestro premier, José Mujica, viajó de inmediato a Venezuela. El objetivo, además de darle la despedida oficial y personal al fallecido presidente, fue el de dar a conocer el testamento en cuestión. Las horas que la presidenta Fernández de Kirchner permaneció en Venezuela –desde la madrugada del miércoles 6 hasta la última hora del jueves 7, poco antes de que comenzaran de forma oficial las exequias fúnebres de Hugo Chávez- tienen más que ver con una película de espías (un asunto filmado por Alfred Hitchcock, digamos) que una visita oficial de duelo. En las horas que Cristina Fernández permaneció en suelo venezolano, se habría dedicado a realizar varias reuniones de carácter privado, relacionadas con el contenido y el carácter del presunto testamento de Chávez. La razón que la premier argentina ofreció para su rápido abandono de Venezuela fue una complicación de su salud a raíz de la temperatura del trópico.
¿Y qué dice el testamento?, se preguntan muchos. Y otros: ¿Por qué Chávez se lo entregó a la presidenta Argentina en vez de dárselo en mano al propio Nicolás Maduro, su vicepresidente? Para la segunda pregunta, muchos aventuraron la respuesta de que la decisión de Chávez habría sido un golpe certero a los afanes presidenciables de Maduro, una suerte de retiro de la confianza. Sin embargo, el contendido del testamento en sí desmiente esa hipótesis. En el registro de la última voluntad de Chávez, de su puño y letra, el fallecido líder ha dejado clara la necesidad de seguir adelante con la “Revolución Bolivariana”, al tiempo que establece que Nicolás Maduro sea su sucesor al frente de aquella. Esta decisión ha dado con el piso con el impulso que el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, había adoptado en las horas siguientes a la muerte de Chávez de convertirse en su sucesor.
Los analistas internacionales, los más avezados politólogos, los reporteros que han seguido el caso y, cómo no, los opinólogos de turno, señalan que detrás del affaire del testamento de Chávez –así como detrás de sus últimos días y los movimientos inmediatos que siguieron a su muerte- se encuentra la mano de Cuba. Ahora, el asunto sigue y las ramificaciones no dejan de crecer. El ambiente, otra vez, nos vuelve a remitir al maestro Hitchcock, al dejar evidenciado en el bloque la sombra de una “intriga internacional”.
M.A.B.

