Ambientes, colores y sabores atraviesan este relato de Edith Steiner, que compartimos con nuestros lectores en dos entregas. La geografía cercana a la ciudad de Canelones le aporta el marco local a la historia.
Escribe: Edith Steiner

Hasta los nueve años viví con mi familia en el campo, y cuando digo campo me refiero a una pradera verde, extensa, donde no había otra vida humana cercana más que mi familia y los trabajadores.
Había nacido en Montevideo, y con tres días de vida, en los brazos de mi madrina —pues mi madre aún no estaba recuperada— llegué a Margat, una zona del departamento de Canelones, situada a mitad de camino entre dos ciudades: Santa Lucía y Canelones.
Margat, paraíso verde, debe su nombre a un naturalista que había llegado al Uruguay en 1832, con treinta y dos años, Pierre Antoine Margat, con una maleta cargada de semillas exóticas.
La zona había prosperado a partir de una estación de trenes del mismo nombre, relativamente próxima a nuestra vivienda. Esto nos permitió, cuando crecí con mis hermanos y primos ya adolescentes, hacer excursiones con cierta frecuencia a las ciudades vecinas por la tarde o por todo el día. La estación fue abandonada y sustituida por una línea de autobuses, y quedó como recuerdo el edificio de la estación como patrimonio histórico, con un curioso texto escrito en una pared, firmado por un gran científico, filosofo y pedagogo uruguayo, el Profesor Clemente Estable que había nacido en la zona. Dice así: “Bello lugar, Margat. Limpio, culto, ordenado. Que no se pierda el alma de Margat”.
El lugar del que hablo se encuentra en la cuenca del río Santa Lucía y sus afluentes, el Canelón Grande y el Canelón Chico, donde estábamos precisamente nosotros: un sitio húmedo, muy verde, que durante las lluvias invernales se inundaba con frecuencia ante la aflicción de mi padre que veía arruinar sus cosechas.
Pierre Antoine Margat introdujo en la zona especies que son hoy muy conocidas, como el eucaliptus, originario de Australia, el álamo negro del norte de África y Europa, montes de caquis, magnolias o camelias, especies que perduran aún. Estas especies alternan con especies autóctonas como el mburucuyá, planta trepadora con flores azules y frutos dulces anaranjados por fuera y rojos por dentro o el mburucuyá blanco o el ceibo, un árbol que florece en la primavera y el verano cubriéndose de flores rojas, dando un magnífico espectáculo o la cola de zorro con penachos blancos y dorados entre otros.
En la actualidad, el paisaje está cambiando con la construcción de una nueva línea de tren y la amenaza de proyectos agrícolas e industriales, que deterioran la zona y la calidad del agua.
Lamentablemente, cuando vivía allí era incapaz de apreciar la belleza del lugar, y siendo adolescente, agobiado por las inundaciones, mi padre decidió cambiarse de lugar y se trasladó a un lugar más próximo a Montevideo llamado Sauce. Nunca le pregunté a mi padre la razón de por qué acabó en Margat años antes de que yo naciera, pero supongo que, dado su personalidad perfeccionista y sus conocimientos, pudo valorar la riqueza de aquellos bosques y praderas. En tal caso, conocía bien las técnicas agrícolas y ganaderas desde su infancia, dado que su padre, o sea mi abuelo, había sido agricultor en su país, la Chequia actual, y había emigrado a Uruguay buscando mejor clima y quizás mejor fortuna.
En su país, en los inviernos, la temperatura podía llegar a treinta grados bajo cero por meses, durante los cuales casi no salían de la casa, y para mantenerse se veían obligados a trabajar intensamente en el verano y acumular los alimentos necesarios para la temporada fría, tanto para los animales como para la familia. Una vida sacrificada y casi sin gratificaciones.
Mi abuelo, en muchas oportunidades de su vida, comentó estar muy satisfecho de haber emigrado al Uruguay y le trasmitió tanto a su hijo como a toda su familia los conocimientos y las técnicas necesarias para trabajar el campo y mantener una buena ganadería.
Durante toda su vida laboral mi padre concilió su trabajo en el campo con el de Montevideo, en una empresa de productos lácteos, y cuando se trasladó a la capital hacía el camino inverso.
A pesar de estas dificultades lograba éxitos no habituales con su ganadería, pues la dedicación a ella era exhaustiva y permanente. Estudiaba el pedigrí de las vacas y lograba una calidad de leche que resultó premiada en varias ocasiones.
Tenía un físico privilegiado, quizás logrado en su juventud con el deporte: había sido regatista de competición. Era fuerte, alto, musculado, de piel muy blanca curtida por las horas infinitas al sol, ya sea en el campo o en el mar. Amaba la naturaleza y se desplazaba en el campo con la fuerza de un ciclón. Le gustaban los desafíos y si había un temporal era el primero en subirse al caballo para rescatar a los animales perdidos y salvar sus vidas y el primero en asistirnos cuando nos enfermábamos tanto nosotros como los animales.
Aun persiste en mi retina su imagen espléndida sobre el caballo, de sombrero y poncho, recorriendo el campo. Tenía una gran autoridad, sin gritos, sin violencia, nunca pude saber de dónde procedía esa energía, en qué parte de su cuerpo, o en qué mirada o en qué gesto. Pero desde luego imponía. Siempre se recurría a él si había algo gordo que resolver. En mi casa cuando nos desbordábamos, la amenaza máxima de mi madre era: Ya verás, se lo diré a papá. Y después silencio.
Mi relación con él fue de un afecto subterráneo, no demasiado visible, aunque en sus actos reflejaba una gran estima y responsabilidad. Nunca se resignó a vivir en la ciudad y en sus últimos años insistió en la idea de regresar al campo, pero ya resultaba imposible dada sus condiciones de salud.
De él aprendí a valorar la diversidad de la naturaleza, a no dejarme nunca vencer, a jamás claudicar ante condiciones adversas, y sus razones me acompañaron toda la vida. ¿Qué hubiera hecho yo sin sus enseñanzas en las épocas tan duras que tuve que soportar más tarde?
Sólo una vez lo vi llorar, ya anciano, agotado, sentado al borde de la cama cuando tuvo la noticia de que mi hermana que padecía una enfermedad psiquiátrica había quedado hospitalizada.
No obstante, tengo que decir que, pese a estos rasgos de carácter, en muchas ocasiones de tranquilidad, como en los festejos, hacía gala de una enorme ironía y de una sucesión de chistes que provocaban la risa generalizada de la audiencia.
Durante mis años de vida en el campo compartí la vida también con mis dos hermanos mayores, a quienes miraba con respeto pues nuestra diferencia de edad con ellos, era de más de cuatro años. Mi recuerdo es siempre verlos partir hacia la escuela. Mi padre los llevaba durante la semana a diferentes centros de estudios de la capital, pues las escuelas privadas no eran mixtas; a veces volvían a la noche, otras se quedaban a dormir en casa de mis tíos. Contaba poco con ellos y me entristecía quedarme sola.
El traslado diario se hacía temprano, en invierno salían de noche; el camino hacia la carretera, que no ofrecía dificultades habitualmente, se volvía muy difícil cuando llovía y el coche podía quedar atascado por el barro o en charcos, pero mi padre para esos días contaba con un Ford antiguo, alto, de su juventud, que orgulloso sorteaba la situación. Cuando viajaba a la ciudad sólo, y llovían prefería ir a caballo hasta la estación y luego tomar el tren.
Poco podía estar con mis hermanos durante el año, o era poco para mí: las vacaciones y los días de fiesta. Cuando llegó mi turno de ir a la escuela, dado que quedaba a cierta distancia de los lugares donde estudiaban mis hermanos —y esto complicaba mucho—, era necesario levantarse más temprano aún.
Mis padres resolvieron que no fuera a la escuela, y en compensación haría tareas en casa dirigidas por mi madre, que tenía alguna experiencia en enseñar a niños en su país. Consistía en leer, hacer copias, dibujar y redacciones de cuatro o cinco renglones, que me representaban un enorme esfuerzo. Me leía o yo leía a medida que crecía, cuentos infantiles y más tarde la historia de los músicos clásicos que admiraba especialmente. Tengo que decir que su preparación fue buena, pues no tuve ninguna dificultad al integrarme al tercer año escolar cuando llegué a la ciudad; si recuerdo dificultades en mi integración social: me relacionaba mal con mis pequeñas compañeras y desconocía muchos de sus juegos, situación que se solucionó en breve tiempo como ocurre con todos los niños.
El resto del tiempo lo ocupaba recorriendo el jardín de mi madre, dándole de comer a las gallinas, patos y cerdos o disfrutar de las hamacas, que mi padre ingeniosamente había construido entre dos troncos de árboles. La fiesta real era cuando estábamos los tres hermanos: los patines, andar en bicicleta, los zancos que también nos fabricaba mi padre o los paseos a velocidad que me daban mis hermanos en la carretilla.
Las comidas en la casa eran las típicas del campo de la época: cocidos, asados, estofados y pastas italianas. Dada la facilidad para conseguir los productos básicos, pues disponíamos de leche, huevos y harina, pronto empecé a hacer —siguiendo a mi hermana— tortas, helados y en ocasiones hasta tallarines o ñoquis. En las noches de invierno hacíamos tortas fritas, de harina y huevos, y de esta manera lográbamos acortar la noche. El invierno se me hacía inacabable.
Los fenómenos naturales en la zona eran poderosos, tormentas violentas con relámpagos, truenos amenazantes, y lluvias torrenciales que inundaban el campo.
En la primavera, en un par de ocasiones, pude ver plagas de langostas que masivamente atravesaban el país destrozando los cultivos de trigo, cebada o maíz ante el horror de mi padre que veía perder el trabajo del año. Cuando esto ocurría, me obligaban a quedarme dentro de casa, y aplastaba la nariz a un cristal, viendo oscurecerse el día por la masiva cantidad de insectos que, en su violencia, se escrachaban contra la ventana. Los insecticidas, hoy en día, logran combatir y detener las plagas al norte del país y por suerte desde hace décadas los voraces insectos no llegan más a la zona y los cultivos se salvan.
En mi casa, como en todas las casas de campo, teníamos varios perros. Yo tenía una perra que fue mi compañera durante años: se llamaba Tula. No recuerdo cuantos años tenía, pero ocurrió que siendo yo mayor, se enfermó, perdió mucho peso y casi no se movía de casa. Mi padre, preocupado, la llevó al veterinario. Desconozco el diagnóstico, pero desde luego estaba muy mal, y un día, el prusiano me pidió que lo acompañara lejos de casa; llevaba a Tula en sus brazos, que ya no podía caminar. Al final lo seguí de lejos, con lágrimas en los ojos. Años más tarde supe por él, que lo que hizo fue acabar con el sufrimiento del animal mezclando su comida con estricnina, un potente veneno. Minutos después Tula empezó con agitación, convulsiones, luego se asfixió. Presenciaba la muerte por primera vez.
Recordé este duro episodio durante años, había recibido el primer golpe de mi vida de alguien a quien quería mucho. Llegué a la conclusión de que no me quería morir.
Además de los perros caseros, éramos visitados por perros cimarrones, salvajes, que circulaban por los campos, en manadas, buscando comida. Como podían ser agresivos, cuando los veíamos o los sentíamos ladrar nos encerrábamos en casa y les pasábamos alimentos para tranquilizarlos por la ventana.
En su oferta infinita, la naturaleza nos ofrecía muchas posibilidades y con mis hermanos y a veces con mis primos mayores organizábamos excursiones a recoger frutos, higos y moras, o pasábamos la tarde pescando. ¡Qué ilusión cuando logré atrapar un pez por primera vez!
También visitábamos los nidos de ñandú (ave similar al avestruz), y recogíamos los huevos que destrozaban otras aves para buscar nutrientes. Los sanos quedaban en su sitio, mi padre nos prohibía recogerlos. A los averiados, mi hermana los pintaba con acuarelas, y hacía sus pequeñas obras de arte; quizás esto fue el comienzo de la artista que fue más tarde. A mí me interesaban los pequeños huevos para alimentar a mis muñecas. Para ello, revisábamos los nidos de los horneros, que construían y reconstruían su casa en pareja con adobe y paja las veces que fuera necesario. Una verdadera obra maestra de la naturaleza: la casa marrón constaba de una galería de entrada y una sala interior visitada por aves invasoras o culebras inofensivas, abundantes de la zona que desalojábamos con un palo antes de introducir la mano.
Pero no siempre nuestras excursiones eran exitosas. En el campo abierto había nidos de teros, el ave nacional del Uruguay, un pájaro muy celoso de sus pichones y que cuando pasábamos cerca, y se sentían amenazados, hacían vuelos rasantes peligrosos sobre nosotros, para defenderse.
Por aquel tiempo abundaba un animalillo fósil entrañable, la mulita o armadillo, un mamífero acorazado con placas óseas, cuya defensa era enrollarse como una bola al ser agredido. En la época se cometía un verdadero crimen ecológico, se cazaban y se comían asadas. Desde hace décadas, por suerte, está penalizada su caza.
También disfrutábamos de fiestas en el año. Las Navidades, el día de Reyes, donde mi padre montaba la escena para recibir a los camellos y a los regios personajes, dejándoles comida y agua para refrescarse. Noche insomne para mí: mis hermanos me atrapaban para evitar que espiara y rompiera la magia de la noche. Al atardecer colocábamos los zapatos y una vez noche, acostada, sentía los ruidos de las caminatas de los animales que desde Oriente me visitaban. ¡Qué emoción!
Pero la magna fiesta del año, la fiesta que mi padre festejaba invitando a la gran familia era la de San Juan, el día de su santo y cumpleaños. A finales de otoño, cuando los días se acortaban y se aproximaba el invierno, comenzaban los preparativos de la fiesta. En mi aburrimiento, contaba los días y los meses que faltaban para el día.
El solsticio de invierno era el punto de iniciación del invierno, la noche más larga del año. Ocurría entre el veintidós y el veinticuatro de junio, momento curioso donde el invierno generosamente cedía su tiempo al sol que meses más tarde nos daba paso a la primavera. Esperaba la fiesta con ilusión, el invierno me parecía eterno. El prusiano comenzaba los preparativos semanas antes, y yo le seguía con gran alegría todos los pasos.
La primera etapa era recoger ramas secas y esqueléticas de los árboles y apilarlas, generando un considerable montículo, a más de cien metros de distancia de la vivienda. En los espacios entre las ramas encontraban su sitio animales diversos que tenían sus viviendas por un corto período de tiempo. El día veinticuatro de junio, hacia el mediodía y según la orientación del viento, encendíamos una fogata paralela para que el humo ahuyentara los ratones, las ratas y las culebras que en procesión huían hacia un arroyo cercano para evitar la muerte.
Más tarde comenzaban a aparecer los adultos: mi madre, mis tías con sillas, mesas, manteles y cubiertos que se ubicaban a distancia prudencial de la hoguera.
Mi padre se acoplaba tarde a la fiesta, cuando llegaba de trabajar: arrastraba un carro con la mano izquierda, con los chorizos, carne, empanadas, pasteles y bebidas. Yo hundía mi mano en la suya libre. Poco después iniciaba conmigo el fuego de la parrilla con papel de periódicos y las ramas más secas. A los niños nos tenían destinados troncos gruesos para sentarnos un poco alejados del fuego para evitar el calor y los accidentes. Con los primos y otros niños jugábamos a la pelota y consumíamos los fuegos artificiales iluminando la noche. Si teníamos suerte, y no estaba nublado, lográbamos ver el cielo atiborrado de estrellas, como nunca lo volví a ver, y la luz era suficiente para pasar la noche.
Finalmente, cuando mi padre terminaba la faena, descansaba, y empezaba con sus ironías y bromas, otro aspecto de su personalidad que emergía en aquellas ocasiones. La noche seguía su curso, la temperatura descendía, las conversaciones se agotaban y una vez que ya habíamos comido, intentábamos apagar el fuego.
Después, mi madre y mis tías recogían las mesas y las sillas, mientras mi padre llenaba el carro con los restos de la comida y yo volvía otra vez a la casa con mi mano atrapada en su mano.
Los niños crecíamos, y pronto mis hermanos adolescentes tuvieron que ir al liceo. Yo debía comenzar la escuela. A mis padres se les hacía difícil continuar la vida en el campo estudiando nosotros tres en la ciudad. Nos despedimos de Margat y volvimos sólo en las vacaciones de verano un par de años más.
Mi infancia se esfumaba y yo crecía. Tuve que hacer un esfuerzo grande para integrarme a la escuela y a la vida en la ciudad.
¡Margat, paraíso perdido!
La autora
Edith Steiner es médica y escritora, nacida en Montevideo, criada en Margat, vive actualmente en Barcelona. Ha publicado la antología de poesía ‘Sin límites’ (2021) y el libro de cuentos ‘El prusiano que me enseñó a andar y otros relatos’ (2024).

