Payador de Leyenda
A punto de cumplirse un nuevo aniversario del nacimiento del inmortal payador que creara obras tan perdurables como ‘La leyenda del Mojón’ y ‘Quemá esas cartas’, compartimos esta semblanza.
Juan Pedro López nació bajo el nombre de Eusebio Pérez el 25 de agosto de 1885, en la localidad de Echevarría, a pocos kilómetros de la ciudad de Canelones. Hijo de una familia campesina, el futuro payador creció en un hogar rico en privaciones, debiendo ejercer desde muy pequeño diversas tareas para contribuir a parar la olla, siendo una de las más sostenidas sus caminatas diarias hacia Villa Guadalupe con un canasto de huevos que vendía a comerciantes y particulares. Adquirió los rudimentos de la escritura y la lectura con el maestro genovés Luis Valle, que junto a su esposa sostenía una humilde escuela rural en la zona y que disponía de una considerable biblioteca a la que tempranamente accedió nuestro autor.
Si bien Juan Pedro López partió muy joven de su natal Echevarría para probar fortuna en Montevideo, regresando en ocasiones muy puntuales, el pago de su infancia gravitó permanentemente en su escritura, tal como puede leerse al inicio del poema ‘Mi tapera’: “Existe allá en Canelones / una derruida tapera, / voy a recordar siquiera / aquellos caídos terrones…”.
En Montevideo, Juan Pedro López se empleó primero como peón en el Saladero de Tabares, en el Cerro, sometiéndose a largas jornadas en las que debía trajinar con carnes y cueros en salazón y donde recibió el apodo de ‘Pata Brava’. Del saladero pasó a trabajar como peón de estiba en el Puerto, estableciéndose en una pensión de la Ciudad Vieja. En aquel tiempo se produjo su contacto inicial con la bohemia nocturna de los arrabales montevideanos, que se desarrollaba en locales portuarios con poca luz, donde dos por tres se presentaban payadores como José Betinotti, Higinio Cazón, Federico Curlando y Arturo de Nava. En ese contexto fue que López empezó a ensayar sus primeras composiciones y a perfeccionarse en el dominio de la guitarra, además de ejercitarse en el deporte del boxeo. Fue como boxeador que en el año 1910, con 25 años, cruzó por primera vez a Buenos Aires.
Por fortuna para los adeptos al canto repentista y los lectores del futuro, Juan Pedro López no prosperó en las lides del pugilato, decantándose en cambio por la música, la escritura y el canto. En el año 1911 volvió a cruzar a Buenos Aires, con el firme propósito de labrarse un nombre en el ámbito de la payada y tras los pasos del legendario payador argentino Gabino Ezeiza, una figura clave no solo en la consolidación del género repentista a nivel popular sino por su propia forma de plantarse como payador: a diferencia de otros cultores del canto improvisado, que se vestían con la indumentaria gauchesca para subir a los escenarios, Ezeiza lucía un atuendo más urbano, de saco y chaleco, que Juan Pedro López adoptaría como propio cuando comenzara a realizar sus propias presentaciones.
En sus primeros tiempos en Buenos Aires, Juan Pedro López se instaló en una pensión de Parque Patricios, trabando amistad con los payadores Juan Damilano (1876-1955) y Francisco Bianco (1894-1960), a través de los cuales accedió a Gabino Ezeiza. En 1913, con 28 años, López acompañó a Ezeiza en una gira de presentaciones por el sur de la provincia de Buenos Aires. Fue en esa larga recorrida, desarrollada en escenarios tan variados como teatros, circos y cantinas, donde el payador canario recibió el otro apodo por el que se lo conocería: ‘El León’.
Buenos Aires fue clave para la consolidación de Juan Pedro López como payador no solo por la relación con Gabino Ezeiza, a quien acompañó hasta su fallecimiento en 1916, sino porque en aquella ciudad también se vinculó con otros importantes cantores populares, tales como José Razzano (1887-1960) y Carlos Gardel (1890-1935). López conoció a Razzano y a Gardel en sus primeras andanzas porteñas, antes de que se convirtieran en el celebrado dúo. Gardel se reveló como un entusiasta admirador de la obra de Juan Pedro López, de quien grabaría las composiciones ‘China hereje’ y ‘Flor campera’. Pero el elemento clave que vincula indisolublemente a Buenos Aires con la figura de Juan Pedro López como payador fue su permanente aparición en el Parque Goal, una importante confitería y centro de espectáculos ubicado en la Avenida de Mayo, muy cerca de la Plaza Lorea. Inaugurado en el año 1917 como Gran Recreo Criollo, el Parque Goal fue centro permanente de la cultura popular rioplatense, un reducto en el que se daban cita cantores criollos, artistas circenses, orquestas típicas, cultores del café-concert y un amplio etcétera. Durante diez años, Juan Pedro López fue figura central en los encuentros de payadores del Parque Goal, midiéndose en payadas de contrapunto con cultores del género como Antonio Caggiano (1881-1955), Generoso D´Amato (1884-1924) y Luis Acosta García (1895-1933), entre otros.
Durante sus años de mayor esplendor como payador, Juan Pedro López intercaló su residencia en Buenos Aires con largos períodos en Montevideo, ciudad en la que en 1922 escribió su obra más famosa, ‘La leyenda del Mojón’. A finales de la década del treinta, López se estableció definitivamente en Montevideo, etapa que coincidió con un progresivo deterioro de su salud. Enfermo del corazón y en una situación económica inestable, en 1944, a los 59 años, se inscribió en la categoría ‘Máscaras Sueltas’ del Carnaval de Montevideo. De esa forma, el celebrado payador que décadas antes triunfara en las dos márgenes del Plata, se vio obligado a subir y bajar de innumerables tablados interpretando dos obras especialmente escritas para la ocasión: ‘La gran payada’ y ‘La madre loca’.
Aquel Carnaval de 1944 terminó de minar la endeble salud de Juan Pedro López, quien falleció en la madrugada del 25 de enero de 1945, rodeado por su esposa Cesarina, su hijo Juan Pedro y su amigo, el periodista Ángel Acea. Según cierta leyenda que circuló durante algún tiempo en los ámbitos del canto payadoril, pocos instantes antes de morir, Juan Pedro López le señaló a su esposa el Cristo de bronce colgado en la pared del dormitorio, diciéndole: “Mirá, mirá como me llama…”.
Martín Bentancor

