Por Miguel Pérez Estévez
Uno de los profesores fundadores del Liceo de Los Cerrillos. Fue luego su director. Primer presidente fundador del Fútbol Infantil del club de la diagonal verde en 1987. Funcionario del Ministerio del Interior, llegó a ser el comisario del pueblo. Integró la Asociación Histórica. ‘Tito’ López, así lo conocíamos todos. Dotado de una natural bonhomía y humildad y una vocación de servicio ejercida con dedicación y talento donde le tocaba actuar. Siempre atento a las inquietudes del vecindario.
El 1° de marzo de 1998 se inauguraba dentro del Complejo Social y Deportivo ‘Jorge Lemaire’, el escenario del Baby Fútbol que llevó su nombre: Parque Domingo ‘Tito’ López. El 18 de marzo del año pasado la Generación 75 del Liceo, con el apoyo del Municipio, organizó una correcaminata a beneficio del Hogar Puga Soria. La ocasión fue propicia para homenajear a los profesores fundadores del liceo en 1968. Allí estuvo Tito, tal como puede vérsele en la imagen que encabeza esta nota. Tito pasó a integrar la mejor historia de Los Cerrillos. A sus hijos Marcelo y Pablo y demás familiares la solidaridad de esta página.


Hasta siempre, Tito
Escribe: Claudia Felípez
Desde nuestra adolescencia, mientras concurríamos al liceo local, nos fuimos formando, en distintas disciplinas y también como personas, Es en este camino que nos cruzamos con Domingo ‘Tito’ López, profesor de Historia, quien junto a otros grandes colaboradores habían trabajado de forma muy tenaz, paso a paso, hasta lograr el sueño de fundar aquel incipiente Liceo de Los Cerrillos. Donde se comienzan a dictar clases en forma honoraria por parte de aquellos docentes. Un profesor que además de dedicarse a cada clase nuestra con el mejor empeño, también cumplía funciones en la Comisaría del pueblo. Por lo tanto, lo veíamos uniformado poniendo orden por las calles y también en el aula. A eso se sumaba que era uno de los vecinos del fondo de nuestro liceo.
Nuestros pequeños recreos de cinco y diez minutos nos daban un amplio panorama del ir y venir de nuestro vecino profesor, ver a sus pequeños hijos Marcelo y Pablo jugar en la vereda, bajo la atenta y sonriente mirada de su madre Cristina, quien nos saludaba con cariño levantando la mano. De ahí, en el ir y venir del diario vivir, en la sucesión de los días y las noches nos seguimos cruzando siempre. Las charlas interminables, donde siempre se podía hablar de todos los temas. Nunca negó que, igual que nosotros, realizó grandes sacrificios para concurrir a la escuela, al liceo y toda la formación de su carrera, nunca fueron fáciles… Es que crecer y vivir en el medio rural te da un contacto inconmensurable con la naturaleza, pero te exige mayores sacrificios en traslados. Muchas veces lo hablamos. Era lo que nos había tocado y estábamos agradecidos por los logros. La partida de su esposa Cristina hace cuatro años, también en el mes de agosto, lo había marcado a fuego. Era casi insuperable aquel dolor. Con mucha entereza siguió recorriendo día a día las calles del pueblo. Todo comienza y todo termina pero no tiene fin la siembra que dejamos. Somos parte de esa cosecha de estudiantes. Te daremos siempre gracias. Hasta siempre, Tito.
El legado del profesor
Escribe: Martín Bentancor
En un pasaje de la novela ‘La Marcha Radetzky’, el escritor austríaco Joseph Roth recuerda el tiempo en que “todavía tenía importancia que un hombre viviera o muriera. Cuando alguien desaparecía de la faz de la tierra, no era sustituido inmediatamente por otro, para que se olvidara al muerto, sino que quedaba un vacío donde él antes había estado y los que habían sido testigos de su muerte callaban en cuanto percibían el hueco que había dejado”. En estos tiempos volátiles que vivimos, donde todo ocurre de prisa y el diario transcurrir se desvanece con el mismo ritmo de un toque sobre una pantalla portátil, la muerte parece haber perdido algo de su carácter solemne. El pasado ya transcurrió y el futuro está cada vez más cerca, por lo que todos habitamos un eterno presente; pero al morir un hombre querido y respetado por toda la comunidad, las cosas cambian.
Cuando el pasado sábado al caer la tarde se conoció en Los Cerrillos la infausta noticia de la muerte de Domingo ‘Tito’ López, invariablemente, como en una suerte de comunión entre vecinos, todos evocamos la particular estampa de aquel profesor de Historia, de mirada bonachona, siempre con una sonrisa esbozada en los labios, bajo el tupido bigote entrecano, que iba de los griegos al Renacimiento, de la prehistoria a la revolución artiguista, desgranando ideas, fechas y conceptos ante diversas generaciones de estudiantes.
Conversador nato y de prodigiosa memoria, que recorría en un estilo único cierta página de la historia nacional ensamblada con la referencia precisa a determinado fenómeno o personaje local, el Tito López era, además, un riguroso y atento lector (fiel frecuentador semanal de las páginas de HOY CANELONES, por ejemplo), que demostraba en su conversación el conocimiento preciso y cabal de múltiples temas. Informado de la actualidad en la que vivía, alimentaba así la pasión por la Historia en el entendido de que el conocimiento del presente alumbra al del propio pasado y viceversa.
Poseedor de un tranco particular, cansino y de movimientos pausados, era frecuente encontrarlo por las calles de Los Cerrillos, contemplando de refilón cierto detalle del diario transcurrir y propenso siempre a la conversación. Quien esto escribe, que fue su vecino durante años, varias veces se detuvo a conversar con él sobre los temas más diversos, a la orilla de la calle o al frente de su propia casa.
Domingo ‘Tito’ López se fue en silencio, con la misma humildad que vivió su existencia consagrada al prójimo, dejando a este pueblo que ya no es pueblo un imborrable recuerdo entre todos los que lo trataron, subrayando así aquellas líneas citadas más arriba, porque es verdad que con su partida, irremediablemente, dejó un vacío que no puede ser ignorado.

