Los recuerdos de Irma Cernada: una historia de vida

Desde Las Brujas a Los Cerrillos

En esta nota, una conocida vecina de Los Cerrillos repasa su periplo de vida de la mano de la historia de su apellido y de una gran variedad de anécdotas.

irmaLos Cernada

Los Cernada son descendientes de José Cernada, quien a mediados del siglo XIX, tomó una decisión heroica junto a José Piñeyrúa. Los dos jóvenes, con menos de 20 años, trabajaban en la estiba en el puerto de El Ferrol en Galicia, España. Cansados de la miseria y la pobreza, el gallego Cernada y el asturiano Piñeyrúa, se escondieron en las bodegas de un barco que partía para América. Descubiertos en alta mar, salvaron la vida gracias al capitán. “Los bajamos en el primer puerto al que arribemos. Es un pecado tirar al mar estos muchachos”, exclamó. Esa era la costumbre y Montevideo fue ese puerto.
Cernada hacía esculturas en madera. En recuerdo de aquella aventura obsequió a su compañero de viaje, la talla de un San Antonio. La asociación histórica recibió hace pocos años, esa talla que se conserva perfectamente. El gallego José, andando el tiempo prosperó, adquirió tierras en la Tercera Sección de Canelones, más precisamente en Las Brujas. Se dedicó a la agricultura. Se casó y fue la base de una numerosa familia.
“Los Cernada somos de aquí de esta zona de Canelones, estamos todos cerca. Es un apellido de acá”, afirmó rotundamente Eduardo Cernada a quien consultamos. José Cernada se casó con Petrona Cabrera y tuvieron once hijos. Los Cernada Cabrera eran dueños de una buena parte de las tierras de la zona.
Irma nos confiesa: “Mi abuelo puso a un apoderado, y éste se quedó con todo el dinero, de una caja fuerte, libras de oro. Me lo contó una persona amiga, muy seria y muy justa. Fue al fallecer mi abuelo. Se le quedó con todo eso porque él iba a cobrar. Me dijo ‘Tu abuelo era uno de los hombres más ricos’. Tenía almacén, tenía carnicería y no sabía leer ni escribir. No sé cómo se ingeniaba. Tenía plata en el banco”.

En Las Brujas

Irma vive en Los Cerrillos desde que se casó a los 30 años. Nos contó de su vida allá en Las Brujas. Su infancia y adolescencia, los juegos, la escuela rural donde concurrió, su trabajo en la atención de un comercio de la zona. Los famosos bailes en El Rancho Alegre de Santos Pontón.
¨Yo nací el 20 de setiembre de 1937. Mi papá se llamaba Alberto Gregorio Cernada y mi mamá Felipa Eulogia Pontón. Éramos seis hermanos. Los tres mayores murieron de meningitis, siendo bebés. Quedamos mi hermana mayor Helvecia Yolanda, mi hermano Aníbal Gregorio y yo, la más chica, Juana Irma. Todos me dicen Irma”.
A continuación cuenta que “nacimos en casa. Venía Doña Lola, la partera para eso. Fui a la escuela de Las Brujas, a la Nº 143, en el edificio del casco de la estancia Santa Rosa y terminé en el local nuevo. Mis maestras fueron Gladys Berriel y Ema Romero. Tenía muchos compañeros, Bebe y Cacho Cabrera Molina, Rogel, etc. Antonio Darder, un señor de Las Piedras, era padrino de la escuela y a mí me regaló un libro, por buena compañera. Desgraciadamente no lo tengo. La maestra lo decidió”.
Al rememorar su pasaje por la escuela, Irma dice que “nosotros íbamos de tarde. No había comedor, nos daban la copa de leche, a los que viajábamos en ómnibus y que teníamos que caminar a pie para llegar a la parada, nos daban más. Nos servía Jacinta, la señora de Mayobre, esposa del policía que estaba en el piquete. Nos daban bizcochos o pan y dulce”.
Y sigue Irma: “Yo vivía sobre lo que ahora es el Camino Giménez, pero para adentro, como dos kilómetros. Mis padres hacían la chacra. Plantaban trigo, criaban cerdos. Cuando había que pagar las planillas, se vendía un cerdo. Papá era muy cumplidor. A mí nunca me gustó la tierra. Mis hermanos sí. Yo quería estar en casa de material y a la orilla de la carretera. Nosotros llevábamos un calzado y antes de tomar el ómnibus nos cambiábamos. De túnica blanca y moña azul. Muy lindos recuerdos tengo de la escuela. En la zona no había luz eléctrica ni agua potable, era agua de pozo, en el almacén de Reynaldo había teléfono. Me acuerdo del Chiquito Taramasco que era el guardahilos por allí, por la ruta 49, que era todo camino de tierra, horrible cuando llovía… Me parece oír al Chiquito cuando hablaba desde lo de Reynaldo a la central en Los Cerrillos… ‘Ofelia ¿Cómo llega?’

Los juegos de la infancia

En el diálogo, Irma rememora “las diversiones que tenía cuando niña. Jugaba con la Ñata Cabrera. No teníamos juguetes. Soñé con tener una muñeca, nunca la tuve. Éramos muy compañeras como vecinas y amigas, ahora ya falleció. Con tarritos de pomidoro, de conserva, platos que se rompían, pedacitos de vidrios de colores, dos ladrillos, una tablita, jugábamos a las casitas, a la visita, con lo que encontrábamos y así nos divertíamos. Y fuimos tan felices. En la escuela me encantaba jugar a la rayuela con la Beba Rogel, Blanca Silva, a la farolera, las rondas, juntábamos para comprar caramelos en lo de Hugo Bentancor, que quedaba en la esquina de lo que hoy es el pueblito de Las Brujas. Éramos todos compañeros, sin envidias, una cosa sana, todo precioso”.
Nuestra entrevistada puntualiza que “la escuela tenía agua que se extraía con molino de viento de un pozo, no tenía luz eléctrica tampoco. Por ejemplo, una tarde de domingo en invierno en casa, jugábamos a la lotería o a hacer tortas fritas. El Dr. Arena era el médico. Venía en el auto y le iban a buscar un caballo para llegar a las casas. Lo llamaban para dar ‘toques’ con un palito y un algodón y decía: ‘Llamen a la Chiquita’, que era mamá. Y allá iba ella, para ayudarlo, todos la querían mucho a mi
madre. Ahora es distinto”.

A trabajar desde muy chica

“Yo trabajé en el almacén de Juvencio Reynaldo, que después fue de Peissino, ahí donde se unen las rutas 48 y 49”, cuenta Irma. “Tenían teléfono, el 622, y había radio, había luz de molino y cargador aéreo. Doña Rosa Macías, su señora, me veía y me escuchaba, cuando iba a tomar el ómnibus. Yo era muy conversadora, me querían mucho ellos. Cuando era mi cumpleaños me hacían una torta y me la llevaban”.
Dice a continuación: “Nosotros éramos pobres. Papá tenía el campo, pero bueno… Un día doña Rosa me dice: ‘¿No te querés venir conmigo a ayudarme a secar la loza, a juntar los huevos…?’ Y yo le dije a mamá. Doña Rosa fue de visita y le dice a mamá: ‘Felipa, ¿no me deja a la Irma para ayudar? La voy a tener como si fuera una hija… y fui. Y me quedé ahí. Como era muy madrera, cuando salí, miraba para atrás. Me iba llorando porque iba a extrañar a mamá. Después, mi hermano Aníbal iba a hacer los mandados de casa.

De ahí tengo los mejores recuerdos, porque me ganaba la confianza, hacía más de lo que me pedían, me gustaba. Ellos eran mi familia. Yo iba aprendiendo los quehaceres. Con Elsa, la hija, conversaba mucho… mi tarea era despachar en el almacén y otras tareas en la casa. La cocina era a kerosén. Había primus. Se limpiaba la cocina, una lavaba la loza, la otra secaba, Elsa barría, otro lavaba el piso. De tarde se ponía kerosén a la cocina, al primus, nafta a los faroles, para después prender en la noche para la cocina y el comercio, aunque había luz de molino. Cambiaba carpetas, ponía flores. Yo era muy coqueta, tenía esas polleras poncho, acampanadas, y las planchaba. De tarde me cambiaba para ir al almacén a despachar. Comestibles y bebidas. Siempre estaba Juvencio allí. Había respeto, nadie se propasaba, nadie te decía nada, trabajaba Elsa, yo”.
Al repasar su tiempo en el almacén de Reynaldo, Irma evoca que “cerca de allí estaba Guelfo Macías, donde se  inició carnicería Los Arachanes, que está donde está ahora, a unos metros de lo de Reynaldo. Guelfo tenía un caballo para repartir que le decía Suave. Pasaba por lo que es la Ruta 49 y se enterraba. Estaba el tambo de Vascou, con una carreta con yuntas de bueyes, porque después se enterraban. A veces voy por ahí. De la casa donde nací, no queda nada. Nosotros vivíamos en un rancho de paja con paredes de portland, se pintaba bien y quedaba prolijito y lindo. Mi madre era muy prolija, trabajaba mucho.

irma2Santos Pontón y El Rancho Alegre

En un momento de la charla, Irma dice: “Le voy a contar de un primo hermano de mamá, Santos Pontón, el del famoso salón de baile El Rancho Alegre”. Nos acerca una foto de la Embajada Gaucha de C X 44 Radio Solís que al reverso tiene una dedicatoria de Luis Alberto Martínez, el famoso payador y su compañera Olga Dubal, del 20 de marzo de 1953. Fue en una presentación que ambos artistas hicieron en lo de Santos Pontón, ese salón de baile recreado por la pluma de Abel Soria y que cantara años después Teresita Minetti. Fue a principios de los años 50 del siglo pasado cuando construyó ese salón, ubicado en lo que hoy sería el Camino de los Giménez. “Más delante de mi casa, como yendo para Quinta de Illa, pero no mucho”, agrega nuestra entrevistada.
Irma dice que “allí fueron mis primeros bailes. Era un ambiente muy lindo. Pasaban todos estos cantores, que ves aquí en la foto. No me acuerdo de todos. Luis Alberto Martínez y Olga Dubal, su compañera. Conrado Gallego con La Pampita, su compañera, que era de Parador Tajes, Héctor Umpiérrez, los hermanos Washington y Raúl Montañez. Washington tenía una voz divina. El salón era cuadrado, todo techado, tenía un escenario y el piso era de portland. Mi hermana lo adornaba el escenario. No había micrófono ninguno. A viva voz. Primero cantaban los payadores y después era el baile”.
Irma cuenta que “se bailaba con acordeón. Estaba Chango Sanabia, entre otros. Allí era un respeto. Santos Pontón con su saco blanco marcaba presencia y respeto. Miraba todo y recorría. Había un lugar para las sillas, para que se sentaran las señoras. Nosotras íbamos con nuestras madres. Mi madre era la que atendía la toilette, había un espejo para arreglarse. Era en campaña y había que cambiarse el calzado. Los bailes eran por la noche y terminaban de madrugada. Estaba la pista para bailar y alrededor había mesas para servirse, para tomar, se decía el bufé. El mozo que atendía muy bien era Juan Lenzi, que ahora no vive, hermano del Quico. Se juntaba gente de la ranchería de los Cernada que eran un montón, los Prando, los Lenzi, los Colombo, los Sanabia, yo qué sé… venía gente de Las Brujas, de El Colorado, de Las Piedras, de Cerrillos… venía en autos… de acá de Cerrillos iba Aníbal Britos que era muy codiciado junto al Nené Ferreira por nosotras las muchachas… Yo tenía 15 años. De casa íbamos mi mamá, mi hermana, mi hermano, la novia de mi hermano y yo”.
Siguiendo con la evocación de los bailes en el Rancho Alegre, Irma dice que “mamá siempre miraba cómo bailábamos. Se bailaba tango, ranchera, paso doble, corrido, bolero, eran los bailes nuestros. No nos enseñaban a bailar, yo aprendí sola. Era muy bailarina, me encantaba. En la actualidad, tengo 76 años, voy a cumplir 77 y si voy a un baile no sé si bailo. Cuando me casé con Pirulo Reyes, a mi esposo no le gustaban los bailes. Me casé a los 30. Cuando fui novia de él, estuve cuatro años; hablé cinco y me casé. Y dejé de ir. Pero yo antes iba a Rincón del Colorado cuando venía Donato Racciatti, a lo de Froilán Rodríguez, algún baile al Parador Tajes con Canaro y D´Arienzo, y este que tocaba los tamboriles, Alberto Castillo. ¡Qué lindas orquestas!”.
El recuerdo no para y, emocionada, dice Irma: “Y por Las Brujas teníamos la cancha de Rampla en la rotonda. Allí se jugaban los partidos. En el verano venía gente de Las Piedras a la costa del río pero ahí no iba. Íbamos con Elsa, la del almacén, mi hermana, Güelfo Macías, la señora, Carola, los hijos de Güelfo, Mabel Macías. Íbamos de noche en verano a Las Toscas, a donde estaba el puente, era precioso, íbamos a pescar”.

El casamiento

“Con Pirulo tuvimos dos hijas. Claudia, que falleció, y Mariela. Nietos tengo a Kiara, la hija de Mariela, que tiene 20 años. Muy buena chiquilina salió. Trabaja en una tienda en Las Piedras y está haciendo un curso de Archivos Médicos. El otro nene, tiene 9 años es de Claudia. Estuvo con nosotros, pero el padre se lo quiso llevar. Lógico, es el padre. Mañana, si Dios quiere, pienso ir a verlo”.
Irma cuenta que “a los 50 años quedé viuda. Mi marido tenía 53. Y tuve que hacer frente a la situación, la situación muy fea que me tocó. Yo vivía ahí en un ranchito pegado a mi suegro, y después le alquilamos a Brandi. Tenía a mi hija Claudia que tenía que hacerse la diálisis y le salió el trasplante. Me dijo ella: ‘Me salió el trasplante, pero mi padre no está’. Y yo le dije: ‘Estoy yo’. Se hizo dos trasplantes. Ella siempre quiso tener un hijo y lo tuvo. Se llama Bruno Valentino. A mi mamá la tuve conmigo hasta que murió, muy viejita, con 89 años. También, cuidé a mi padre. Y la mitad de la enfermedad de mi suegro, que me quería mucho”.

Agradecida

Para finalizar, Irma dice que “estoy muy agradecida a la gente de Cerrillos, a los que me ayudaron en momentos muy difíciles que viví. Ahora estoy acá en esta casa, donde todo lo tengo prolijo, pintado. Me gusta la prolijidad en mi persona y en todo. Yo cobro una pensión de mi marido que me da para vivir. He llevado una vida feliz, a pesar de que no había juguetes ni Reyes, jugando con esas cositas que te dije, pero fui feliz antes y soy feliz ahora”.

Miguel Pérez Estévez