Autora de algunos libros claves del siglo XX, en ocasiones más citados que leídos –‘Los orígenes del totalitarismo’ (1951), ‘La condición humana’ (1958) y ‘Sobre la violencia’ (1970)– Hannah Arendt (nacida en Hannover en 1906 y fallecida en Nueva York en 1975), fue mucho más que una filósofa (término que ella prefería que no se le aplicase) de origen judío, atenta testigo de los vaivenes que la Segunda Guerra Mundial le impusieron a Europa y al mundo todo, encarcelada, perseguida y apátrida hasta que se nacionalizó estadounidense en el año 1951.
Esta mujer valiente y pertinaz –su libro ‘Eichmann en Jerusalén’ (1963), donde acuñó la ya célebre expresión “la banalidad del mal”, le valió el rechazo de una parte importante de la comunidad judía, especialmente a raíz de su cuestionamiento al accionar de los consejos judíos en la Segunda Guerra Mundial– hizo del acto de pensar, y por ende de reflexionar en forma escrita, la razón central de su existencia. Ante su atenta mirada, temas como la tensión poder/libertad, el totalitarismo, la religión, la democracia y el rol del Estado se convirtieron en materia permanente de análisis que sedimenta el pensamiento filosófico contemporáneo.
El pensamiento de Hannah Arendt no sólo sigue vigente casi cincuenta años después de su muerte, sino que se redimensiona en estos tiempos complejos, donde el conflicto entre Rusia y Ucrania marca la tónica de los vaivenes globales. Y si por algo se caracterizó el pensamiento siempre constructivo de Arendt, fue en sus reflexiones sobre la condición del individuo. Así, en su libro ‘La libertad de ser libres’, por ejemplo, disecciona el concepto de “revolución”, entendido como el quiebre que produce una fuerza ante el poder establecido y sus eventuales consecuencias: “La revolución tiene que ver tanto con la liberación como con la libertad, y como la liberación es de hecho una condición de la libertad –aunque la libertad no sea en absoluto una consecuencia necesaria de la liberación–, resulta difícil ver y determinar dónde acaba el deseo de liberación, de verse libre de la opresión, y donde empieza el deseo de libertad, de vivir una vida política”.
La precisión de una vida política, de vivir bajo los parámetros que fijan las instituciones, el derecho, las normas y todas las estructuras de poder, conforma el cerno del concepto de revolución, una figura que alienta detrás de fenómenos tan variados y lejanos como lo que por estos días se vive en Ucrania a las batallas diarias que se dan a nivel de pequeñas instituciones.
Cuando desde los programas de literatura, desde la Academia y desde algunas instituciones referidas al libro se machaca con la necesidad de volver a los clásicos, se debería agregar, además, la necesidad de leer a los clásicos del pensamiento moderno, tan vigentes y cercanas como las ideas de Hannah Arendt.
E.B.

