Del pago de Los Cerrillos
El pasado domingo, en la jornada Inaugural de la Fiesta Criolla del Prado, Elena Márquez ‘La Cerrillera’ se presentó en la Sala Carlos Molina, reducto que conduce año a año otro cerrillero de ley como es Abel Soria. HOY CANELONES dialogó con esta inquieta artista para conocer algo más sobre sus inicios, su trayectoria y su trabajo con las canciones.¿Cuándo comenzaste a cantar?
Empecé a los 18, 19 años, acompañada por dos grandes guitarristas como Héctor López y Romeo Maritato. Seguí cantando, más o menos, hasta los 30 años pero no hacía folclore sino que cantaba canciones mexicanas, españolas y tangos.
¿En qué lugares te presentabas?
En diversas peñas folclóricas de Montevideo. En esos lugares se podía sacar buen dinero en aquellos años. Era el tiempo de la dictadura, cuando teníamos que andar tranquilos y nos reuníamos para armar peñas, siendo todas personas conocidas. Me presenté por primera vez en una peña que se hacía en el Club Policial. Después, con el paso del tiempo, a los 33 años, conocí a mi esposo, el doctor Díaz Devia y me casé con él. Por un largo tiempo, durante 25 años, dejé la música y la canción para dedicarme a la casa y a él.
¿No te presentaste en público durante veinticinco años?
En ningún lado. Solo cantaba cuando nos reuníamos con amigos y, con el paso de los años, me hice socia de un club de pesca –actividad que me gusta mucho, al igual que las bochas–, un club de pesca muy precario, hecho de chapas que estaba en Bilbao y Caracas, en el barrio del Buceo. Con mi marido, que era el presidente del club, se nos ocurrió reformarlo y hacerlo de hormigón. Con mucho sacrificio sacamos a plazo los materiales para reformarlo y las cuotas las pagaba con el dinero que sacábamos de las comidas que organizábamos mensualmente. En esas comidas, además de servir, yo cantaba.
¿De qué años me estás hablando?
Y desde 1980 a 1985, aproximadamente.
¿A qué te dedicaste durante esos veinticinco años que estuviste sin subir a un escenario?
A cuidar enfermos. Ese siempre fue mi trabajo hasta los 56 años. Cuidaba enfermos durante la noche y durante el día. Yo sabía que salía pero nunca sabía a qué hora iba a regresar.
¿Cómo se produjo el regreso al canto?
Hace quince años falleció mi marido luego de una enfermedad de siete años. Un día voy como espectadora a la Criolla del Prado y me encuentro con Héctor López, que había sido uno de mis guitarristas en aquellos años. Fue él quien me dijo que me animara, que empezara de vuelta a cantar, que la actividad era una terapia que me ayudaría a sobrellevar el dolor por la pérdida de mi marido. Y así empezamos a ensayar. Estuve un tiempo tocando con Héctor López en peñas y en cumpleaños, hasta que decidí independizarme. Así formé mi grupo, que es el que me acompaña hasta ahora.
¿Quiénes lo integran?
Los guitarristas Mario Muñoz, Julio Pereira y Óscar Jesús Montero y Quique Guzmán que toca el bombo. Cuando no cuento con Guzmán, el bombo lo toca Jorge Ayala. Y otro guitarrista que en este momento no está conmigo pero que siempre ha tocado en mi grupo es Pablo Cossio. Con este grupo grabamos un disco en el año 2008. Es un disco que tiene doce temas míos entre los cuales hay milongas, valses, chacareras y zambas, porque yo soy muy ‘zambista’.
¿Componés letra y música?
A medida que yo voy escribiendo la letra siento la música en mi cabeza. Después me reúno con mis músicos y les comento la tonada y juntos vamos armando la canción.
¿Vos tocás guitarra?
No, yo no conozco ni una nota de música. Eso es lo increíble. Igualmente, te cuento que a mí lo que me apasiona es el bombo, un instrumento que pienso comenzar a estudiar.
¿Por qué te volcaste al folclore luego de tu regreso tras veinticinco años sin cantar?
Sí, puedo llegar a cantar tango en caso de que me lo pidan. Opté por el folclore porque era una veta que no la tenía hecha. Me gustó empezar a armar algo por ese lado. Yo escribo desde los 14 años y siempre lo he hecho con la métrica de una zamba o de una chacarera, por ejemplo.
¿Se viene un nuevo disco, no?
Sí, estoy trabajando en mi segundo disco que, esta vez, va a tener la producción de Néstor Techera. Ahora, después de Semana de Turismo comienzo a reunirme con Néstor.
¿Y, como siempre, te seguís presentando en diversos eventos?
Sí, siempre me contratan para cumpleaños, casamientos, divorcios…
¿Cómo es eso?
Sí, me han llegado a contratar para cantar en el festejo de un divorcio. Una mujer, por ejemplo, en vez de ir a una boite a festeja, me contrató a mí y a mi grupo para cantar.
¿Cómo se te puede contratar?
A través de mi celular 094643331 o por el teléfono 23207845. Ah, y te quiero aclarar que doy serenatas, también…
¿Ah, sí? ¡Qué interesante!
Es una particularidad que aprendí en mi pueblo, Los Cerrillos, con los serenateros que habían antes.
¿Vos naciste en Los Cerrillos? Siempre pensé que habías llegado al pueblo pero que habías nacido en otro lugar…
Es que nosotros vivíamos en el Prado de Montevideo, cuando mi madre quedó embarazada de mí. Cuando ella empezó con los dolores de parto nos vinimos para Los Cerrillos, para la vieja quinta de Fuentes, en lo de Chiessa. En esa vieja quinta nací yo, en una noche de tormenta tremenda, a la luz de un farol. Mi madre quería que yo fuera cerrillera como mi padre, porque él fue nacido y criado en Los Cerrillos. Cuando yo tenía 11 años nos establecimos definitivamente en Los Cerrillos.
¿Qué recuerdos tenés de aquellos años?
Éramos tan pobres que mi madre nos almidonaba las túnicas con harina a mis hermanos y a mí para ir a la Escuela Nº 123. Un día, que no teníamos zapatos para ir a la escuela, la directora nos dijo que no nos podía dar zapatos porque nosotros éramos ricos, porque si veníamos a la escuela con las túnicas bien planchadas, cómo no íbamos a tener para zapatos. Yo desde muy chica tuve que hacerme cargo de mis hermanos pequeños cuando mis padres tenían que salir a trabajar. Mi padre era albañil y mi madre era lavandera. Como a mí ya me gustaba cantar, le cantaba a mis hermanos pequeños hasta que se quedaban dormiditos. Al otro día, a las cuatro de la maña ya tenía que estar en pie porque tenía que sacarle todos los lavados a mi madre de la pileta, con esas heladas que dejaban duros los dedos. Pero no estoy arrepentida porque fui feliz igual. Aprendí la base principal que muchos chicos no la saben y que es trabajar duro y responsabilizarte de tus hermanos.
¿Se aprende de esos golpes de la vida?
Sí, por supuesto. Se aprende mucho del afecto, por eso yo siempre digo que cada vez que me bajo de un escenario, un beso o un abrazo es la mejor moneda con que me pueden pagar.
M.A.B.

