Una evocación del escritor inglés James G. Ballard y su contribución a la ciencia ficción

Adelantado maestro

22BallardEl escritor inglés J. G. Ballard falleció en el año 2009, a los 78 años. Autor de culto y, al mismo tiempo, masivamente leído, Ballard edificó una sólida obra que se presenta fundamental para entender ciertas claves de nuestro presente y del inalcanzable y cercano futuro.

Su nombre sonó varias veces para el Premio Nobel de Literatura pero en Estocolmo hicieron oídos sordos u ojos ciegos a su prosa magistral y a su visión apocalíptica del tiempo en que le tocó vivir.
Influyó a innumerable cantidad de artistas, no solamente a escritores. Su estela puede detectarse en las páginas de Chuck Palahniuk y Martin Amis, en las imágenes de David Cronenberg y Steven Spielberg y en las construcciones sonoras de Brian Eno y John Cale, entre otros.
Provocó otro diluvio –el definitivo– con El mundo sumergido (1963), una novela donde uno de los cuatro elementos se convierte en regla para medir la condición humana y en detonador de lo mejor y lo peor de sus personajes. También hizo desaparecer a los Estados Unidos en Hola América (1981), obligando a un puñado de exploradores a recorrer los estados contenidos entre el océano Atlántico y el Pacífico asistiendo a los estragos de nuestro actual modo de vida. Describió una nueva variante sexual en Crash (1973) y patinó de lo lindo al edificar un argumento donde la perversión le gana a la creación. Contó su infancia en la conflictiva Shanghái de los años treinta en la soberbia novela autobiográfica El imperio del sol (1984) y su compleja y, entrañable en ocasiones y problemáticas en otras, relación con el sexo femenino en la bondad de las mujeres (1991), quizás su texto más logrado. Escribió su peor novela, Fuga al paraíso (1996) como reflejo de la ascendente problemática ecológica a nivel mundial y comenzó, a partir de esta obra, una espiral descendente donde la fuerza de sus libros anteriores se fue perdiendo entre los misterios que pueblan una sofisticada urbanización para nuevos ricos (Súper-Cannes), el mesianismo y el culto a la violencia de Milenio Negro (2003) y los estragos de la última fase del consumismo de Bienvenidos a Metro-Centre (2006). Pero, justo es decirlo, en el 2001 ordenó su antología de cuentos, uno de los libros fundamentales de la ficción breve de las décadas pasadas donde, entre una acumulación de grandes textos, pueden leerse (o releerse) gemas como «Las voces del tiempo», «El hombre del piso 99» o «Pasaporte a la eternidad».
Pateó el tablero de la ciencia ficción establecida y también de la variante avant garde, al deslindarse del núcleo duro del género (El huracán cósmico, su primera novela de 1962, es la que más se acerca) y de la versión «más filosófica», al definir a sus historias como «hechos que no tienen lugar en el futuro sino en una especie de presente visionario».
Habitó, por décadas, el mismo chalet desvencijado en los suburbios de Shepperton, rodeado de plantas y de libros, sin dignarse a pasar la aspiradora «desde 1960». Allí, en su, suponemos, espaciosa biblioteca, redactó sus ficciones a mano, sin sombra de computadora y hablando pestes de internet.
En Hola América, Wayne, el protagonista, recorre una Nueva York desolada, donde los edificios se alzan vacíos entre las montañas y donde la Estatua de la Libertad yace en las aguas del Atlántico como un símbolo de la muerte definitiva de los sueños de toda la sociedad. La Nueva York que ve Wayne, la ciudad por la que camina sin rastros de presencia humana, está poblada por reptiles, como una inversión o representación actualizada de lo que debió ser la alborada del mundo, antes de la irrupción del homo habilis. Los reptiles que ahora habitan al tierra, entre los restos edilicios de una ciudad abandonada, han adoptado – en la visión ballardiana – las características de los hombres: «En todas partes había vida desértica, secreta pero abundante. Los escorpiones se retorcían como ejecutivos nerviosos en las ventanas de las antiguas agencias de publicidad. Una serpiente que tomaba el sol en la puerta de una editorial se detuvo a observar a Wayne y luego se desenroscó en la sombra, esperando pacientemente entre los escritorios como un editor implacable. Había serpientes en las agencias de actores como si censuraran a Wayne por una prueba de actuación insuficiente».
Nadie como J.G. Ballard registró nuestro inquietante presente con una pluma a medio camino entre el documental exhaustivo y el Apocalipsis de San Juan, nadie como J.G. Ballard, en definitiva, para detectar nuestra lenta e inexorable mutación de seres humanos en reptiles. Buena lectura.

Ernesto Borgnino
Especial para HOY CANELONES

 

 

Un visionario

“Las revoluciones reenvasadas tienden a ser las pseudorrevoluciones, o las que fueron ante todo acontecimientos mediáticos. La destrucción del World Trade Center el 11 de setiembre de 2001 todavía no se reenvasó en algo más atractivo para el consumo. Otro hecho revolucionario, el asesinato de JFK, se diluyó con rapidez como consecuencia de la intensa cobertura mediática, la infinita repetición de la filmación de Zapruder y la proliferación de teorías conspirativas. Pero el propio Kennedy era en buena medida una construcción mediática con un atractivo emocional tan calculado como cualquier campaña publicitaria. Su vida y su muerte fueron ficciones casi por completo. Una verdadera revolución, como a su manera lo fue el 11 de setiembre, siempre surge de algún lugar inesperado. Lo que sostengo en Milenio negro es que en nuestro mundo por completo pacificado los únicos actos que van a tener alguna importancia van a ser los actos de violencia sin sentido. En el futuro el principal peligro no va a proceder de actos terroristas por una causa, por más equivocada que pueda ser, sino de actos terroristas sin causa alguna. ¿Si el arte puede ser un vehículo para el cambio político? Sí, asumo que gran parte del atractivo de Blair (como el de Kennedy) es estético, así como gran parte del atractivo nazi reside en un triunfo de la voluntad estética. Sospecho que muchos de los grandes cambios culturales que preparan el camino para el cambio político son sobre todo estéticos…”
J.G. Ballard, entrevistado por Clarín