“Era un tipo muy autocrítico y solidario”

En este diálogo con HOY CANELONES, el gran cantor de La Paz repasa su relación con Zitarrosa a través de sus encuentros en mostradores, festivales y congresos. Del recuerdo personal de Arapí surge un Alfredo Zitarrosa cercano y simple, sin los brillos del mito, el bronce y la retórica de los discursos.
¿Cuál fue tu primer encuentro con Zitarrosa?
A Zitarrosa yo primero lo escuché como cualquier ciudadano de Uruguay, cuando el empezó. Como me había ocurrido con Julio Sosa, Zitarrosa también me impactó con su forma de cantar. Al tiempo lo conocí personalmente una vez que fue a cantar a La Paz, adonde lo llevó el viejo (Enrique) Erro para colaborar con la Biblioteca Popular Carlos Vaz Ferreira, en el año 1968.
Como un gesto de apoyo…
Sí. Era muy difícil porque él ya era Zitarrosa, digamos, y aceptó ir por solidaridad. Fue sin los músicos y se llenó el Centro Comercial de La Paz. Fue extraño verlo así porque tocó solo con la guitarra. Hizo seis o siete canciones solo. Después se quedó conversando con nosotros, haciendo noche. Una anécdota graciosa de esa noche es que, en un determinado momento les pide a los muchachos que tocaban la guitarra, entre los que estaba Enrique Tazzi, el padre de Letizia, que tocaran algo. Lo gracioso es que entre ellos había uno que era del Partido Colorado, pachequista, y al que Zitarrosa le pide que toque una milonga. Y ahí empezó a cantar aquello de “Apenas soy un cañero y he nacido en Bella Unión / cuente conmigo, aparcero, para la Revolución…” y el tipo de la guitarra no sabía dónde meterse, porque estaba acompañando nada menos que a Zitarrosa.
Después de esa noche en La Paz, ¿cuándo lo volviste a ver?
Esa fue la primera vez que yo hablé con él tres o cuatro palabras. Después lo encontré, siendo yo profesor ya, en un acto del Frente Amplio, en 1971. Yo todavía no estaba cantando y me encargaron que conversara con él. Fue extraña esa noche, también, porque después lo llevamos a Zitarrosa a una pizzería de La Paz, a él y Hilario Pérez y a otros de sus guitarristas, y nadie se animaba a pedirle que cantara. Después que tomó unos espinillares –porque en esa época tomaba espinillar y hubo que conseguirle ya que en ese momento no había de esa bebida en Uruguay y alguien recorrió todos los boliches de La Paz hasta que dio con una botella– le dijo a sus músicos ‘Saquen las guitarras que tengo ganas de cantar’. Entonces quedamos sorprendidos porque Zitarrosa iba a cantar para nosotros. ¿Y qué hizo? Se puso a cantar tangos. Esa noche fue la primera vez que yo escuché ‘Farolito de papel’, tema que después él grabo pero nunca quiso editar (después de fallecido, lo hizo la familia). Recuerdo que esa noche quedamos sorprendidos: ‘Zitarrosa canta tango’, decíamos.
¿Se volvieron a encontrar cuando él regresó a Uruguay?
Sí. Después que vino el exilio yo ya era cantor. Ahí, ya la relación nuestra fue diferente. Anteriormente, mi relación con él había sido más estructurada dentro de lo que era Alfredo con los organismos donde él militaba. Cuando volvió al país, yo tenía una participación muy activa en ADEMPU (Asociación de Música Popular Uruguaya) y con el ‘Negro’ Yamandú Palacios, cuando él volvió también, formamos ADEMPU Interior. Alfredo se plegó a eso.
¿Cómo?
En 1985 hicimos un Congreso en Tacuarembó y logramos llevar a Alfredo con sus guitarristas. Allí se fundó la Federación de ADEMPU, algo de lo que nunca se habla y parece ser que la Historia lo olvidó; ahí se nombró que Canelones iba a tener la presidencia de la Federación y Montevideo iba a tener la secretaría. Yo quedé como presidente de ADEMPU, entonces, y Yamandú Palacios fue el secretario. En esa oportunidad, Alfredo participó en el Congreso de forma muy activa porque él era un militante orgánico. Por eso digo que la relación nuestra no era de artistas solamente. Él nos decía “los indios” a mí y a Yamandú. Cuando fuimos al congreso me dijo: “Esto es muy artesanal todavía”. Y tenía razón: todo era muy incipiente. ADEMPU duró desde 1985 hasta 1988; después se desmembró todo eso que habíamos armado.
A la luz que da el paso de los años y la distancia, ¿cómo definirías tu relación con Zitarrosa?
El recuerdo que yo tengo de Alfredo es el de un tipo muy orgánico, muy solidario. Nunca fuimos amigos. ¿Viste que todo el mundo dice que fue amigo de Zitarrosa? Yo no fui amigo, fui compañero. Hablamos de muchas cosas, de muchos proyectos de vida, de cómo queríamos que cambiara el país y todo lo demás, pero no tuvimos una amistad estrecha
Recuerdo que una vez yo era telonero de él, en no me acuerdo que espectáculo, y él llegó temprano. Cuando yo llegué al mismo escenario donde estaban afinando, (el guitarrista) Silvio Ortega me hizo una seña como diciéndome que El viejo (así le decía Ortega) estaba loco. Cuando yo entro, encuentro a Zitarrosa sentado, con la cabeza baja y cuando pregunto cómo anda, me dice con una voz terrible: ‘Mal. ¿Cómo querés que ande?’Luego me dijo: ‘Perdoname, pero lo único que yo sé hacer es cantar y cada vez canto peor. No sé qué mierda voy a hacer de mi vida’. Eso fue en el año 1988.
Eso que acabás de contar define varios aspectos de su personalidad y de su propia visión del artista…
Era un tipo muy autocrítico y muy solidario. Cuando él volvió del exilio fue a cantar gratis a varios lugares, para los estudiantes, para la FAU (Federación Anarquista del Uruguay) y con Yamandú Palacios le estábamos programando un espectáculo en el Estadio. Él no llegó a Uruguay con mucho dinero, de ahí que estuviéramos armándole ese espectáculo. Recuerdo que le dijimos: ‘Alfredo, si vos seguís cantando gratis en todos lados, el artista uruguayo no cobra más un mango’. Y nos dio la razón, aunque nos dijo: ‘Lo que pasa que la solidaridad con esta gente que se jugó la vida yo se la tengo que dar’.
Veinticinco años después de su fallecimiento, ¿cómo percibís la figura de Alfredo Zitarrosa en la cultura uruguaya, en la música uruguaya?
Yo creo que sigue muy vigente, y más en la gente que quiere entrar en la música folklórica. Además, el tipo que quiere ser popular, no famoso sino popular, inmediatamente toma temas de Alfredo. Fijate lo que ocurre en los festivales. ‘Pal que se va’, por ejemplo, lo tiene todo el mundo. Sin dudas de que es una figura muy importante para las nuevas generaciones.
Martín Bentancor

