Algunas consideraciones sobre el poeta Juan Gelman (1930-2014)

Poesía y verdad

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Juan Gelman representa, como pocos, la unión de compromiso y poesía al servicio del Hombre.

La poesía, desde sus formas más elevadas a sus presentaciones más rústicas, es combate. Combate con la forma y el estilo, con las musas y los temas, con el espíritu y con el cuerpo y, sobre todo, con las palabras. Los versos del gran poeta argentino Juan Gelman, fallecido en las últimas horas en Ciudad de México, ejemplifican como pocos en lengua castellana esa noción primigenia de combate en el seno de la creación poética.

Obra viva

A la hora de despedirlo –en esas despedidas de papel, de letra de molde y virtual (a la que se suman estas propias líneas– han sido unánimes las nociones esgrimidas para definir vida y obra de Juan Gelman, fallecido el pasado martes en Ciudad de México, a los 83 años: compromiso, constancia, trabajo, sensibilidad. Más allá de ese río de palabras, más allá de la retórica de las despedidas de bronce, Gelman sobrevive en su obra viva, un corpus de más de treinta libros que muestran su labor cotidiana, artesanal, con las palabras.

Gelman y Uruguay

Uruguay tiene un vínculo muy fuerte, extra poético con Juan Gelman. Fue en este país donde nació su nieta María Macarena Gelman García, mientras su nuera estaba detenida por la dictadura cívico militar argentina en suelo uruguayo, víctima de la nefasta operativa del Plan Cóndor. La búsqueda incansable de la verdad hizo que Juan Gelman pudiera, finalmente, encontrarse con su nieta en el año 2000, luego de conocer el triste final de su hijo Marcelo y de su nuera María Claudia.
Cinco años antes, en 1995, luego de chocar de frente contra la negativa del gobierno uruguayo de investigar el caso (Gelman llegó a debatir con el entonces presidente Julio María Sanguinetti), el poeta escribió un texto desgarrador, destinado a ese nieto o nieta nacido en cautiverio y al que no podía conocer: «Me resulta muy extraño hablarte de mis hijos como tus padres que no fueron. No sé si sos varón o mujer. Sé que naciste… Ahora tenés casi la edad de tus padres cuando los mataron y pronto serás mayor que ellos. Ellos se quedaron en los 20 años para siempre. Soñaban mucho con vos y con un mundo más habitable para vos. Me gustaría hablarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él. Para reparar de algún modo ese corte brutal o silencio que en la carne de la familia perpetró la dictadura militar. Para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar».

Clásico moderno

En una columna publicada el pasado miércoles en el periódico mexicano La Jornada, el escritor José Emilio Pacheco definió de forma sobria y precisa a que nos enfrentamos los lectores de Gelman con su partida. «Su existencia estremecida por todas las tempestades tuvo la recompensa de hallar algo que ya casi no existe: un final feliz. Murió sereno, sin dolor, en su lecho, en su casa, rodeado por los seres que más amó en la vida. Se fue para nuestra tristeza inconsolable pero antes de irse nos dejó dos grandes tomos indestructibles que contienen todos sus libros de poesía, la poesía de quien era hasta el martes pasado el mejor poeta vivo de la lengua y a partir de ese momento es uno de nuestros clásicos modernos».

Cuando el pájaro muere

Pese al cliché de la frase, un poeta tremendo como Juan Gelman no muere. No muere porque su obra se amasa en la creencia de una humanidad más pura y más fuerte, menos atada a los tejemanejes de los gobernantes y los jueces de turno. Ese hombre de voz pausada y directa, de una mirada profunda que vivió la desaparición y muerte de sus hijos y el largo silencio a la espera del encuentro con su nieta, fue también el autor de versos memorables, de versos personales y maravillosos como los que elegimos para cerrar este obituario que no es tal porque la muerte de un poeta es mero formulismo ante su obra que sobrevive al devenir de los hombres y las generaciones.

«Cuando un poeta se posa sobre el mundo lo desplaza.
Cuando el pájaro muere, ¿qué pasa?
A lo mejor le falló el corazón por instalar su levedad en el suelo.
O tenía la memoria cargada con cada vuelo que voló…»

Las palabras

-La palabra viene herida por el mundo y no tiene hospitales para que la curen. Así, el ser humano también viene herido de por vida al mundo por la palabra.
-El problema de la razón, que es necesaria, es que no ha encontrado la manera de explicar la sinrazón. La razón termina por desechar muchas de las cosas que no logra comprender y que le parecen inútiles, pero que no lo son. A la palabra le pasa lo mismo: hay muchas cosas que la palabra no es capaz de desvelar. Los poetas tienen la capacidad de iluminar.
-La palabra que a mí me da asco es asco. Jamás la puedo usar.
-Cada lector es el encargado de recrear el libro. El poema es una botella tirada al mar, quizá llegue al alma de alguien. Uno escribe lo que puede, no lo que quiere.
-Este libro no tiene motivos. Simplemente, es el fruto de la necesidad de escribir. La poesía no tiene objetivo alguno, si acaso el enriquecimiento de los lectores. En poesía el motivo no existe. En prosa, sí; fíjese en el mismo periodismo.
-Es indiscutible que el amor, a veces, incluye el deseo de cambiar el mundo. Este sistema capitalista es inmoral. ¿Qué tiene que ver con la ética de la gente? Es un sistema inmoral, que empieza por arriba, por la inmoralidad de los dirigentes.
-La moral rota solloza sin vientos, sin ramas, sin pudor.

Juan Gelman, entrevistado