Mañana se cumplen veinticinco años de la desaparición física de Alfredo Zitarrosa

“La canción mía siempre porfía”

16Historieta
El próximo domingo 19, en la Plaza Idea Vilariño de la localidad balnearia Las Toscas, se realizará un homenaje a Alfredo Zitarrosa, con motivo del cuarto siglo de su fallecimiento, ocurrido en Montevideo el 17 de enero de 1989.

En el espectáculo, que comenzará sobre las 20.30 hrs., se presentarán dos figuras emblemáticas del canto popular, unidos a Zitarrosa por diversos aspectos pero que conforman un núcleo sólido y común en el panorama de la canción uruguaya, tal es el caso de Daniel Viglietti y de Numa Moraes.

Coherencia interna

“Para mí Alfredo Zitarrosa -la vigencia de su voz en el repertorio popular-, fue, entre otras cosas, el acceso a ritmos que tenía relegados (injustamente relegados): milongas, vidalitas y zambas”, dice el profesor Mathías Iguiniz, conocedor y estudioso del arte de diversas figuras del canto uruguayo. “La obra de Zitarrosa está dotada de una gran coherencia interna. Ahora bien, también me parece importante recordar al poeta que supo enfrentarse a la hoja en blanco, con versos tales como: ‘Por tercera vez aplicándome al texto / balanceo un pie en el profundo abismo / y soy testigo de mi impaciencia’, señala Iguiniz.
Al momento de evocarlo y de reconstruir su periplo artístico y vital, la figura de Alfredo Zitarrosa se sobredimensiona y se vuelve especialmente fuerte. “Algunas de las cosas que se cifran en la figura de Zitarrosa son la rigurosidad como intérprete, que ha hecho viajar a más de uno en un universo poético-melódico del más alto nivel, el periodista comprometido, el poeta soslayado y el espíritu libertario”, señala Iguiniz. “Tal vez por esa concepción integral de las cosas es que -tomando una expresión que da título a su libro de poesía- todavía hoy, sigue haciendo sonreír a la muerte”, manifiesta.

Evocación

16PortadaAl momento de evocar a Alfredo Zitarrosa, el poeta Alfredo Fressia lo define como “una figura entrañable que, para mí, reúne los valores de su tiempo, la estética ‘comprometida’ de aquellos años, pero todo en una clave muy personal, muy suya”. Para el poeta montevideano, Zitarrosa “por su obra y por su biografía, resume un tiempo, pero también significó una experiencia estética personalísima”.
Consciente del peso y de la necesidad de la presencia de Zitarrosa en el plano del canto, Fressia concluye que “teníamos que tener un Zitarrosa, sólo que no sabíamos que el que tuvimos sería un artista que llegaría a ser universal (y tal vez ni siquiera él mismo lo supiera)”.

Hermandad

“Hay en Zitarrosa por encima de todo su valor artístico una gran calidez humana en sus letras, en sus entrevistas, en sus ideas y sobre todo, en su voz”, señala el escritor y periodista Rodolfo Santullo, guionista de la novela gráfica ‘Zitarrosa’, una cuidada obra ilustrada por el argentino Max Aguirre y de reciente edición local.
Santullo afirma que “basta con entrar a Youtube y verlo en conciertos, sobre todo en los que dio cuando se encontraba desperdigado por el mundo, por el exilio, cuando se dirige al público. Se dirige al público y se ampara en la hermandad de aquellos que han venido a escucharlo: uruguayos, argentinos, chilenos, etc. Hay en esa voz y en esa calidez una humanidad asombrosa, enorme, capaz al parecer de albergarnos a todos y decirnos ‘estamos todos en casa’. Esa es la sensación que siempre me ha dado a mí escuchar a Alfredo Zitarrosa: la sensación de estar en mi casa».

Recuerdo de infancia

El músico Alfredo Fernández señala que “Zitarrosa siempre estuvo presente en mi familia paterna, desde que apareció en los escenarios”. A la hora de la evocación, Fernández se refiere a los orígenes del cantor. “En realidad lo conocían como ‘el chico de los Durán’, que era el apellido de la familia que lo cobijó en su infancia en Santiago Vázquez (la Barra de Santa Lucía). Jugaba con mis tíos, y mi abuela Juana. ‘Le daba la leche y le limpiaba los mocos…’, según sus palabras. Y aún guardo la foto en la que en la Capilla de ese lugar, el niño Alfredo Zitarrosa está tomando la Comunión junto a una de mis hermanas”, rememora Fernández.

Presencia

“Era un acto de esos que celebraban la recuperación democrática. Era demasiado lenta, demasiado tutelada esa endeble democracia del 88. Mi madre estaba emocionada, y cuando salió a escena, la inmensa platea que llenaba el Palacio Peñarol enmudeció. Nunca había visto una presencia escénica tan hipnótica, tan poderosa”, rememora el poeta y librero Íbero Laventure. “La ternura vino después, cuando entre canción y canción empezó a contar anécdotas, y su profunda voz se transformó en gorjeo eternizado entre tantos aplausos y gritos de admiración. La sonrisa de mi vieja, el calor de la gente. Y la canción que todo el mundo salió tarareando aquella noche por Magallanes, retumban en mi recuerdo. Como también aquel garrapiñero, que a la salida del acto, entre risueño y emocionado exclamó: ‘¡Qué grande el Alfredo, es el Gardel del folklore!’”.

Martín Bentancor

 

Veinticinco años atrás

Veinticinco calores atrás, las radios sonaban con Alfredo Zitarrosa. Las mismas radios que le habían negado el espacio, esa mañana todas nos bañaban con su voz. Como dijo su amigo del alma Juceca: ‘Entonces Zitarrosa agarró y se murió…’. Por eso esa mañana, más que nunca sonaba en todos los rincones. Fue velado en Teatro El Galpón ,donde muchas veces había cantado. A la tarde y rumbo al cementerio Central, salió el sepelio. Creo que ese día se inauguró en esta tierras el despedir a un artista mediante el aplauso.
Se tomó por 18 de Julio hasta la calle Magallanes y desde allí hacia el sur. En la calle Magallanes acontecieron dos homenajes, de los que quedan. Desde una obra en construcción, los obreros alineados saludando. Los rostros curtidos de portland y sol dejaban correr sus lagrimas. Unos metros mas abajo salieron tres muchachas de deshabillé, entornaron la puerta y con rostros tristes aplaudían. Una de ellas, bajito, tarareaba ‘Stefanie’. Allí estaban parte de sus escuchas. Su pueblo.

Wilson Falero

Tres imágenes de Zitarrosa

 Tengo tres imágenes de él, que son las únicas más o menos nítidas que conservo: 1) Zitarrosa está sentado entre uruguayos en algún asado en México. Sol, vasos de vino a medio beber y gente fumando. El sol está bastante bajo y se pueden ver las volutas de humo subiendo. Zitarrosa y los otros hablan en voz más bien baja, concentrados. Yo recojo la pelota que me acercó hasta ahí y me voy; 2) Desde la grada más alta del Auditorio Nacional de México veo un enorme escenario oscuro y vacío. Se prenden las luces e iluminan a un grupo de guitarristas tocando sobre la derecha de escenario. También iluminan un micrófono y un atril de pie, a la izquierda. Suenan los acordes de algún tema, no recuerdo cual, y aparece Zitarrosa vestido de saco negro, camisa blanca y corbata oscura. Arranca a cantar; y 3) Llego a un apartamento de bajos, en Malvín creo, con un paquete de libros. Me abre Zitarrosa, es su casa y los libros son para él. Me invita a pasar, me ofrece un café que agradezco y rechazo. Le pido en cambio que me cuente que es ese aparato enorme que ocupa la esquina del living. Me explica que es una grabadora Ampeg de cinta de dos canales. Mientras me va contando algunos detalles (que es la que usa para grabar sus maquetas entre ellos) saca el dinero de su billetera, me paga los libros y me da una propina enorme. Vuelvo a la calle contento y medio mareado: acabo de charlar con Zitarrosa y me dio tremenda propina. El día arrancó bien.

Fernando Santullo