
Hay algo raro -más allá de las caras preocupadas del líder de No Te Va Gustar, Emiliano Brancciari y de Tabaré Cardozo mientras cantan- en el videoclip de ‘La Violencia’ de la murga Agarrate Catalina. Más allá de la alta factura técnica del trabajo, filmado por Federico Sosa y Pablo Banchero en locaciones como el Estadio Centenario y la ex Cárcel de Miguelete, del cuidado en la edición y del manejo de cámaras, algo, definitivamente, hace agua.
‘La Violencia’ se propone como la voz de los que ejercen la violencia, de aquellos descarriados que semana tras semana, en algún escenario deportivo, o día a día en calles, comercios y en fincas particulares, optan por la salida violenta. En ese sentido, el videoclip no se cansa de machacar con imágenes de enfrentamientos y hasta el propio Tabaré Cardozo se convierte en un barrabrava, en el jefe de una pandilla o en el mandamás de los internos de una cárcel (o en la suma de todo eso si uno se convierte en un espectador ingenuo y se deja encantar por su musculatura y su peinado perfecto).
A la pose de Cardozo hay que sumar el intenso humo de algunas escenas, el fuego, el ambiente lumpen, la mugre, el hacinamiento y toda esa representación de una moderna barbarie por los que la cámara se va deslizando. Ahora bien, ¿cómo reforzar un mensaje tan unidireccional, tan básico, tan fácil de decodificar para que todos, absolutamente todos, capten el lema con música pegadiza? El/los letrista/letristas que abordaron el desafío no se anduvieron con pequeñeces y se despacharon con el siguiente texto: «Vengo de la cabeza, soy de una banda descontrolada/ hoy no me cabe nada vas a correr porque sos cagón/ son todos unos putos, unos amargos, unos buchones/ llaman a los botones, vinieron todos, se quedan dos. / Hoy vas a correr, porque sos cagón, / con el culo roto, porque mando yo».
Más allá del oportunismo evidente del gesto de Agarrate Catalina, con la complicidad de No Te Va Gustar, la canción y el video se constituyen en una forma por demás simplista de ver la realidad pretendiendo, de paso, convertirse en la voz de los desclasados del sistema, en los abandonados en el reparto, de los engañados por un mundo que gira al son de los poderosos, del consumo y de la ignorancia. El gesto preocupado de Emiliano Brancciari cuando canta su parte no es creíble y si el tema no fuera tan escabroso y difícil, sería hasta risible. Hay, claramente, una impostura en la forma en que el líder de NTVG, y un poco más adelante Tabaré Cardozo, se inscriben en el discurso: sus voces afinadas, su gesto recio pero también de preocupación no analizan el fenómeno, no lo vuelven arte, canción de protesta o lo que sea. Sus poses, su forma de cantar, el ritmo mismo de la canción venden un paquete en el que la violencia es el disparador. Todo termina siendo una tonada pegadiza (escuché a varias personas tarareando o silbando la canción en la semana) de una liviandad absoluta.
Se puede cuestionar a este análisis su pretensión de marcar un modelo a la hora de referirse desde el arte a la violencia, asunto que desconozco y que poco me importa. Ahora bien, no ha dejado de llamarme la atención como el videoclip ‘La Violencia’ ha sido legitimizado por cierta parte de la intelectualidad local, por artistas y por comunicadores, quienes coinciden en ver una representación certera del fenómeno que se analiza.
Ante la verdadera violencia, ante esa «ola de inseguridad» que venden algunos medios y que explotan algunos políticos, el videoclip de Agarrate Catalina es un fru fru de cortinados sobrevolando el tema, un guiño simple y obsecuente que pretende ser rebelde, un golpe de ruido blanco en mitad de la realidad que nos golpea todos los días.
Martín Bentancor

