Sociedad de la Minocha Galáctica: Una recorrida por el milenario mundo de los incas (primera parte)

En Ollantaytambo, antesala del templo solar.

Los herederos incas

En nuestra nota de portada del jueves 21 de marzo de 2019, dimos a conocer la historia de Martín Cardozo y Verónica Echenique, dos jóvenes de Paraje Etchevarría que desde hace algún tiempo se hicieron al camino para recorrer América a bordo de un auto acondicionado para la ocasión, y que bautizaron su aventura como ‘La Sociedad de la Minocha Galáctica’. En su periplo nos remitieron interesantes crónicas desde el Chaco paraguayo, Bolivia, Perú, la ciudad Sagrada de Caral y Huantsan Cocha, la montaña del dragón y las sierras de Perú y Ecuador, entre otras. Hoy compartimos la primera parte de esta crónica sobre el gran pueblo de los Andes.

¿Quién hoy se anima a realizar un muro de estos?

Herederos de culturas milenarias, los incas tienen el mérito de juntar saberes antiguos para engrandecer su imperio y promover sus ideas. Todo surgió con un acontecimiento astronómico que auguraba el fin de los tiempos, días en que el sol se retiraría paulatinamente dejando a los hombres en la oscuridad. Presa del pánico, el inca tuvo la genial idea de sujetar el sol a unas piedra talladas que hasta hoy perduran: la intiwatana. De esta forma, los pueblos vecinos serían instruidos con estas nuevas ideas, el que no se subyugara atentaba contra la humanidad y ellos tenían la excusa para hacerlos súbditos de su naciente imperio.

Realizaron construcciones en roca granítica con unos acabados magistrales. Esto lo heredaron de los Tiwanacos. Además, se las arreglaron para hacer sus edificios antiquísimos tomando conocimientos de los Caralinos, de los que también incorporaron un sistema de mensajes y de almacenar información conocido como “quipu”, tejido de lanas de diferentes colores que codifica información con nudos y es capaz de perdurar en el tiempo, además de tener un tamaño ideal para que los transportaran los chasquis, los corredores de postas (uno progresa unos pocos kilómetros antes de pasarle el mensaje al siguiente corredor, resultando en un sistema muy rápido y efectivo para mantener al inca informado del imperio).

Las terrazas sirven para todo: sostener la montaña, drenar el agua y, por si fuera poco, se siembran.

Así se suceden los distintos ejemplos de su supremacía. Ellos fueron muy hábiles al momento de sumar pueblos a su imperio y tomar de ellos lo más destacado. Enviaban emisarios que iban tendidos en camillas portadas por cuatro hombres y así parlamentaban con los diversos caciques, buscando una negociación que sirviera al imperio pero que no asfixiara a los pueblos conquistados. Permitían que mantuvieran sus deidades y que realizaran las tareas en las que se destacaban hasta el punto de que, en algunos casos, el imperio aportaba la manutención con tal que el pueblo conquistado no dejara de realizar las artes en las que se destacaban. Así es el ejemplo de los nativos de las islas del lago Titicaca, que hasta el día de hoy son magistrales tejedores.

El imperio inca abarcó el norte de Chile y Argentina, prácticamente toda Bolivia, Perú, Ecuador y el sur de Colombia, donde en el momento de la conquista se estaban expandiendo. Preferían las montañas donde sus saberes los hacían señores indiscutibles y su capital era Cusco, “Qosco” en quechua o quichua, sus lenguas imperiales.

Nosotros los conocimos así. Vamos bordeando la precordillerana de Perú, la parte de las montañas más fértil y húmeda. Casi todo aquí es selva muy rica y variada. El agua abunda y se desprende en caída, formando cascadas paradisiacas. De vez en cuando atravesamos una pampa alta y fría pero en breve bajamos y otra vez encontramos la selva cálida y fértil. Así es la entrada desde el norte a los valles sagrados que paulatinamente van ascendiendo hasta encontrarse con Cusco.

Perú hoy sigue siendo un pueblo agrícola y autosuficiente, al que no afectan los avatares de las economías.

Nos detenemos en Ollantaytambo, un pueblo enclavado en la entrada de los valles. Sobre los muros incas de la cuadrícula urbana original están hoy las casas  de estilo español. Las piedras las tallaban según el espacio que fueran a ocupar en el muro. No utilizaban relleno de ningún tipo. Las rocas se empalman como las piezas de un rompecabezas: las grandes abajo, las pequeñas arriba. El muro abajo es más ancho, formando un trapecio. De vez en cuando se abre un dintel de puerta tallado, increíblemente por lo geométrico y liso así como por el tamaño. La piedra es durísima y para trabajar usaban una roca de color negro aún más dura que hacía las veces de martillos y, golpe a golpe, ingentes cantidades de obreros tallaban las piedras que hoy están como antaño. No hay forma de mejorar este trabajo. Nos reímos de algunos intentos modernos por imitar las destrezas incaicas: pasar un caño de agua o un cable eléctrico es todo un problema, clavar un clavo, imposible; aun así las gentes del pueblo goza hoy de unos cimientos sin igual.

Al sur del pueblo se levanta una fortaleza prendida a la montaña como parte de ella. Escalinatas amplias y de fácil andar transitan por los perímetros de las terrazas que se usaban para cultivo pero que también tienen la función de mantener la montaña en su sitio, además de drenar el agua. Mirando al oriente están las enormes lozas del templo del sol. Observando los primeros rayos del sol del amanecer, los incas eran capaces de manejar el tiempo. Caminando por la falda de la montaña hacia el norte, se encuentra una enorme fuente de aguas que toma el líquido de las escorrentías y, tallando la roca, lo encausan a diversas fuentes que seguramente tuvieron fines rituales, además de domésticos. Las construcciones muestran salas donde se hacían espejos de agua, bañeras, pozas, hasta incluso perduran evidencias de que el agua se trasladaba por canales en los techos, cayendo así dentro de las habitaciones. Todo el complejo de la fuente ocupa una media hectárea y está prácticamente en su totalidad construido en la roca viva.

Sociedad de la Minocha Galáctica