Un equipo de arqueólogos, arquitectos y museólogos se encuentra trabajando en el sitio de memoria Los Vagones, de la ciudad de Canelones. La investigación, que está en curso, muestra modificaciones edilicias realizadas en los años noventa y da indicios de intenciones de ocultar pruebas de la dictadura cívico-militar.
Los académicos están realizando excavaciones para encontrar pruebas de construcción que complementen los relatos de los testimonios de secuestrados y torturados en el sitio durante la dictadura.
El equipo presentó el pasado viernes la fase dos del proyecto, en el Museo Arqueológico ‘Prof. Antonio Taddei’, de la ciudad de Canelones. La segunda etapa comenzó con la excavación de la zona trasera y el patio interno del ex centro clandestino. “Estos edificios tienen una biografía, una historia. Nos parece interesante no solamente la fase histórica de uso clandestino sino también las épocas posteriores, porque en las reutilizaciones que hizo la Policía se destruyeron las estructuras de uso”, destacó Carlos Marín, uno los arqueólogos que lleva adelante la investigación, durante la presentación del proyecto.

Material de estudio
Si bien la investigación está en curso, hay elementos que muestran que hubo “claras intenciones de ocultar ese espacio, de transformarlo para que pase desapercibido”, sostuvo Nicolás Gazzán, integrante del equipo de arqueólogos, durante la exposición en el Taddei. Parte de la investigación pasa por ver hasta qué punto las modificaciones pueden haber sido con la intención de ocultar pruebas de terrorismo de Estado.
La academia estuvo desde la fase cero de la investigación. “Incorporamos el estudio de fotografías aéreas para ir aproximándonos a la transformación del espacio histórico del sitio. Este trabajo tuvo una serie de limitaciones, ya que las fotografías aéreas no están disponibles todos los años, pero sí pudimos hacer importantes avances ya que hay fotografías aéreas de 1966 y 1980”, destacó Gazzán. “Nos fuimos dando cuenta de que el sitio clandestino Los Vagones sufrió muchas modificaciones durante su período de uso y en el período posterior a este”, agregó.

Para el estudio se tomaron en cuenta los testimonios orales de los secuestrados y la propia materialidad del sitio. “Hay que precisar que por las características de secuestros que hubo en los centros clandestinos de Uruguay, cuyos secuestrados estuvieron todo el tiempo encapuchados, la percepción del espacio no es todo lo afinada que podíamos pretender. Hay muchas versiones sobre cómo eran las estructuras, versiones de que habían dos vagones en paralelo o cruzados, si había muros o no, etc.”, acotó.
Tapar el ojo
La parte trasera del edifico interesaba especialmente a los arqueólogos “porque hay varios testimonios que aluden a que allí se hacían amagos de fusilamiento y había prácticas de tortura. Algunos mencionan que habían unos basureros que utilizaba la Policía para hacer esos amagos de fusilamiento”, según Marín. “En los extremos de la parte trasera hay actualmente pozos negros posteriores. Seguramente, esos basureros estén destruidos (y tapados) por esos pozos negros, que están construidos sobre hormigón y por eso no se pudieron excavar”, aclaró el arqueólogo.
Con respecto al área central de los vagones, los académicos apreciaron muros divisorios y puertas de las celdas destruidas. Dieron cuenta de un galpón, que muchos testimonios recuerdan como un espacio de celda colectiva, “muy modificado” arquitectónicamente. “Las puertas y las ventanas están cambiadas, se abrieron ventanas traseras en los años noventa”, subrayó Marín.
Fernando Guerrero

