Fidel Castro entre la revolución, el eje izquierda-derecha, el futuro y el ‘liberalismo pop’

Hablar sobre la figura de Fidel

En este texto, el escritor, traductor y docente Martín Palacio Gamboa reflexiona sobre algunos aspectos de los discursos ante la muerte del líder cubano Fidel Castro, en una amalgama de pasado, presente y futuro.

Hablar sobre la figura de Fidel Castro es hablar sobre las ramificaciones y las derivas de esa entelequia que damos en llamar ‘izquierda’. De hecho, quizás Fidel es el recordatorio -preferiría hablar de anclaje simbólico- de lo que la izquierda contemporánea debería evitar y que Zizek diagnostica de un modo muy preciso: el contagio o la infección de un ‘liberalismo pop’.

Para los anglosajones el término ‘pop’ es el diminutivo de popular, entendido como lo masivo o lo ligado a los media, aunque no precisamente como lo subordinado. Si pensamos que el arte pop se liga a cierta cultura de masas contemporánea basada en el predominio del entretenimiento, el ‘liberalismo pop’ denota la popularidad cliché de las posiciones pospolíticas y de la diferencia (las famosas agendas de derecho, la instauración de un santoral de buenas costumbres cívicas que deja intacta la base estructural que sostiene las desigualdades socioeconómicas, sus mecanismos de exclusión), las cuales en las últimas décadas han sido el mejor sinónimo de ‘lo políticamente correcto’. Pero además, refiere la acomodada posición de quienes son los principales consumidores de ‘arte pop’: aquellas clases medias y altas que, desde su posición privilegiada, defienden políticas de la diferencia que desdibujan por completo el sentido de las luchas emancipatorias.

Hablar sobre la figura de Fidel Castro es evidenciar el funcionamiento de una máquina discursiva: la de un peculiar enfoque del marxismo leninismo que, en su deliberada anacronía, ejerce un paciente desmontaje. Y ese desmontaje es el de una superficie saturada de cromatismo televisivo, de una teatralidad travestida que vincula lo ideológico con el intento teórico o empírico de erradicar el conflicto, el poder y los antagonismos constitutivos, es decir, lo propiamente político del seno de la sociedad.

De allí que las declaraciones de la cúpula del Frente Amplio ante la noticia de la muerte de Fidel Castro fueran la isocronía de una disonancia, la que mantiene el progresismo frente a una concepción emancipativa del accionar político. Me explico: si el progresismo sostiene su accionar al determinar que el mundo ya ha sido lo suficientemente contaminado por los ricos como para que encima ahora lo quieran contaminar los pobres (que no se conforman con serlo); si el progresismo es convencer a esos pobres de que deben asumir la noble tarea de poner su pobreza (perdón, su ‘diversidad’) como garantía de resguardo de los recursos naturales para cuando los ricos necesiten usufructuarlos; si el progresismo es poner el mismo ahínco en defender el derecho a la supervivencia del carpincho, y el derecho al amparo judicial del holding empresario expropiado; si el progresismo es velar por la protección de las indefensas empresas de López Mena, de Máximo y Alfredo Fernández, o de Goldman Sachs, ante la prepotencia de los gremios de trabajadores que se niegan a estar en la intemperie jurídica, entonces el progresismo es cualquier cosa, menos lo contrario de la ‘derecha’.

En todo caso, hablamos de la mencionada infección del liberalismo pop que devino metástasis. De allí que Fidel -insisto en su condición de anclaje simbólico- haga chirriar el gozne por donde el eje ‘izquierda-derecha’ se transforma falsamente en el eje ‘derecha-progresismo’, exprese la urgencia de la recuperación del peso de lo propiamente político que fue raptado por la cultura en los liberales, por la moral tradicional en los conservadores o por la economía de la acumulación en los tecnócratas de turno.

Hablamos de un hombre que repensó el nivel de la estrategia revolucionaria. Instala en nuestro imaginario el hecho de que todo compromiso revolucionario implica asumir las consecuencias de la intervención política, aunque ello implique la adopción de medidas que pueden rayar con la crueldad. Y es allí donde resalta la principal diferencia entre la izquierda radical y la actitud de un buen conservador tradicional: mientras los buenos liberales reflexionan sobre la ética, los revolucionarios asumen un compromiso ético genuino, contraviniendo incluso sus propios patrones éticos.

Martín Palacio Gamboa

Especial para HOY CANELONES

 

 

Histórica imagen del legendario líder de la revolución cubana, fallecido el pasado 25 de noviembre.
Histórica imagen del legendario líder de la revolución cubana, fallecido el pasado 25 de noviembre.