Wilson Falero viajó a Roma a declarar como testigo en la causa por el Plan Cóndor en Italia

“Tenemos la esperanza de que funcione la Justicia”

 

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La pasada semana, Wilson Falero Díaz, poeta, artesano, hombre de mil oficios y vecino de la ciudad de Canelones, viajó a Roma a brindar testimonio en la causa que la Justicia italiana lleva adelante sobre el Plan Cóndor.

En la Cárcel romana de Rebibbia es donde se desarrolla la causa por el plan de coordinación de operaciones entre las cúpulas de los regímenes dictatoriales de Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y esporádicamente, Perú, Colombia, Venezuela y Ecuador con Estados Unidos, entre la década del setenta y ochenta del pasado siglo. HOY CANELONES dialogó con Falero para conocer su experiencia en un juicio histórico que involucra a muchos uruguayos.

¿Cómo se llega a concretar su presencia en la causa del Plan Cóndor en Italia?

A esa instancia se llega porque, algunos años atrás, el capitán de navío Jorge Tróccoli, ex integrante de la Fuerza Naval uruguaya, fue reconocido como torturador y como alguien vinculado a la desaparición de ciudadanos uruguayos y de otras nacionalidades durante la dictadura en los años setenta. Tróccoli publicó un libro en el que fundamentaba las razones de su accionar y, al ser citado por la Justicia uruguaya, apeló a su doble nacionalidad como nieto de italianos y se instaló en Italia. Los ciudadanos italianos que cometen delitos en el extranjero no pueden ser extraditados, pero sí pueden ser sometidos a la Justicia de su país. Ahí se inició esta causa ‘Plan Cóndor’ en la que, en definitiva, el denunciante es el Gobierno uruguayo.

Se trata de un hecho histórico para la región, sin dudas…

Sí. Cuando se inicia el juicio contra Tróccoli, se descubrió que el asunto del Plan Cóndor era un asunto mucho más grande que la implicancia del ex capitán de navío, por lo que fueron muchas personas a declarar en la causa. En esta oportunidad, fue el ex diputado y senador Martín Ponce de León, que presentó un completo organigrama del funcionamiento de las fuerzas represivas, porque es una de las personas que está investigando el tema en Uruguay. También declaró otro ex preso político que, como dijo en su testimonio, en determinado momento colaboró con las fuerzas de represión en un proyecto más ambicioso que tenían, de tratar de sacar gente que había sido detenida para zafar de la tortura. También declaró un ex militar de la Armada uruguaya, un soldado, que presenció traslados de personas detenidas desde Argentina, que eran introducidas al país por el río Uruguay. Y también declaró Jaime Dri, un dirigente del movimiento argentino Montoneros, que fue detenido por fuerzas de la Armada en la ciudad de Colonia. Dri estuvo detenido desaparecido en Uruguay y luego fue entregado por los militares a la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), donde fue torturado y posteriormente trasladado a Paraguay con la idea de hacerlo desaparecer, pero logró escapar. O sea que terminamos todos estos tipos tan distintos, nucleados en la misma causa.

¿Cómo fue su experiencia personal en aquellos años oscuros de la historia del país, que determinaron, en definitiva, su vinculación con la causa?

Yo estuve detenido en el año 1972, a los 16 años, siendo menor de edad, por causas políticas y luego volví a ser detenido, en 1978, en la ciudad de La Paz. La situación fue trágica y, al mismo tiempo, con ribetes graciosos. A la gente de la Justicia italiana se le complicaba para entender el asunto. En 1978 yo había regresado al país desde Buenos Aires y vivía en la ciudad de La Paz. Un día salí a hacer un trabajo y dos hombres en bicicleta me detuvieron porque era igual a alguien que había cometido un hurto. Me llevaron a la comisaría de La Paz y yo, a sabiendas de que no era el que estaban buscando, supuse que iba a salir en un rato. A las dos horas de estar detenido, comienza la mesa de radio a deletrear mi nombre y a dar mi número de cédula, informando que había una requisitoria mía desde la ciudad de Buenos Aires, de parte de la OCOA (Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas). Ahí cambió el trato de los que me habían interrogado. Confieso que en ese momento, y aún ahora, me da miedo cuando escuché todo eso en la transmisión. Me hicieron darme vuelta y sacarme la campera que, a partir de ese momento, se convirtió en mi capucha. A partir de ahí empezaron a interrogarme y a golpearme, y me fue a buscar personal de Inteligencia de la ciudad de Canelones. Me hicieron firmar la libertad y me trajeron para acá.

Cuando llego a Canelones, después de hacerme la ficha policial, me llevan a ese lugar conocido como los Vagones, a ese rancho que está en el barrio Olímpico y que ahora se quiere tratar como un Museo de la Memoria, pero que hace años está señalado como un sitio de detenciones clandestinas. Allí había otras personas detenidas, que nunca supe quiénes eran porque yo tenía venda y capucha. En ese lugar fui golpeado, me sometieron a plantones y torturas y a los días me llevaron a Inteligencia y Enlace de Montevideo, donde caí en manos del Inspector Castiglioni y luego me atendió el comisario Pablo Fontana Zunino. Ahí me nombraron a un amigo, Ari Severo Barreto ‘El Tatú, a su mujer, Beatriz Anglet, me describieron su casa en el barrio San Martín de Buenos Aires y hasta me describieron la casa donde yo había estado viviendo en el barrio de La Boca, porque habían ido y detenido al amigo uruguayo que vivía allí, Mario Mosteiro, un pintor discípulo de Torres García. A todos ellos los detuvieron y hasta el día de hoy siguen desaparecidos, al igual que otros amigos como Jorge Martínez Horminoguez y a su esposa, Marta Severo, hermana del ‘Tatú’, al igual que a Carlos Severo Barreto, el hermano menor, un muchacho de 16 años. En un momento de mi interrogatorio, un funcionario de la Armada al que luego identifiqué, me dijo que a todos ellos les habían hecho la boleta. Me llamó la atención que a partir de finales de mayo del año 1978 no me preguntaron más por Ari Severo Barreto ni por más nadie. Ahora se tiene la certeza de que a todos los trasladaron a Uruguay desde la Argentina, matándolos en este país.

¿Y cómo vivió la experiencia de declarar ante la Justicia italiana?

Me impresionó mucho estar en Roma por lo que significa esa ciudad, por su historia, y porque no estaba en los planes de mi vida conocerla. El testimonio lo di en una cárcel de alta seguridad, donde han tenido presos a varios capos de la Mafia y a los integrantes de las Brigadas Rojas. Y allí uno se encuentra con jueces, fiscales y abogados vestidos con togas, como se ve en las películas, y uno se impresiona y se conmueve mucho ante eso. Me hacían las preguntas en italiano, un intérprete me las traducía y luego hacía lo mismo a la inversa con mis respuestas. Y lo que es la memoria: se despertaron cosas que yo había borrado y que las conté.

Hace una evaluación positiva, entonces…

Si me apura, hoy digo que no es grato ir a dar testimonio y a hablar de esto, pero espero que sirva para algo. Cuando bajé del estrado, una periodista italiana que estaba presente se me acercó y me abrazó, al igual que otras personas desconocidas que estaban allí.

¿Tiene esperanza de que la causa llegue a buen puerto?

Yo, al igual que varios más, tenemos la esperanza de que funcione la Justicia, por lo menos la italiana, que está trabajando a fondo sobre el asunto. Y permítame contarle algo: hace cinco años atrás, la vieja Pacha, como le decíamos, la madre del Negro Tatú, de Marta y de Carlitos Severo, se murió. Y lo que la vieja siempre pedía era que averiguáramos donde estaban los huesos de los hijos para poder velarlos. Ella no va a poder verlo, pero capaz que un día podemos encontrar los huesos para que tengan descanso.

Martín Bentancor