Con Gustavo Kreiman, autor, actor y director de ‘Díptico de los padres’, sobre la salud mental y el duelo

“La escribí como un ejercicio de duelo anticipado para mis padres, porque me aterroriza bastante la idea de que se van a morir”, dice el actor, autor y director de la pieza, Gustavo Kreiman.

“Puede ser un poco traicionero cuando los artistas se adjudican posibilidades de sanación”

La obra se presentará el próximo sábado 29 de noviembre, a las 20 hrs., en el Complejo Cultural Politeama.

“Escribirla fue un proceso de mucho aprendizaje. Después empezamos a montarla y a trabajar con un equipo maravilloso, tanto por los actores, que son increíbles, tremendos referentes para mí, como por un equipo muy bueno en la producción, el diseño escenográfico, el diseño de luz, la comunicación”, afirma Kreiman.

‘Díptico de los padres’ son dos obras en una. La primera trata el vínculo del hijo con el padre y la segunda habla de la relación con la madre. Se trata de una historia muy personal; Gustavo Kreiman la escribió y sintió que también tenía que actuarla. Además, la terminó dirigiendo, porque las cosas se dieron así o porque debía hacerlo. Kreiman dialogó con HOY CANELONES sobre ‘Díptico de los padres’ y la función de este sábado en el Politeama.

¿Qué nos puede adelantar de la presentación del 29 de noviembre?
Es una obra que está hecha de dos obras: una del hijo con el padre, otra del hijo con la madre. Entre las dos hay un intervalo en el que sigue la experiencia performática. La escribí como un ejercicio de duelo anticipado para mis padres, porque me aterroriza bastante la idea de que se van a morir. Surgió como un ejercicio en escritura de desarrollar herramientas de duelo, de alguna manera anticipadas, y encontrar nuevas maneras de amarlos para despedirlos y nuevas maneras de despedirlos, también a través del amor. La escribí, la dirijo y actúo, junto a Carla Moscatelli, que hace de mi madre, y a Fernando Toja, que hace de mi padre. Tiene esa pregunta universal sobre los vínculos familiares, la construcción vincular y la construcción de la subjetividad del hijo a partir de lo que puede plantear tanto en vínculo con su padre como en vínculo con su madre. También atraviesa temas sobre la salud mental, sobre la depresión, la psicosis, el deseo de estar vivo, que son problemáticas de salud que yo tuve y en las que mi familia estuvo muy involucrada, afectada, por esa situación.
Escribirla fue un proceso de mucho aprendizaje. Después empezamos a montarla y a trabajar con un equipo maravilloso, tanto por los actores, que son increíbles, tremendos referentes para mí, como por un equipo muy bueno en la producción, el diseño escenográfico, el diseño de luz, la comunicación. Fue un proceso con el que estamos muy contentos.

¿Ya había escrito una obra en la que también había actuado y dirigido o fue algo nuevo el hecho de hacer las tres cosas en un mismo proyecto?
Es la primera vez. Yo tengo varias obras estrenadas como dramaturgo y director, pero nunca había actuado en una de ellas. Originalmente, esta obra la iba a dirigir otra amiga, una directora bárbara de Montevideo, que es Vachi Gutiérrez, pero por cuestiones de agenda no podía hacerse cargo de la dirección del proyecto. Siempre tenía claro, desde que la había escrito, que la quería actuar. Había algo del pacto performático y de la ética que implica ponerle el cuerpo a esta historia y hacerme cargo de las cosas bellas y las cosas horribles que estoy diciendo en primera persona, me parecía importante ponerle el cuerpo. También me daba un poco de pudor, porque hay un montón de directores y directoras que admiro, pero que no eran tan amigos como Vachi, entonces me daba pudor encontrar a otra persona y decirle que dirija esto, que es tan personal, tan autorreferencial. Entonces la decisión, junto con el equipo, que por suerte acompañó y confió en mí, fue encargarme de la dirección de este proyecto. Se trabajó mucho en equipo y fue un desafío, porque actuar es un ejercicio de la presencia y cuando estás dirigiendo y actuando a la vez, tenés muchas ventanitas abiertas en la cabeza, de ideas de puesta, de devoluciones… te estás juzgando a voz al mismo tiempo como actor, intentás auto dirigirte. El desafío más grande fue el hecho de que la simultaneidad entre el dirigir y actuar no me robe la presencia, que no me robe la oportunidad de estar ahí, disfrutando los ensayos, jugando con Toja y con Carla, que son actores increíbles, con los que aprendés a trabajar en cada ensayo.

‘Díptico de los padres’ son dos obras en una. La primera trata el vínculo del hijo con el padre y la segunda habla de la relación con la madre.

¿Se puede decir que esta obra, que trata una temática muy personal, le sirvió para sanar, o fue otra la búsqueda?
Siento que es un poco complejo de responder. Creo que somos artistas haciendo teatro, haciendo una obra que habla sobre este tema. Puede ser un poco traicionero, e incluso éticamente complejo, cuando los artistas se adjudican posibilidades de sanación, ya sea propias o ajenas. No sé si tenemos las herramientas para eso. Obviamente, el arte siempre moviliza cosas, te genera preguntas, te permite vivir y revivir experiencias que, a nivel personal, amplían el sentido, la sensibilidad con la que conectás con las cosas, pero no me gustaría decir que la obra apunta hacia algún proceso de sanación, o que genera algún tipo de proceso terapéutico, porque creo que no somos los indicados para hacernos cargo de este tipo de procesos. Para eso está la gente que estudia, que tiene herramientas, ya sea del área de la salud mental o de otras terapias, pero me parece más honesto decir que somos gente de teatro haciendo una obra de teatro sobre este tema.

Fernando Guerrero