La página literaria

El Secreto de la Diosa y Otros Textos

por Javier Modernel

Los Antiguos sabían que la sabiduría era femenina. Las mujeres estudiaban las fases de la luna, la sucesión de las estaciones, el cultivo de la tierra y el poder curativo de las plantas, y en la antigua Mesopotamia, inventaron la escritura.
Con el transcurso del tiempo, la ambición de poder los hombres determinó la invención de un Dios masculino que surgió de la observación del sol…
¿Cuál es el secreto?- pregunté cuando Ella apareció ante mí.
-El secreto es estar aquí y ahora-dijo-. Conscientes, con los sentidos despiertos, descalzos sobre la humedad de la tierra, mientras contemplamos la puesta de sol, escuchando el soplo del viento que trae consigo aromas de jazmines, bebiendo el elixir mágico de la vida. Es no pensar en nada, y al mismo tiempo, pensar en todo. Aquí y ahora, sin nostalgias de un pasado que ya no existe, sin incertidumbre de un futuro que nunca llegará. Porque la vida es aquí y ahora.
-Ese es el secreto- dijo, y desapareció tan misteriosamente como llegó.

Un sorpresivo encuentro

A medida que avanzo con lentitud, siento la fresca humedad que flota en el aire. El espeso colchón de hojas que cubre el suelo del bosque aún no ha sido tocado por los primeros rayos del sol, que débilmente, comienza a asomar sobre la línea de un horizonte que no alcanzo a ver desde donde me encuentro.

Los días han pasado, el otoño se ha marchado y pronto comenzarán a hacerse sentir los primeros fríos intensos. Aunque aún es muy temprano, los animales comienzan a despertar de la más larga noche del año, y ya puede oírse el canto de algunos pájaros que saludan con alborozo la llegada de un nuevo día.

Mientras el bosque va cobrando vida y color, después de una noche que como toda noche en el bosque es sinónimo de inquietud, me dirijo hacia el espacio desarbolado en donde suelo pasar las mañanas de la estación fría.
Realmente no espero de la vida mucho más de lo que me pueda llegar a dar. Acepto cada cosa que el destino me pone delante.

De pronto aparece el hombre, quien coge una vara con la cual me golpea fuertemente. Mi cuerpo cruje como una rama seca. Ahora soy solo un colgajo pendiendo de la vara del hombre. Mi cabeza roza mi cola, y mi lengua bífida cuelga entre mis colmillos huecos y aún viscosos por la sangre de mi asesino, que muy pronto me acompañará.

Un experimento biológico

La verdad es que no recibía mucha correspondencia. De la poca que tenía la felicidad de recibir, la mayoría eran facturas, pero últimamente ni siquiera llegaban a mis manos en tiempo y forma.
Si bien todo sobre era depositado en el buzón correspondiente, alguien se encargaba de retirarlos, abrirlos y desperdigarlos por mi jardín, causando muchas veces el deterioro de los papeles y documentos, o el extravío de los mismos.
Cansado de ese hecho, que se había repetido tres veces en el último mes, tomé la decisión de esconderme en mi casa y espiar por la ventana. Necesariamente hube de hacer a un lado muchos quehaceres, pero no quería deshacerme del buzón que había construido con un tronco de ceibo y una vieja lata de galletitas de las que exhibían los almacenes a finales de los años setenta.
Al quinto día de vigilancia descubrí al autor de las fechorías, quien no resultó ser otro que Joaquín, un niño de no más de siete años que vivía a la vuelta de la esquina y que pude saber, era el terror de los vecinos por sus continuas travesuras.
Como no deseaba entrar en conflicto con sus padres pensé una y otra vez la forma de solucionar la situación, pero como no se me ocurrió nada resolví dejar a un lado el tema.
Una noche, mientras visitaba a Carlos, un amigo de la infancia que hacía unos años se había consagrado en el ámbito internacional por sus importantes descubrimientos en el campo de la genética, se me ocurrió la solución a mi pequeño pero fastidioso problema. Cuando se lo conté, aceptó gustoso obsequiarme los restos de un fallido experimento que aún conservaba en su laboratorio.
Lo cierto es que a partir del momento en que cambié de buzón, no volví a tener problemas con mi correspondencia. La cabeza embalsamada es el buzón ideal, pues el enorme buche del pelícano es depósito más que suficiente para las cartas, y éstas deben ser depositadas a través de la boca entreabierta de un cocodrilo africano de enormes dientes, y ojos amarillentos que parecen vivos.

Un congreso multitudinario

Ayer, gracias a las extraordinarias y mágicas facultades de un amigo a quien le es posible comunicarse verbalmente con los animales, me enteré de que fue realizado, no hace mucho tiempo, un multitudinario congreso, por demás singular.
Dicho evento fue llevado a cabo en una amplísima galería subterránea a la cual asistieron principalmente ratas, ratones, moscas y cucarachas, y el motivo de tan asombrosa reunión no fue menos sorprendente.
Después de largas horas de intercambios de ideas, profundos análisis y arduas discusiones, se llegó a la resolución final de elevar a los gobernantes del país una misiva formal a modo de protesta en la cual declaraban su hondo malestar por la política económica que llevaban adelante.
Reclamaban en la misma que, debido a la gravísima situación económica por la cual transitaba la nación, se veían en la incómoda situación de tener que disputar los escasos restos de comida y demás despojos arrojados en los basurales, con unos extraños seres muy parecidos a los seres humanos, y que al parecer, no tenían nada para comer.
Lo peor de todo –concluyeron- es que no solo nos quitan lo que por derecho adquirido desde el comienzo de los tiempos es nuestro, sino que, no satisfechos con eso, nos atrapan y nos comen a nosotros.

Mis cinco sentidos

Hay un determinado momento en la vida en que uno adquiere la certeza de cuál será la compañía que tendrá durante el resto de los años que faltan por vivir. Aromas, sabores, imágenes y sonidos, se combinan y cobran la importancia que tienen la tierra, el fuego, el aire y el agua.

El aroma agradablemente dulzón de los jazmines de noviembre, y el de alguna otra flor; el incomparable sabor de un plato de feijoada bien caliente; la copa de rojo vino que consigue avivar el espíritu; un amanecer de febrero con el sol saliendo del mar; unos cuantos libros de esos que siempre se quiere volver a leer; una trilogía de discos que comienza con el «Lado oscuro de la luna», pasa por «Quisiera que estuvieras aquí», y finaliza con «Los cuatro símbolos»; y el evidente y eterno recuerdo de unos ojos que nunca se transformaron en sonrisas para mí.
Si estuviera ella a mi lado podría acariciar los lunares de su cuerpo, y completar así la compañía que mis cinco sentidos necesitan para seguir hasta el fin de sus días.

  •   El autor.

Javier Modernel nació en Tacuarembó hacia finales de setiembre de 1971, y desde 1991 reside en Canelones. Influido por diversos autores (como Robin Wood, Evaristo Páramos Pérez, Horacio Quiroga, Galeano, los hermanos Wachowski, Jorge Luis Borges y varios orientales dentro de los cuales destacan los taoístas), comenzó a escribir de forma periódica a finales del 2001. Desde hace tres años publica lo que escribe en varios foros de literatura de Argentina, España y Uruguay, y lo hace bajo el nombre de Aljamod. Breves historias, reflexiones, visión personal y en veces desconcertante e irónica de los seres y las cosas, conforman una buena parte de su obra. De lenguaje ágil, que maneja hábilmente de acuerdo con la situación que lo inspira, logra atrapar al lector con sus textos breves que prolongan sus ecos más allá de la lectura.