Una visita al taller de Carlos Vignola, un artista agradecido con la vida, que no para de crear


“Lo que más quiero es ayudar a los artesanos”

El vecino es muy conocido por su faceta de escultor en madera, pero también ha incursionado en el teatro y otras artes. La vida le regaló un montón de amigos, lugares y momentos que atesora en su memoria.

HOY CANELONES visitó el taller de Carlos Vignola, ubicado en la capital canaria, y repasó la trayectoria del artista y artesano.

Práctica y maestro
Vignola agarra una madera a la que ya le había hecho una forma de búho y empieza a tallar. Lo rústico se convierte en una escultura detallada en pocos minutos. Un par de golpes con el formón, un retoque con las gubias y la obra está hecha. “Me pongo acá (en la mesa del taller). Tengo cosas afuera, pero eso es para cortar y ensuciar. Invento algún juguete, estoy inventando esto, que va a ser una pera, y esto una manzana, una arriba de la otra, porque lo vi en Panamá, en un lugar chiquito, y ahora lo voy a hacer grande. Hago las cosas muy rápido”, bromea. Un mate y a seguir esculpiendo, con la velocidad que le dan los años de oficio. Tiene más de noventa y hace cosas con madera desde chico, cuando le ayudaba a su padre a construir juguetes para el Día de Reyes.
De joven fue jugador de fútbol. Hizo teatro, cantó en el Coro Municipal de Canelones. Se casó con Kenna, una partera recién recibida, y se fue para Solís de Mataojo. Volvió a Canelones y retomó su pasión por la escultura. Participó de innumerables exposiciones y cosechó amigos, muchos amigos, con casi todos se sacó fotos que atesora en su taller. Entre los cuadros y esculturas, hay fotografías de todas las épocas, que no hacen más que mostrar lo agradecido que está ese hombre con la vida, la familia y la amistad. Un hombre que además de ser bajo y bromista tiene personalidad, que quizá haya templado su carácter en los ranchos de barro y sin luz, donde su esposa asistía partos y él hacía las veces de ayudante. O cuando jugaba de ‘jas’ derecho en Libertad, junto a su hermano, Galante, Cerruti, Curbelo, Julito Martino, Emilio Freiles, Viera y el profesor De León. O cuando le ayudaba a Eduardo D’Angelo con el personaje de Capitán Cañones, en Canal 12. ¿Habrá sido un jugador aguerrido? ¿Un actor pícaro?
En la noche, cuando le aburre la televisión, Vignola se pone a escribir. Narra cosas de antes, de cuando pasaban las carretas con uvas por la puerta de su casa, del viejo Teatro Politeama, de cuando se encontró un peso y con eso le alcanzó para cincuenta chocolatines. Tiene un libro publicado que piensa reeditar y un montón de poemas, algunos los pudo mostrar en su última obra, junto a la artista Lucía Sosa Ramírez, con la que está muy agradecido. “Fue una exposición muy linda, porque ella tenía muy lindas ideas, casi todas las ideas fueron de ella”, asegura. Menciona, también, a Inés Vaz, Jenny Gamba, Edison Aguiar, Eber Altieri, Mercedes Santurio, entre un montón de artistas y amigos que lo han acompañado en este último tiempo.

Toda una vida
Este escultor también trabajó en Ancap. Se recibió de mecánico dental, pero nunca ejerció. Probó suerte junto a su hermano con un taller, que funcionó durante poco tiempo. Siguió adelante y encontró un camino en la artesanía. Viajó muchísimo. México, Panamá, El Vaticano… “Nunca hay que darse por vencido, siempre tenés que hacer cosas. Tampoco matarte, porque la vida hay que disfrutarla, no se puede vivir para trabajar. Siempre pienso que Jesús se fue para el cielo sin nada y era tan feliz, por qué nosotros tenemos que llevar tanta plata cuando nos vamos”, piensa. “Muchas veces las personas hacen cosas que molestan, pero también muchas veces recibís cosas que te molestan. La vida te da cosas, te presta y te regala. Son pedazos de vida que uno va pasando”, continúa reflexionando.
De joven se enamoró de Kenna. Se casaron y el amor perduró. Estuvo siete años viviendo en Solís de Mataojo, cuando su señora estaba recién recibida, y después se vinieron a la capital canaria. “Yo trabajaba en Ancap, viajaba todos los días, y mi señora trabajaba en Salud Pública, en la policlínica. En los tiempos que no había sanatorio, entonces había que salir a los ranchitos de campaña, en Solís de Mataojo, a hacer partos. Yo la llevaba en el auto y muchas veces le ayudaba a sostener el farol, porque no había luz en esos ranchitos. Había que alcanzarle las herramientas a mi señora, porque íbamos solos. También he comido algún puchero de gallina, porque antes se usaba, te invitaban a comer puchero de gallinas antes del parto. Lo disfrutaba yo; mi esposa estaba en el parto. Muchos maridos no se animaban a sostener los faroles o ayudar, entonces tenía que entrar yo a alcanzarle cosas a mi señora, a limpiar herramientas, porque el piso era de tierra y las herramientas a veces se caían”, recuerda.

El presente
Varias fotos que Vignola guarda en su taller hacen alusión al teatro. “Trabajé mucho con Eduardo D’Angelo, éramos muy amigos con Eduardo. Cuando le faltaba alguno, me llamaba y yo me metía en cualquier obra. Inventábamos. Me llamaba y me preguntaba si tenía libre, pasaba por casa con el Ford Falcon y nos llevaba a todos, nos íbamos a Durazno, Florida, San José… También lo ayudé bastante cuando hacía el Capitán Cañones, en Canal 12”, rememora el entrevistado.
Con 92 años, Vignola no deja de crear y quiere seguir exponiendo. “Trato de ayudar todo lo que más pueda a un artesano, lo que más quiero es ayudar a los artesanos, que a veces no tienen mucho lugar donde exponer. No precisa que sea una persona que sepa mucho, haciendo algo de manualidad, eso ya es un artesano. Para mí siempre es encantador tratar de ayudar”, asegura.

Fernando Guerrero