¿A dónde vas, Martín?

De tradiciones y cosas nuevas

En la segunda entrega del diario de viaje de nuestro compañero de tareas por tierras australianas, nos comparte algunas impresiones del festejo de las Fiestas Navideñas y la llegada del nuevo año en la ciudad de Brisbane. La nota está ilustrada por algunas imágenes de Brisbane, captadas por el propio corresponsal.

Escribe: Martín Romego

Como quien no quiere la cosa, ya hace más de un mes desde que llegué a Australia y un poco más desde que salí desde el Aeropuerto Internacional de Carrasco. Fueron tantas las cosas que viví hasta ahora y las personas que conocí en este trayecto que parece mucho más tiempo y, a la vez, un mes me parece muy poco, si es que tiene sentido.
Todavía me estoy quedando en Brisbane City, que he aprendido a querer en estos días, ya que en un principio me sentía algo fuera de lugar. Al llegar a Sídney, y durante esos primeros días, me pareció que no iba a encontrar otro lugar como ese, porque en cada aspecto se cumplía lo que yo esperaba de este viaje. El intercambio cultural, las vistas espectaculares, la inmensidad, todo eso bajó cuando llegué a Brisbane, que sigue siendo una ciudad de gran tamaño con respecto a Uruguay, pero tiene otro ritmo. Igualmente, una vez que uno le toma el pulso a la ciudad, a sus calles y a sus rincones, todo empieza a ir mejor. Es un lugar muy interesante, con mucha vida y actividades para aprovechar.
Entre la duda de haber tomado la decisión correcta, y quizás el acercarse a las Fiestas, sabiendo que estaba a miles de kilómetros de mi casa, sumado al bajón que nos queda después de hacer algo estimulante y emocionante, me hizo tomarle un gusto amargo a la ciudad. Claro que eso se fue yendo y uno de los primeros pasos para que esto ocurriera fue pasar las Fiestas con Katriel, que fue como acercarme un poco a casa y a la costumbre que uno quiere en esas fechas. En Canelones, todos los 24 de diciembre a la noche, después del gran asado, los fuegos artificiales y los regalos, siempre nos encontrábamos en casa para compartir ese momento y salir a disfrutar la noche.
Ahora la tradición se repitió, no solo en Navidad sino también en Año Nuevo, agregando la espectacularidad de los fuegos en Australia. A pesar de que nosotros seguimos las tradiciones nuestras de estas fechas, por estos lados la costumbre es no hacer demasiado en Nochebuena, sino dejar las reuniones y los festejos para el 25 y recién el 26 tienen lo que llaman el Boxing Day, que es cuando se abren los regalos.
En Año Nuevo el asunto es más normal, con la cena y luego la gente que se vuelca a las calles para ver los fuegos artificiales, que en Brisbane se tiraron en dos oportunidades, una cerca de las 20 y otra a la medianoche. En este caso, la vista es en diferentes puntos sobre el Brisbane River, que pasa por el medio de la ciudad, que está conectada por varios puentes. Además de eso, todo es más controlado acá y se termina muy temprano para lo que son los tiempos de Uruguay, ya que las Fiestas acaban a las cinco de la mañana. Entre tanto cambio, poder compartir con Katriel fue muy especial, no solo por eso de sentirse en casa sino porque al fin estábamos cumpliendo el objetivo de encontrarnos en Australia y hacer algo de esta experiencia juntos.
Otro objetivo, más personal, que tenía planteado antes de salir era el de conocer diferentes culturas y personas, sabiendo que iba a venir solo, pero no tenía idea que sería con tanta intensidad. Cuando uno está en esta situación, se agarra de lo más mínimo para interactuar y, a pesar de que a veces cuesta, casi siempre vale la pena, porque se sacan cosas muy ricas por más chica que sea la interacción. De estar solo por momentos, en un abrir y cerrar de ojos pasé a encontrarme en medio de un grupo de franceses que me integraron como un amigo más y me hicieron parte de su camino. Sigo sin aprender una palabra de francés, pero es muy bueno ver a un grupo de varias personas que hablan el mismo idioma, hacer un esfuerzo de comunicarse en inglés para que uno pueda entender. Para eso sirve también ese tipo de experiencias, para sacarse los prejuicios que uno trae de otra gente y de otras culturas, sin conocer nada. Los mismos franceses me decían “La gente piensa que somos malos y nos odian” y, quizás tenga algo de cierto, porque el estereotipo es el francés que no hace el esfuerzo por ayudarte y odia hablar en inglés. Lo cierto es que, como pasa con el resto del mundo, ellos fueron tan buenos como cualquier uruguayo o latino que me pueda encontrar e incluso más. Si uno se toma el tiempo, se descubre que si bien hay gente mala onda, como en cualquier lado del mundo, siempre hay personas dispuestas a compartir.

2 comentarios

  1. Gracias Martín por relatar tu experiencia, es para nostros flia de Katriel y amigos de siempre tuyo una inmensa alegría saber el encuentro compartido y vivido.
    Inmenso abrazo, se te quiere, Virginia y Jorge

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