Es verdad que hay una tendencia generalizada en la sociedad moderna que tiende a ‘normalizar’ la muerte, quizás por el sesgo líquido que ha adoptado el mundo actual, en el que solo importa el presente, lo que ocurre acá y ahora. En esa realidad, morirse es una contingencia molesta, que debe ser enfrentada, pero a la que hay que buscarle rápida solución para seguir chapoteando entre la virtualidad y el consumo.
En el año 1914, Edgar Lee Masters, un mediocre abogado de Chicago, publicó un libro llamado ‘Spoon River Anthology’. Precedía a aquel texto una carrera literaria despareja, poblada de imitaciones y grandilocuencias, las mismas marcas que sobrevolararían su obra posterior a la publicación del mencionado texto. Aun así, Edgar Lee Masters no necesitó más que aquel libro para entrar por la puerta grande de la Poesía Moderna y convertirse en una suerte de extraño clásico de las letras norteamericanas, un clásico de difícil colocación dentro del canon, un clásico cimentado en una innovadora concepción de la obra poética como totalidad individual pero, al mismo tiempo, con profundas raíces en los epigramas griegos y la tradición de las elegías.
La ‘Antología de Spoon River’ es una colección de epitafios que el poeta lee y recrea al pasar por el cementerio de la localidad del título, una pequeña comunidad rural del Medio Oeste. No hay una voz poética unificada en el conjunto de poemas sino que cada uno funciona como unidad de tiempo y lugar, fijando los versos de cada obra al nombre mismo del poema (o sea, el nombre de quien descansa bajo la lápida).
Por la antología, desfilan jueces, médicos, borrachos, idiotas, prostitutas y una diversidad de tipos humanos. Más de doscientos personajes, entre los autores de los epitafios y otros que estos mencionan, cruzan por el libro y varias historias y subtramas se van leyendo, de forma discontinua, a través de diversos textos a modo de novela. El registro de los epitafios-poemas abre con el único texto que no lleva un nombre propio como título –‘The Hill’- y que oficia como prólogo o advertencia al lector. Cito un fragmento en la traducción de Alberto Girri: “¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley, / el abúlico, el forzado, el bufón, el borracho, el peleador? / Todos, todos están durmiendo en la colina. / Uno se fue por una fiebre, / uno se quemó en una mina, / uno fue muerto en una pendencia, / uno murió en la cárcel, / uno se cayó del puente donde trabajaba para sus hijos y su mujer; / todos, todos están durmiendo en la colina”.
Poseedor de un sentido del ritmo poético y una cuidada administración de los recursos formales a la hora de escribir los epitafios, Edgar Lee Masters florece en sus poemas como un fino observador del mundo que lo rodea. Un mundo que, como insiste la pedestre realidad que habitamos, ya no existe.
E.B.

