Una crónica de una pequeña ciudad surgida entre las sierras del norte de Maldonado

Postales de Aiguá


Una ciudad pequeña, como tantas en el interior uruguayo, de esas que suelen presentarse indiferenciables para muchos viajeros debido a una disposición bastante parecida de su casco urbano pero que, en realidad, es tan particular como cada uno de sus habitantes. Todas las ciudades conservan, en realidad, un amasijo de historias, vivencias, anécdotas, desastres y alegrías que conforman la auténtica memoria viva del sitio, ese atado de datos imposible de captar para los que llegan de afuera.

Calma chicha

Caminar por Aiguá a la hora de la siesta de un sábado, ante la inminencia de una tormenta que avanza desde el norte, al otro lado de las altas sierras que rodean a la población, resignifica ese concepto marino de la “calma chicha”, con la posibilidad del temporal agitando las vidas en los interiores de las casas y con muy pocos peatones recorriendo el centro del poblado.

La mayoría de los comercios, siguiendo esa férrea norma dispuesta por los pueblos y las pequeñas ciudades del interior uruguayo, cierra después del mediodía, por lo que en la jornada del periplo que acá se narra, la calma chicha se intensificaba por la contundencia de la siesta.

Plaza en otoño

Al ser despojada de vida, una plaza es un lugar detenido en el tiempo y el espacio. Solo el más atento de los observadores podrá contemplar el sistemático crecimiento del pasto, o la caída de las hojas marrones en lentos vaivenes sobre el cemento y el césped. La fuente ubicada en el centro de la plaza de Aiguá constituye, con su sistema de terrazas escalonadas y su mezcla de gris y rosa viejo, un extraño fenómeno estético, una obra que se inscribe en su propio estilo y que el otoño subraya con fuerza.

Por la oscuridad de la tarde temprana, por disposición municipal o por mera costumbre, a las dos de la tarde, la fuente de la plaza de Aiguá se iluminó súbitamente.

Perspectiva vial

Si se avanza por el cantero central que divide en dos la ancha avenida central de Aiguá, se obtiene una visión por demás amplia de la ciudad, con un sendero de verde hundiéndose en la gris arquitectura de casas bajas que van bajando y subiendo a medida que la media sierra sobre la que se asienta la ciudad avanza hacia el sur o hacia el norte.

Desde el cantero verde puede verse, además, el musgo negruzco que envuelve a algunas fachadas y una interesante variedad cromática en los frentes, una variedad que va del verde al rosado, pasando ocasionalmente por el azul. Pero, igualmente, lo que se impone en las construcciones es siempre el gris, un gris compacto, grueso, como si los constructores hubieran mezclado varias veces el portland con el cemento y la argamasa con la arena.

Aurita

Enclavado a mitad de una de las manzanas de Aiguá, sobre la avenida, está el mítico Bar de Aurita. No hay cartel o anuncio que indique la presencia del establecimiento, que desde el exterior ofrece una fachada bastante deslucida y que clama a gritos por una nueva capa de pintura.
Aurita, propietaria y cantinera, contempla con indiferencia a todo aquel que entra al local. Del amplio recinto alto y bien revestido, el bar solo ocupa una cuarta parte, hacia adelante. Un alto mostrador y una metálica máquina de café conforman dos puntos centrales del decorado. El espacioso salón está vacío y en decadencia. Unas escasas sillas de madera aparecen desordenadas en la estancia. Al final está la tarima, un correcto escenario al que hace años no sube ningún artista aunque Aurita evoca la época gloriosa, varias décadas atrás, en que allí cantaban payadores.
Hace algunos años, el bar de Aurita fue elegido para filmar las primeras escenas de la película ‘El viaje hacia el mar’ (Guillermo Casanova, 2003), la contundente adaptación de uno de los mejores cuentos del minuano Juan José Morosoli, que contó con las actuaciones de Hugo Arana, Héctor Guido, Diego Delgrossi, Julio César Castro (Juceca), Julio Calcagno y César Troncoso. Es a Troncoso, justamente, al que vemos llegar, al poco de comenzar la película, a la ciudad, entrando al bar de Aurita y encontrándose a la partida de lugareños que se aprontan a iniciar su tan esperado viaje a la Costa de Oro.
Aurita recuerda aquellas jornadas de filmación en la que el mismo actor que compuso al cantinero, se encargó de hacer la caja de todas las bebidas que se fueron consumiendo. Dicen que la película anduvo bien, comenta.

La noche en motoneta

Como se dijo antes, era sábado y, como tal, el día en que los más jóvenes copan la avenida y las calles laterales. Un desfile de motos de variado calibre y tenor se apodera de la oscura calma chica de la ciudad entre las sierras. Ciclomotores, motos de gran calibre, motos sin caños de escape, motos potenciadas, motos con tres ocupantes, motos con cuatro ocupantes y un largo etcétera. La consigna es la misma: girar y girar alrededor de la ciudad, atravesando el manojo de calles conocidas en busca de algo parecido a la diversión.A medida que el ómnibus se aleja de Aiguá bajo la lluvia persistente iniciada en la tarde, entrando en la masa ominosa de aire que conduce a la ruta, Aiguá se va perdiendo a lo lejos hasta solo ser una superposición de luces amarillas, blancas y anaranjadas que apenas titilan. Después busqué aquel pasaje del gran escritor argentino Juan José Saer que describe, con precisión, aquella geografía perdida bajo el peso de las nubes: “El que no ha visto como yo en un anochecer lluvioso de invierno una de esas ciudades perdidas en la llanura, cuando las primeras luces vacilantes comienzan a encenderse, y todo lo visible se iguala enterrado bajo la doble capa de la noche y de la intemperie, quizás cree haberla experimentado alguna vez, pero no conoce de verdad la tristeza».

Martín Bentancor

 

Bar

Fuente

Gardel