Un Especial de Sábado para leer el domingo: ¡Feliz Día de la Madre!

Obra ‘Una madre joven’, del pintor holandés Bernard de Hoog (1867-1943).

Versos para mamá

Obra ‘Una madre joven’, del pintor holandés Bernard de Hoog (1867-1943).
Obra ‘Una madre joven’, del pintor holandés Bernard de Hoog (1867-1943).

Para quienes las tienen a su lado y para quienes sienten su presencia desde otro ámbito, para las madres de todas las edades y condiciones, para las madres que son nuestras lectoras y para las que no lo son, va este compilado de textos que a ellas les cantan.

 

Madre mía

Madre, madre, tú me besas,

pero yo te beso más.

Como el agua en los cristales,

caen mis besos en tu faz…

Te he besado tanto, tanto

que de mí cubierta estás

y el enjambre de mis besos

no te deja ni mirar…

Si la abeja se entra al lirio,

no se siente su aletear:

Cuando tú, a tu hijito escondes

no se le oye el respirar…

Yo te miro, yo te miro

sin cansarme de mirar,

y que lindo niño veo

a tus ojos asomar…

el estanque copia todo

lo que tu mirando estás;

Pero tú en los ojos copias

a tu niño y nada más.

Los ojitos que me diste

yo los tengo que gastar

en seguirte por los valles,

por el cielo y por el mar…

Gabriela Mistral

 

 

 

Rosas a mi madre

Querida madre, extraño

La sencillez, la inocencia

la pureza de tus manos.

¡Rosas blancas!

Tus ojos gemían llantos

que tus labios ocultaban.

Seis pequeños acunaste

les diste honor y grandeza,

les diste la vida entera.

En tus manos enguantadas

las rosas se ven pequeñas.

Tus suspiros, los violines

que tu corazón lloraba.

Aunque ya no he de verte

siempre tengo tu presencia,

en la paloma que pasa

en la brisa tempranera

en el cielo, en el viento

en el aire te presiento.

¡Rosas blancas y poemas!

soltaré una tarde de estas

para aliviarte la pena

madre mía, madre eterna

¡Rosas blancas y poemas!

Luján Sánchez

 

 

 

Madre

Yo viví, desorientado,

yo soñé no sé qué mundo,

yo me hundí en el mar profundo

con delirante afán de loca juventud.

 

Me atraían los placeres,

un abismo las mujeres.

Ya sin madre ni deberes

sin amor ni gratitud.

 

Madre…

Las tristezas me abatían

y lloraba sin tu amor.

Cuando en la noche me hundía

de mi profundo dolor.

Madre…

No hay cariño más sublime

ni más santo para mí;

los desengaños redimen

y a los recuerdos del alma volví.

 

Yo maté mis ilusiones,

yo amargué mi propia vida,

yo sentí en el alma herida

el dardo del dolor que el vicio me dejó.

Desde entonces penas lloro

y sólo el cariño imploro

de mi madre a quien adoro

y mis desvíos sintió.

Verminio Servetto

NOTA: Este tango, con música de Francisco Pracánico fue interpretado por, entre otros, Ignacio Corsini.

 

 

 

La Madre Ahora

Doce años atrás

cuanto tuve que irme

dejé a mi madre junto a la ventana

mirando la avenida

ahora la recobro

sólo con un bastón de diferencia

 

en doce años transcurrieron

ante su ventanal algunas cosas

desfiles y redadas

fugas estudiantiles

muchedumbres

puños rabiosos

y gases de lágrimas

provocaciones

tiros lejos

festejos oficiales

banderas clandestinas

vivas recuperados

 

después de doce años

mi madre sigue en su ventana

mirando la avenida

o acaso no la mira

sólo repasa sus adentros

no sé si de reojo o de hito en hito

sin pestañear siquiera

 

páginas sepias de obsesiones

con un padrastro que le hacía

enderezar clavos y clavos

o con mi abuela la francesa

que destilaba sortilegios

o con su hermano el insociable

que nunca quiso trabajar

 

tanto rodeos me imagino

cuando fue jefa en una tienda,

cuando hizo ropa para niños

y unos conejos de colores

que todo el mundo le elogiaba,

mi hermano enfermo o yo con tifus

mi padre bueno y derrotado

por tres o cuatro embustes

pero sonriente y luminoso

cuando la fuente era de ñoquis

 

ella repasa sus adentros

ochenta y siete años de grises

sigue pensando distraída

y algún acento de ternura

se le ha escapado como un hilo

que se le ha escapado como un hilo

que no se encuentra con su aguja

 

cómo quisiera comprenderla

cuando la veo igual que antes

desperdiciando la avenida

 

pero a esta altura qué otra cosa

puedo hacer yo que divertirla

con cuentos ciertos o inventados

comprarle una nueva tele

o alcanzarle su bastón.

Mario Benedetti

 

 

 

Doña Micaela

Cerca de aquel pueblo donde yo nací

De Canelones a una legua escasa

Bordeando un camino de «pitas» y «tunas»

Un rancho se alzaba.

Era un rancho viejo de ladrillo y zinc

Tan humilde y pobre, que hasta daba lástima

Y a pesar de todo soportaba el tiempo,

No se conmovía, ni se tambaleaba

Ese era mi rancho…

Allí nacimos todos…

Esa fue mi casa…

Bendito su recuerdo, aquí dentro de mi alma.

 

Había un pozo al frente

Al que un viejo sauce su sombra le daba

Era un pozo inmenso, obscuro y hondo;

¡pero tenía un agua!

Las más pura y sabrosa de aquellos lugares…

Según se contaba…

Todos los vecinos y los peregrinos

Tejían alabanzas

Para el agua pura de aquel noble pozo

de mi humilde casa.

Era tan famoso como era su dueña

Una pobre anciana…

Partera del pago hacía 50 años.

Tenía unas manos, decían las madres

Igual que una «santa».

 

Mi madre y el pozo eran en el pago

Dos cosas sagradas…

 

Parece que aun siento después de 30 años

Una voz que llama…

Para repetirle lo mismo de siempre…

Doña Micaela, deme un vaso de agua

¡Oh que pura, ¡que linda… que fresca!…

¡Que Dios se lo pague!

Que agua divina, parece filtrada…

 

Y mi pobre madre

A veces descalza

Porque en el apuro perdía una «alpargata»

tendíale la mano,

al que allí llagaba

Con un vaso lleno, desbordante de agua,

de aquel viejo pozo de mi pobre casa…

 

Doña Micaela?, deme un vaso de agua!

Y era para ella un placer profundo

Cuando aquellos mozos y esas mozas guapas

Que ayudó a nacer

De cientos de madres de aquella comarca

Le pedían sedientos al pasar allí…

Doña Micaela?, Deme un vaso de agua!

 

Pobre madre mía!…

A veces lloraba de puro contenta

Cuando tantos hijos, que eran casi suyos

Al pasar llamaban y le repetían;

Dona Micaela?, deme un vaso de agua!

 

Todo está muerto

ya no existe el rancho…

Ni tampoco el pozo, y menos la planta…

Aquel viejo sauce donde yo pasaba

Las horas benditas de dulce infancia…

Todo está muerto

Ya no queda nada…

 

Sobre esos recuerdos, ha nacido alfalfa,

Un hombre muy rico

Compró aquella chacra

Puso dos obreros, con tremendas palas,

Que en poquitas horas taparon la boca

del pozo querido que aún se conservaba

Cual un centinela sobre una montaña…

 

Así terminó todo,

Ya no queda nada.

Nada que recuerde a los caminantes

La noble figura, la cabeza blanca,

la sonrisa triste de la pobre anciana…

Pero para muchos seguirá, viviendo

Como una leyenda

Aquellas palabras;

Doña Micaela?, deme un vaso de agua!…

 

El pozo y mi madre eran para el pago

Dos cosas sagradas

 

………………..

 

Yá se acabó todo

yá no queda nada

Ni padre, ni rancho,

ni pozo, ni sauce…

Nada, nada, nada…

Juan Pedro López

 

 

 

Las manos de mi madre

Las manos de mi madre

parecen pájaros en el aire

historias de cocina

entre sus alas heridas

de hambre.

 

Las manos de mi madre

saben que ocurre

por las mañanas

cuando amasa la vida

hornos de barro

pan de esperanza.

 

Las manos de mi madre

llegan al patio desde temprano

todo se vuelve fiesta

cuando ellas vuelan

junto a otros pájaros

junto a los pájaros

que aman la vida

y la construyen con los trabajos,

arde la leña, harina y barro…

lo cotidiano

se vuelve mágico.

 

Las manos de mi madre

me representan un cielo abierto

y un recuerdo añorado

trapos calientes en los inviernos

 

Ellas se brindan cálidas

nobles, sinceras, limpias de todo

¿cómo serán las manos

del que las mueve

gracias al odio?

Peteco Carabajal

NOTA: Este tema, ya convertido en clásico del folklore argentino, ha sido versionado por diversos artistas, siendo una de las más destacadas en la voz de Mercedes Sosa.

 

Compilado por M.A.B.