De ayer y de hoy
En este artículo, el reconocido cantautor de La Paz, repasa la impronta de algunos festivales nacionales de folclore, en comparación con la realidad que hoy en día se vive en la materia.
Los festivales de folclore en nuestro país se desplegaron en distintos departamentos desde la década del sesenta, con ejemplos como el Festival de Salto y el Festival de Parque del Plata, entre otros.
A partir de los comienzos del proceso dictatorial, con la mayoría de los referentes de nuestro canto de proyección folclórica, exiliados, presos o prohibidos, los festivales tomaron una orientación “oficialista” y afín al régimen. Este utilizó el folclore como un símbolo más de su proyecto de “lo verdadero nuestro y no de lo que viene de afuera a subvertir nuestra paz“, en su camino hacia el autoritarismo hegemónico.
La Patria, sus fechas históricas, “el año de la Orientalidad”, los símbolos, el “primero soy Oriental”, y los artistas obsecuentes de folclore fueron algunos de los “motores” de propaganda en su ideología para salvar al país del comunismo internacional.
Algunos festivales fueron auspiciados por la DINARP (Dirección Nacional de Relaciones Publicas), dirigida por militares y civiles amanuenses de estos, y los artistas contratados debían ser de su confianza. Así se apropiaron de los festivales del interior del país, como los de Durazno, Treinta y Tres y Lavalleja, así como la Criolla del Prado de Montevideo. En ellos impulsaron un nuevo canto de raíz folclórica, sin denuncia, sin protesta, alabando a la Patria y al régimen. En Estos festivales contaron con exponentes musicales obsecuentes y favorecidos por el siniestro régimen. El conjunto Los Nocheros, sin lugar a dudas, fue el más emblemático y el más “mimado” por la dictadura, al igual que otros conjuntos y solistas.
Este folclore “miliquero” quedó muy desprestigiado entre los nuevos cantores integrantes del llamado “Canto Popular”. El proceso también asimiló el canto del payador. Solamente algunos se rebelaron y pagaron por su osadía, entre ellos se cuentan Carlos Molina y Felipe Luján Arellano.
Al finalizar la dictadura, muchos de estos folkloristas se fueron quedando sin trabajo y además fueron señalados, los más notorios, como colaboracionistas de un régimen asesino, terrorista y despótico.
En el nuevo movimiento del Canto Popular hubo muchos artistas de proyección folclórica, muchos de ellos llegados de distintos pagos del interior, y que en épocas de dictadura fueron prohibidos para cantar en espectáculos públicos.
Cuando se retoma el andar democrático, el gobierno del doctor Julio María Sanguinetti apuesta a otros géneros musicales que estuvieron perimidos durante la dictadura, y en su nuevo proyecto cultural aparece la idea fuerza de quitarle protagonismo al Canto Popular, tan intenso en años de oscurantismo. Los integrantes del Canto Popular, en su mayoría, eran simpatizantes de la izquierda (FA) y del wilsonismo (corriente que seguía a Wilson Ferreira Aldunate)
El nuevo mercado artístico fue creando un nuevo panorama en la cultura artística: no hay lugar para todos los que hacen música en el país. El rock and roll reaparece con sus nuevas posturas nacionales, la música tropical se fortalece, el Carnaval comienza a desprenderse de sus antiguas y pesadas amarras y la canción urbana comienza a desplazar a la canción de proyección folclórica.
Al quedarse sin espacios reales en la capital, las discográficas dejan de grabar a los artistas de raíz folclórica. Cada vez son menos los contratados para algunos fenómenos nuevos que se crearon como “los candombailes” y, además, tienen la menuda responsabilidad que compartir escenarios con los que regresaron del exilio.
La necesidad planteaba volver a reeditar los festivales del interior, lavarles la cara, quitarles las manchas, crear otros nuevos y llevar los artistas de raíz folclórica hacia el interior. Nuevos gestores culturales vinculados a circuitos comerciales fueron creando grandes festivales y retocando otros; por ejemplo al de Durazno se le cambió el nombre, al de Treinta y Tres también; se revitalizó la fiesta de Minas y Abril y aparecieron el Festival del Lago, el del Mate, el de Pan de Azúcar, el Sin Fronteras, etc.
A partir de la década del noventa, los cambios en el folclore argentino también fueron muy importantes y otra vez los medios hicieron llegar a esa nueva camada de artistas exitosos, tales como Soledad, Los Nocheros (argentinos) Luciano Pereira, etc.
La estética del público también cambió y en esa década, imitando en algo a los eventos enmarcados que se veían por TV, originados en Argentina, explotaron de manera masiva: así, en espacios abiertos, en contextos de ferias gastronómicas y jineteadas, camping, y venta de recuerdos, aparecen los nuevos festivales de folclore en Uruguay.
El interior se llenó de festivales a lo largo y a lo ancho. Primero sus artistas fueron los de proyección folclórica, los que resistieron en época dictatorial, los que volvieron del exilio, con algunos artistas locatarios; después se fueron diversificando y aceptaron otros géneros musicales y también comenzaron a contratar a los famosos y no tan famosos artistas argentinos. Esto conformó una gran feria musical y cuando hablamos de los festivales de proyección folclórica, sabemos que nos vamos a encontrar con estas grandes ferias donde todo el que asiste sabe que está lindo para escuchar música para “mover el esqueleto”
Es difícil encontrar un solista como en los festivales de los años sesenta, y es que los tiempos cambiaron.
En Montevideo, donde se desarrolló la mayor resistencia a la dictadura por parte del Canto Popular, solo quedó “el Festival de la Patria Grande” que se realiza en los escenarios de la Rural del Prado, todas las semanas de turismo, denominada Semana Criolla.
Lo extraordinario de estos cambios es que aparecieron cientos de grupos de bailes de folclore en muchos puntos del país.
Y también va desapareciendo la apreciada canción de texto basada en el arte de grandes poetas orientales.
Tabaré Arapí
Especial para HOY CANELONES

