«En el camino uno encuentra solidaridad»

Pablo Solo Díaz es un reconocido payador argentino que, además, se desempeña como docente de dibujo desde hace veinte años (en la actualidad imparte clases en cinco escuelas rurales). También es un destacado titiritero, arte con el cual realizó una adaptación de ‘El gaucho Martín Fierro’ para niños. Nacido en Buenos Aires, en una familia rural, actualmente reside en Las Flores (provincia de Buenos Aires).
Algunas semanas atrás, durante trece días, Pablo emprendió un viaje de cuatro mil kilómetros en moto por las provincias de Buenos Aires, La Pampa, Rio Negro, Neuquén, Mendoza y San Luis. A su paso, este trovador fue encontrando diversas realidades, personajes y vivencias que, una vez vuelto al pago, compartió con sus allegados por las redes sociales. HOY CANELONES contactó a Pablo Solo Díaz para conocer las instancias de su viaje, su relación con la payada (que está muy marcada con su vínculo con Uruguay) y algunos otros asuntos.
¿Cómo fueron tus inicios en el arte de la payada?
En 1978 (con 19 años) participé en un certamen que organizó Julio Martínez en Rafael Castillo. Ahí conocí a Saúl Huenchul y nos hicimos amigos para siempre. Estaba empezando mis estudios de Bellas Artes y si bien estuve cerca del ambiente, recién cuando me instalé definitivamente en Las Flores empecé con un programa de radio sobre payadores y a trabajar con asiduidad. Para entonces tenía 26 años.
¿A quién reconocés como influencia en tu trabajo?
Mi formación de payador se debe a José Curbelo. Lo conocí en 1975, cuando yo tenía 15 años y él 25. Curbelo ya era un talentoso exponente de este arte y fue tremendamente generoso conmigo, tal es así que es lo más parecido a un hermano mayor que tengo. Conocí con él el ambiente, la manera de trabajar, la obra de Carlos Molina, Luis Alberto Martínez, Abel Soria, Adolfo Cosso, y sobre todo una postura ética frente a la causa.
Mirá que casualidad… el payador José Curbelo es un paisano de por acá, nacido en Sauce…
Sí. Lo quiero como a un hermano mayor, sin duda. Con él conocí también a otros payadores orientales y argentinos que trabajaban en ese entonces: Jorge Gauna, El Indio Bares, Mosegui, Ayrala, López Terra, Lemble, Di Santo, Waldemar y Luis Gerardo Lagos.
¿Con que otros payadores permaneces en contacto o tenés mayor afinidad?
Compartimos muchas andanzas con un payador de Sarandí del Yí: Juan Ramón Aristeguy. Con él aprendí mucho también y compartimos nuestras primeras grabaciones y largas noches de «rascadas» en los boliches del campo. Cantamos en jineteadas, festivales y encuentros de payadores. Aristeguy está radicado en Las Flores también. Teníamos una vieja Chevrolet 64 con una cabina de madera, dos cuchetas y una cocinita. En ella cruzamos varias provincias argentinas llevando milongas y contrapuntos por delante. Trabajé también con Saúl Huenchul que me abrió las puertas de la Patagonia. Con él animamos durante años festivales en la provincia de Neuquén y algunos de sus libros están ilustrados por mí. Con José Curbelo en los noventa compartimos un par de giras por Chile junto a Yáñez y Peralta del país trasandino.
En la actualidad, trabajo y estoy en contacto con todos los compañeros, y sobre todo con Juan Alberto Lalanne, con quien compartimos un espectáculo ligado al ‘Circo Criollo’ (él es ventrílocuo) y su muñeco Julián, más el ‘Martín Fierro’ con máscaras y títeres que yo hago preludian las milongas y la payada de contrapunto con que cerramos la actuación. Juan Lalanne de Chascomús es un amigo generoso y lleno de talento.
¿Cómo surgió tu trabajo con los títeres?
Surgió cuando estudiaba Bellas Artes. En el taller de escultura empecé a construirlos. Después les enseñaba a los niños de las escuelas rurales a hacerlos y a manejarlos. Un día una directora me pide que les cuente el Martín Fierro a los chicos. Entonces me digo: ‘¿Cómo contarles la historia de Fierro para que los emocione y la vivan, la recuerden? Decido ponerme en la piel de Fierro, resucitarlo para que sea el propio Martín Fierro el que les cuente la historia. Entonces armo un espectáculo con títeres y máscaras que ya tenía construidos. Lo hice para hacer solo tres funciones…. pero los títeres ya no me soltaron más. Mis planes para el futuro son seguir recorriendo la Argentina con la obra y los títeres (ya estoy contratado para algunos festivales este año), además seguir improvisando y compartiendo encuentros. Anda dando vueltas un librito que tendrá que salir en algún momento, también. Además, voy a seguir dibujando por supuesto. (NOTA: Varios de los trabajos de Pablo pueden verse en el sitio www.eltungodepablosolo.blogspot.com.ar)
¿No tenés pensado cruzar a Uruguay?
Sí. Me gustaría mucho llevar mi trabajo titiritero por allá. Hay notables exponentes de ese arte allí. Lo mismo que pintores, dibujantes y caricaturistas, como los Títeres Cachiporra, que han recorrido el mundo con sus obras.
Hablame de este viaje en moto de cuatro mil kilómetros, recorriendo seis provincias…
Viajé para trabajar en la Fiesta del Ñaco, en la localidad del Cholar, en la provincia de Neuquén, casi en la frontera con Chile, en plena cordillera de los Andes, a 1600 kilómetros de casa. A último momento y por problemas con la provisión de agua potable, la fiesta fue suspendida y no alcanzaron a avisarme. Con más tiempo entonces alargué la gira y aproveché para meterme montaña adentro.
En moto…
Sí. Viajé mucho a caballo y viajar en moto se parece bastante. Salvo que a caballo hacía diez leguas por día y en la motito hago diez leguas por hora… Pero uno está cerca de la naturaleza, de la gente, de los caminos perdidos e intransitables. Además, la utilizo todo el año para ir a dar clase a las escuelas rurales donde trabajo.
Alguna anécdota del viaje…
Una anécdota o curiosidad del camino es que en todas los puestos de policía caminera en los pasos provinciales me decían, al verme de botas y bombachas con la guitarra a media espalda: ‘Pase, pase nomás que usted es de la zona’… y yo estaba a 2.000 kilómetros de ‘la zona’ mía… Pero es que hay un sentido de pertenencia muy grande en todo el país por lo gaucho. Y siempre encontré gente que supiera un verso, que dijera unas décimas, que escuchaba payadores. Está muy viva la poesía popular en el interior del país; por más que como siempre suele suceder, los grandes medios la ignoran.
¿Dónde parabas?
Paraba casi que ‘donde me agarraba la noche’. Llevaba una carpa que solo armé en ocasiones. Dormía ‘a campo’. Paré también en los puestos de las veranadas de la Cordillera o a la costa de los arroyos. Encontré paisanos cuidando sus animales a la costa del camino. Siempre hay una historia de vida apasionante en ellos. También llegué a una tapera a medio reconstruir en medio de la pampa dónde vive solitario un cura llamado Luis Reigada, que improvisa y escribe décimas. Vive como los antiguos ermitaños, solo. En el camino uno encuentra solidaridad. Esa es mi experiencia.
¿Cómo documentaste el viaje?
La mayoría del trayecto no tenía siquiera señal para el celular. El mío tampoco tiene conexión a internet. Así que fui tomando fotografías y escribiendo sobre el viaje. La publicación en Facebook la realicé cuando llegué a casa. Quería compartir momentos tan especiales. Tenemos una américa maravillosa, llena de tesoros culturales como la poesía oral, que tenemos que cuidar mucho. A veces nos quieren convencer de que está todo perdido… y me parece que no es así.
Martín Bentancor


