Historia de vida: Con Evelyn Marchicio, estudiante avanzada de Magisterio en la ciudad de Canelones

A sus 25 años de edad, Evelyn Marchicio es una estudiante avanzada de Magisterio en el Instituto de Formación Docente ‘Juan Amos Comenio’, de la ciudad de Canelones. Con solo una materia para recibirse, cumpliría su objetivo en el mes de diciembre para comenzar a ejercer su profesión en las aulas.

No es extraño para ella el trabajo, porque aparte de realizar las prácticas de su carrera como docente también supo dictar clases de Informática para adultos mayores en Centros MEC. Como trabajo final de Historia, una de las materias cursadas, Evelyn presentó un texto que había escrito sobre su vida con discapacidad motriz, vinculado al ámbito educativo, trabajo que luego fue publicado en el periódico La Diaria, a principios de febrero (ver Recuadro).
En diálogo con HOY CANELONES, Evelyn habló sobre su experiencia en el sistema educativo, siendo la primera estudiante de Magisterio con una discapacidad motriz (parálisis cerebral con triplejía espástica).

¿Qué te motivó a escribir el artículo?
Lo que hice fue escribir la mirada desde el lado de los adultos y los niños hacia la discapacidad. Vi que los adultos nunca preguntan lo que te pasó o lo que tenés, por qué caminas con dificultad o lo que sea y los niños sí. Ellos averiguan y te preguntan cómo te trasladás u otras preguntas de lo cotidiano. Te preguntan ‘¿Cómo te bañás?’ o cosas así… y ahí se ve la diferencia. El adulto siempre tiende a tener la respuesta y el niño a averiguarla. En general el adulto lo tiene resuelto y no se interesa o le da vergüenza o miedo enfrentarse a eso y preguntar, porque quizás no te gusta hablarlo. No sé si es un prejuicio pero es como una barrera que los adultos nos ponemos, así como con otros temas.

¿En tu camino académico pasaron este tipo de situaciones?
Cuando comencé Magisterio me planteaban que era la primera alumna en la institución con una discapacidad. Entonces no había una rampa o un baño adaptado para usar, aunque en mi caso no hace falta. No estaba pensado para que vaya alguien con discapacidad. Yo, dentro de mis posibilidades, subo escaleras, no tengo esa dificultad, pero si fuera otro compañero que vaya, por ejemplo, en silla de ruedas, no había un lugar para entrar. A lo largo de estos años, justo que estoy terminando, he visto que hay una rampa. Hicieron una entrada para silla de ruedas, han agregado barandas en las escaleras y han hecho todo más accesible.

Así que algo se ha avanzado en ese sentido…
Es como me pasó en el liceo, que cuando terminé vi todo el cambio que se hizo. Es como que no está pensado desde la infraestructura, no se crea un centro educativo listo para que alguien vaya, pero en el caso que alguien vaya se ve cómo se resuelve.

¿Y en la forma de pensar ha cambiado?
En mi caso, al principio, no sé si decirle rechazo, pero hubo gente, docentes, con los que había una barrera. Se preguntaban ‘¿Cómo se va a trasladar?’, ‘¿Cómo va a estar en frente al salón?’, o por el tema de caminar entre los bancos y demás. Creo que todo eso se da hasta que empiezan a conocer, hasta el día que me vieron entrar a una clase. El día que me fueron a visitar como a cualquier otro compañero y vieron cómo trabajo, que puedo hacerlo bien o mal, pero que la discapacidad no es una barrera para eso, ahí fue cuando entendieron que podía. Si tenía que superar una cosa era por tener dificultades, pero no por la discapacidad, sino porque hay materias que me pueden costar más, por ejemplo, como a cualquier persona.

¿Cómo te has sentido en tus experiencias como docente?
Bien, siempre me sentí cómoda. Buscaba estrategias, capaz que diferentes, pero que pueden ser parecidas a las de mis compañeros. Usar un poco más la tecnología, buscar alternativas que estén dentro de lo que es la didáctica, que lo puede hacer cualquiera, como cada uno encuentra su forma de trabajo. A mí no me ha afectado en nada, siempre he viajado en ómnibus… me ha tocado ir a La Paz o Santa Lucía.

Así como ha habido gente que ha puesto piedras en el camino, ¿qué te ayudó a superar las dificultades?
El apoyo de mi familia, de los otros docentes, porque si bien hubo de los que pusieron trabas, también hubo otros que me apoyaban para ir para adelante. En las escuelas, las maestras nunca me hicieron un problema, sino al contrario, siempre dieron su apoyo. Y con mis compañeros la relación siempre fue muy buena.

¿Qué esperás para el futuro?
Tengo planes de recibirme en diciembre. Tengo un examen de Literatura, que si lo salvo me recibiría y después de eso viene el concurso de maestros, que es en el mes de febrero, para elegir alguna escuela y dentro de lo que hay poder trabajar.
Martín Romego

De lo que no se habla

A lo largo de nuestra escolarización nos muestran una parte de la historia. Por diferentes motivos, por la subjetividad de quienes la cuentan, sólo se muestran “los triunfos”, “los vencedores”, muchas veces porque se desconoce incluso qué fue lo que pasó. No recuerdo a ninguna maestra de mi niñez, ni a docentes de Secundaria, ni a docentes en Formación Docente que hablaran de personas con discapacidad como actores de la historia.
La sociedad ha ocultado a las personas con discapacidad. Muchas veces me pregunté: ¿En los siglos pasados no existían personas con discapacidad? ¿Es algo reciente? Y la respuesta es no, no es algo reciente, siempre existió y existirá.
Algunas veces hemos escuchado decir “El hijo o la hija de tal o cual era enfermo, enferma –un término que hasta el día de hoy existe– y jamás se lo vio salir de su cuarto”. Enfermedad; término que se utiliza mal, ya que la discapacidad no es una enfermedad, porque no tiene cura, porque nadie se muere por discapacidad. La discapacidad es una condición que, dependiendo del grado, me va a permitir, o no, hacer determinadas cosas, voy a tener que adaptarme al mundo.
La falta de información y el no poner el tema sobre la mesa es lo que causa discriminación; estos últimos años lo he comprobado y los niños me lo han demostrado. Mi mayor miedo al estudiar Magisterio era enfrentarme a las prácticas docentes, cómo los niños me iban a recibir (¿me querrían?). Y los niños son mágicos; esa es la palabra justa.
Mucha gente piensa que las personas con discapacidad que trabajan no pueden ser maestras y maestros, que sólo pueden estar detrás de una computadora, de un teléfono. Y eso es triste, no sólo por mí, sino por ellos y por aquellas personas con discapacidad que creyeron que no podían. Es ahí cuando me cuestiono la falta de información que existe, las creencias, los tabúes que existen acerca de la discapacidad.
La mayoría de las veces se asocia a la discapacidad con la discapacidad mental, que también existe, pero que no tiene por qué venir de la mano de la física, o viceversa. Quizás en ese punto tuve suerte: mi familia, amigos y docentes nunca me hicieron sentir diferente, siempre me exigieron lo mismo que a una persona que no tiene discapacidad. Así me olvidé por muchos años de que tengo una discapacidad, hasta que comencé Magisterio y nuevamente los cuestionamientos comenzaron, esta vez por parte de docentes: ¿cómo trabajará con niños?
¿Soy la primera estudiante con discapacidad que desea ser maestra? ¿Qué pasa en el sistema educativo que nadie con discapacidad deseó estudiar Magisterio? Y por momentos, también: ¿podré con toda la responsabilidad que se necesita para ejercer dicha tarea?; ¿por qué tendría que trabajar de administrativa? Estas preguntas me llevaron a la descabellada idea de querer abandonar Magisterio. Por suerte no lo hice, porque tengo el derecho y las ganas de trabajar en esto y para esto.
Una vez que trabaje tendré que convencer a colegas, compañeros de trabajo, padres y madres de alumnos, y quizás a algún alumno no tan flexible como los de hasta ahora. Busqué y buscaré todos los días, mientras ejerza mi tarea, métodos, técnicas, formas de adaptar mi trabajo con un compromiso y responsabilidad iguales o mayores que los de cualquier docente.
Evelyn Marchicio
Publicado en La Diaria, el 7 de febrero de 2020.