Con el dramaturgo Carlos Diviesti, previo al estreno de ‘Domingo en el recreo’, en Montevideo

Esta noche, a las 21 hrs., en el Teatro Victoria, de Montevideo, se estrenará la obra ‘Domingo en el recreo’, con texto del dramaturgo argentino Carlos Diviesti y bajo la dirección de Pablo Isasmendi y Horacio Camandulle.

Además de escribir para el teatro, Carlos Diviesti (1967) es gestor cultural, crítico cinematográfico y realizador audiovisual. Hace un par de años, recorrió el sur del departamento de Canelones registrando imágenes para su película ‘Martín Bentancor. Retrato de un escritor uruguayo’, que se encuentra en etapa de postproducción. El año pasado, también en el Teatro Victoria, Diviesti estrenó la obra ‘El polvo en el vendaval’, protagonizada por Pablo Isasmendi y Horacio Camandulle. Esta vez, los dos actores encararon la dirección de ‘Domingo en el recreo’, la nueva obra del argentino. Sobre el estreno de esta noche, sus vínculos con Uruguay y escribir y ver teatro en tiempos de pandemia, entre otros temas, HOY CANELONES conversó con Carlos Diviesti.

¿Qué significa para usted volver a estrenar una obra suya en Montevideo?
En principio significa consolidar una plaza para mis textos distinta de Buenos Aires. Montevideo, hoy, tiene vocación por investigar en formas teatrales sin olvidar la fuente del teatro clásico al que siempre hay que volver. Eso es una suerte y un aliciente muy grande. Es muy común ver en los teatros oficiales de Buenos Aires las mismas formas escénicas que en el teatro fuera del circuito comercial, formas propias de las nuevas miradas sobre el teatro que, en buena medida, reniegan del repertorio y que son ‘exitosas’. Y para uno, que se nutre del pasado para narrar el presente, es fundamental revisitar algunos materiales que se pierden en el tiempo porque es de ahí de donde se aprende a mejorar lo nuevo, que por ser nuevo todavía no echó raíces. Esto vale también para el cine. Estoy convencido de que el mejor cine social que se hizo en el mundo se filmó en Hollywood entre 1928 y 1934, cuando entra en vigencia el Código Hays, un código de censura previa que impidió por imposición el desarrollo intelectual en la cinematografía y que se vislumbró con la aparición del cine sonoro. Ese cine no está oculto, está olvidado. Esto pareciera no tener que ver con el teatro, pero sí tiene que ver con las formas temáticas que elijo para mis obras. No hay presente más venturoso que el que se anima a examinar el pasado, y a examinarlo sin apasionamiento pero sin retacearle cariño al trabajo que esto implica. Eso, visto montado sobre un escenario, tiene una llegada directa y perdurable en la memoria del espectador. Creo que por eso el teatro es inmortal.

Hábleme un poco de ‘Domingo en el recreo’. ¿Cuándo la escribió y de qué va el asunto a grandes rasgos?
La obra fue escrita en 2018. La razón que me llevó a escribirla está en una nota publicada por el diario La Nación, en la que se entrevistaba a dos adolescentes, varón y mujer, que enfrentaban la vida luego de egresar de un internado para niños expósitos. Estos dos chicos no habían tenido la posibilidad de ser adoptados, y esa soledad que se podía entrever en ellos en realidad entrañaba una cuestión más profunda, que es la del abandono del Estado a la infancia, una cuestión que aún no tuvo cambios en la Argentina, porque no cuenta con una ley de adopción satisfactoria tanto para los adoptantes como para los niños. Los años que se tarda en darle la guarda definitiva de esos niños a los adoptantes, muchas veces echa por tierra la formación de una familia. Ese es un gran problema en nuestro país, un problema que no tiene agenda cierta. Pero si esto ocurre hoy, ¿qué podía suceder en el pasado? ¿Cómo se arreglaba la gente para aceptar o paliar la soledad? Esa es la anécdota de esta pieza: cómo dos chaperonas intentan que un gurí y que una gurisa se conozcan con la intención de quererse y para no quedarse solos, casi como pasa en las películas anteriores a la Segunda Guerra Mundial, antes de que el cinismo fuera la mejor herramienta para sobrevivir y tiñera cualquier clase de esperanza. Sin embargo, esos chicos tienen otras intenciones para sí mismos, aunque son conscientes del futuro. Esta pieza se la pasé a leer al amigo Pablo Isasmendi, como hago con todo el material que escribo. A él lo entusiasmó de entrada, quizás porque él y yo compartimos esta necesidad de guardar el pasado para proyectar el porvenir, y así fue como Pablo buscó la manera de asociar esa historia que se desarrolla en un ambiente muy común de la Argentina en la primera mitad del siglo XX (el ambiente de los recreos familiares, esos espacios donde la gente iba a pasar sus domingos o feriados al aire libre), con la realidad uruguaya. A partir de una investigación de la doctora María Laura Osta Vázquez, titulada ‘Imágenes resistentes. El lenguaje de las “señales” en las prácticas de abandono en Montevideo (1895-1934)’, es que la obra cobró un espesor no previsto.

 

A diferencia de Montevideo, Buenos Aires tiene medidas muy estrictas en cuanto a la pandemia. Como dramaturgo y degustador de espectáculos teatrales, ¿cómo vive todo esto? ¿Hay más tiempo para escribir? ¿Extraña los estrenos y la asistencia a las funciones?
Hoy, casi ocho meses después del comienzo de esta situación, las medidas no son tan estrictas como sí posiblemente arbitrarias. Esto que digo corre por mi exclusiva cuenta. No sabría decirle si esa posible arbitrariedad radica en decisiones del Gobierno, o si es producto de nuestra idiosincrasia. Me inclino a pensar más lo segundo que lo primero. Los argentinos (y sobre todo en los grandes conglomerados urbanos como Buenos Aires, Córdoba, Rosario o Mendoza) solemos acomodar las medidas de los gobiernos a nuestros propios intereses, y por eso hay cuestiones como las del teatro que no se homologan a las aperturas, como por ejemplo la de la gastronomía. ¿Por qué podemos ir a comer a un restaurante, así sea en la vereda (como efectivamente ocurre en todo el país), y no a ver una pieza teatral al aire libre? ¿El teatro es improductivo y por eso no es necesario? Quizás para lo que haya servido esta situación de pandemia es para replantearnos socialmente la forma del trabajo, una cuestión filosófica que se impuso con peso propio, porque ya no nos sirve de nada la cultura del rebusque. Y justamente es en cuestiones de la cultura donde la crisis que comenzó con la pandemia se hará aún más profunda. En la Argentina se ha confundido durante mucho tiempo cultura con espectáculo y hoy, cuando muchos de los referentes del espectáculo notan que no tienen el amparo de la cultura para desarrollar su actividad, es cuando hay que replantearse la real dimensión que tienen los bienes y servicios culturales en el desarrollo social y como factor de desarrollo económico. Lo que yo extraño no es el asunto de ir al teatro a participar de una función: lo que extraño es la rutina de programar el tiempo del ocio creativo, o del ocio a secas. Ahora estamos obligados a descubrir cómo hacerlo, y a los que nos dedicamos a la gestión cultural se nos impone el desafío de encontrar variantes sustentables. Nadie sabe en el mundo cuándo volveremos a ir al teatro tal como estábamos acostumbrados a hacerlo; el desafío, entonces, no es volver a lo anterior sino encontrar otra manera de insertar el teatro en esta nueva cotidianidad. No creo que el streaming sea esa manera, aunque coyunturalmente le rinda algunas monedas al bolsillo.

¿En que anda el dramaturgo Diviesti por estos días en el plano de la escritura?
En estos meses retraídos, confinados, de pura introspección, conseguí terminar nueve textos nuevos. En casi toda esa producción, y a lo mejor debido a este asunto de pensar dónde estamos parados, descubro que hay un tema en común que tiene que ver con el rol del espectador en esas ficciones. En buena parte de ellas los personajes saben que tienen un auditorio que es receptor de su historia, por lo que la búsqueda pasa por reformular esa cosa pasiva de ver cómo le pasa la vida a los otros. Es la pregunta que siempre me formulo: ¿qué me pasa a mí mientras veo una obra de teatro. ¿Y si, inopinadamente, la obra me involucra? En eso estamos ahora, y algo ya estamos preparando para montar el año que viene, o cuando sea propicio. Por lo pronto, lamento mucho no poder estar en el estreno de ‘Domingo en el recreo’. Sé que el trabajo que hacen Pablo Isasmendi y Horacio Camandulle desde la dirección es un trabajo amoroso y dedicado, así que, aunque esta vez no esté allí para verlo personalmente, con ellos dos ya tenemos un mundo creativo en común que ojalá perdure por mucho tiempo.
Ernesto Borgnino