Un repaso a la vida y obra del escritor Antonio Di Benedetto (segunda parte)

Ante el silencio

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Una escena de la película ‘Aballay’ (2010), basada en un relato de Antonio Di Benedetto y dirigida por Fernando Spiner.

Figura olvidada de las letras argentinas e hispanoamericanas en su conjunto, la obra del escritor argentino espera una justa revisión y un mayor alcance.

La espera

Aunque la crítica ha colocado a Antonio Di Benedetto dentro de la llamada «Generación del 55», junto a los nombres de Rodolfo Walsh, David Viñas y H. A. Murena, entre otros, la particular concepción de su obra lo hace escapar de la mera clasificación y no atarlo al acotado espacio de un grupo. Si bien Di Benedetto comparte con los autores de la citada generación la fuerte impronta del existencialismo francés y de la narrativa de la llamada «Generación perdida» norteamericana, sus textos obligan a borrar las líneas de división y a ser leídos en una perspectiva más amplia. La publicación, en 1956, de su novela Zama contribuyó, aún más, a potenciar su carácter único.
Considerada su obra más importante, Zama constituye en sí misma el punto medular de la concepción literaria de Di Benedetto a la vez que lo convierte, indefectiblemente, en un caso anómalo dentro de la literatura hispanoamericana. En un texto breve, con un depurado y respetuoso uso del idioma, el autor narra la inútil espera de funcionario real español Diego de Zama en un puerto perdido del virreinato americano.
La publicación del volumen de cuentos Grot en 1957, amplió lo que en Zama oficia como una suerte de manifiesto existencial: la imposibilidad del hombre para vencer la trama secreta de la que forma parte.
Con los relatos de Declinación y Ángel (1958), Di Benedetto profundizó una técnica que, si bien en Annabella pugnaba por emerger, adquiere aquí máxima expresión: el objetivismo. El cuento que le da nombre al libro funciona como una suerte de credo objetivista, al narrar una historia donde los objetos adquieren pleno protagonismo, deslindándose de cualquier función humana. «Fue concebido de modo que cada acción pueda ser fotografiada o dibujada o en todo caso termine de explicarse con el diálogo, el ruido de los objetos o, simplemente, la música», explica el autor en el prólogo.

Ruido y silencio

Cuando en 1964, Di Benedetto publica su tercera novela, El silenciero, se había convertido en una voz relativamente conocida de las letras argentinas. La novela obtuvo el «Gran Premio de la Subsecretaría de Cultura de la Nación» (bienio 1963-64), de la mano de un jurado integrado por Manuel Mujica Lainez, Silvina Bullrich y Abelardo Arias. Su actividad periodística le permitía viajar por distintos países y algunos de sus libros comenzaban a ser traducidos y publicados en el exterior.
Al igual que Diego de Zama, el protagonista de El silenciero debe enfrentar a una fuerza superior que pugna por controlar todos sus movimientos. El narrador de esta breve novela aspira a construir un mundo silencioso, despojado del odioso ruido que lo rodea. Para lograr su objetivo diseña disparatados sistemas pero, a cada intento, el ruido adopta nuevas y poderosas formas. Un ómnibus encendido y estacionado, la construcción de un taller mecánico en el barrio y el incansable tocadiscos de la dueña de una pensión, se convierten en poderosos enemigos contra los que el silenciero debe combatir.
Con su cuarta novela, Los suicidas (1969), Di Benedetto recurrió al estilo periodístico para relatar una sórdida investigación que tiene en los sujetos del título la clave de su oscuro tema. Frases breves e informativas sostienen un relato planteado como un informe aparentemente objetivo. «Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde. Tenía 33 años. El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad», comienza la historia del periodista encargado de investigar tres suicidios y que se verá atrapado entre los fantasmas de sus propios suicidas. El ambiente opresivo de la obra, la buscada simpleza de la sintaxis y algunas escenas de violencia son deudoras de la novela negra norteamericana.

Cárcel y exilio

El año y medio que Antonio Di Benedetto pasó en la cárcel conmocionó su carácter pacífico y su particular bonhomía, convirtiéndolo en un hombre frágil y enfermo. Los simulacros de fusilamiento, la estrechez del espacio en que fue confinado y la propia incertidumbre sobre las razones de su encierro, aceleraron el desgaste de su organismo. El hombre que recuperó la libertad en setiembre de 1977, poco tenía que ver con el osado periodista que innovara un periódico desde el puesto de subdirector. Di Benedetto le debió el fin de su encierro a un grupo de amigos e intelectuales que intercedieron ante el gobierno militar para terminar con su cautiverio. Un telegrama del Premio Nobel Heinrich Böll, dirigido personalmente a Jorge Videla, fue el detonante que propició su libertad.
El libro Absurdos (1978) contiene una serie de relatos que Di Benedetto redactó en la cárcel y que logró deslizar al exterior pese a la sistemática requisa y ruptura de sus papeles por parte de la guardia militar. La escultora Adelma Petroni, amiga personal de Di Benedetto y destinataria de los textos, le refirió a María Esther Vázquez el particular sistema con que Di Benedetto evadió la censura: «Me mandaba cartas donde me decía: ‘Anoche tuve un sueño muy lindo, voy a contártelo’. Y transcribía el texto del cuento con letra microscópica». Gracias al limitado olfato literario de sus captores, Di Benedetto pudo publicar uno de sus mejores libros. En Absurdos se encuentran reunidas sus mejores piezas breves; relatos como «Hombre invadido», «Felino de indias» o «Cínico y ceniza», volvieron a presentar a Di Benedetto ante sus lectores con el mismo pulso narrativo de sus primeros textos.
Cuatro meses después de su liberación, Di Benedetto inició el exilio que lo llevaría por Inglaterra, Alemania, Francia y España, entre otros países. En 1981 recibió una beca de la Fundación MacDowell de EE.UU. para residir durante unos meses en New Hampshire redactando un libro. Di Benedetto se instaló en una cabaña en medio del bosque y rodeado por el apacible entorno procedió a escribir gran parte de su última novela, Sombras, nada más…, que sería publicada cuatro años después. La estadía en New Hampshire intensificó su carácter solitario y le permitió redactar su obra más compleja y de mayor peso autobiográfico. «Escribía y pensaba», le confesó a Jorge Halperín en una entrevista de 1985. «Mi método de trabajo consiste en pensar un párrafo, descomponerlo en frases, repitiéndolas en voz alta para percibir la cadencia que les he impuesto, pensando cómo le van a resultar al lector». La confesión de su sistema de escritura contrasta con el que debió utilizar en la cárcel y confirma el valor del silencio como una necesidad para el escritor.
El regreso de Di Benedetto a la Argentina en 1984 estuvo signado por el desmejoramiento de su salud y por su precaria situación económica. Al poco de llegar fue convocado para ocupar el puesto de asesor en la Secretaría de Cultura de la Nación. Cuando en 1985 el gobierno de Alfonsín no le renovó el cargo aduciendo «razones de austeridad», Di Benedetto se convirtió en asesor del gobernador de Mendoza, Felipe Llaver. Falleció en Buenos Aires, el 10 de octubre de 1986, a pocos días de cumplir sesenta y cuatro años. Acababa de recibir el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) y trabajaba en una recopilación con sus mejores trabajos. El volumen vería la luz de forma póstuma bajo el título Páginas de Antonio Di Benedetto seleccionadas por él mismo.
Tras su muerte, la obra de Antonio Di Benedetto comenzó un extraño derrotero, un periplo marcado por la admiración de un grupo de lectores incondicionales y por la franca indiferencia de una inmensa mayoría. Su nombre no aparecía en antologías, no designaba nutridas bibliotecas o no se mezclaba en la agenda de críticos y editores a la hora de analizar cualquier fenómeno literario. Ha sido el tiempo, ese ente inabarcable y eterno que tan bien supo retratar en sus ficciones, el que lo regresó del silencio en que injustamente había caído.

Martín Bentancor