Hola. Mi nombre es Víctor Gómez y habitualmente escribo algunas líneas para ese prestigioso diario de lo que sucede con las actividades del club de Rugby Canarios, de la ciudad de Canelones.
No acostumbro a escribir sobre mi vida personal, pero creo que en esta oportunidad, muchos jóvenes que son discriminados por hiperobesos en otros deportes se pueden sentir identificados con la experiencia que cambió mi vida y la de mucha gente.
Soy hijo de maestros rurales que me criaron con mucho amor. A pesar de las carencias económicas de aquellos tiempos, ellos dieron lo mejor de su vida para sus alumnos en la escuelita del pueblito Juan José Castro, que queda medio perdido en la ruta 14 vieja entre Trinidad y Durazno.
Cercano a la llegada de los años ochenta, emigramos con mi familia para Montevideo, debido a que mis padres buscaban tener la experiencia de trabajar sus últimos años en alguna escuela de la capital y darnos así también más posibilidades educativas acorde a nuestras vocaciones. Allí, un gran desafío fue vivir en un pequeño apartamentito de un dormitorio para cuatro personas, en un barrio hostil que si bien no era de los peores (la Comercial), muchos jóvenes nos agredían a mi hermano y a mi despectivamente por ser del interior.
Concurrí a la escuela 171 de Nicaragua y Paullier, donde hasta los maestros no comprendían las inconductas y nerviosismo por todo lo que nos acontecía por el cambio de vida y el ahora llamado «bullying», por lo que mis padres me cambiaron para la escuela Nº 1 España, sobre 18 de Julio, donde cursé un brillante 6to. año debido a que la directora comprendió nuestra situación y canalizó mi inquietud haciéndome organizar exposiciones de ciencia, ya que ya en esas edades ya realizaba experimentos electrónicos, oficio que tuve toda mi vida.
En la adolescencia, dediqué mucho a mi hobby de la radioafición y comencé muy joven a trabajar en una fábrica de transformadores. Me especialicé luego en radiocomunicaciones y electrónica. Mis abuelos hicieron un esfuerzo y me mandaron a la ORT cuando aún no era conocida como ahora.
Cuando tenía 17 años, mi padre enfermó de leucemia y allí comenzaron las angustias y los trajines por sanatorios, médicos y situaciones penosas hasta que falleció, momento en que yo trabajaba en una empresa de radiocomunicaciones que aún existe. Como joven inquieto, ingresé al Radio Club Uruguayo, donde tuve el placer de dominar el hobby de las comunicaciones ayudando a mucha gente en situaciones extremas gracias a la herramienta de la radio. Mi dedicación permitió que fuera reelecto en tres períodos como presidente de esa institución legendaria y varios años directivo. Desde allí proyecté y fundé el primer monumento a los radioaficionados del mundo que aún luce en la entrada a la ciudad de Paso de los Toros.
Pasaron muchas cosas después: el fallecimiento de mi madre debido a un cáncer de mama con una convalecencia penosa de años y cosas lindas como el hecho de casarme con mi señora, que había conocido toda mi vida desde la escuela en Trinidad, con quien somos muy felices y tengo un hijo muy hermoso.
Pero el tiempo es implacable. El stress de lo pasado con mis padres, las exigencias laborales etc. hacían que junto a mi señora comiéramos mucha comida chatarra a contrarreloj, llegando a una obesidad en mi caso extrema, con riesgo vital ya que tenía cardiomegalia y las presiones altas y juntas. Mi destino era muy triste.
Un día, teniendo ya 30 años de edad, un hijo de un mecánico al que llevé mi viejo jeep, tuvo la mejor confusión de su vida: me creyó jugador de rugby de un club que yo no conocía. Le pregunté si le parecía que con mi estado y edad podría aun ingresar en ese deporte que yo amaba mirar por TV, a pesar que casi nunca se difundía, y me preguntó que qué esperaba para ir.
Así comenzó la mejor revancha de mi vida. Me recibieron y arengaron a convertirme en deportista; hice mil sacrificios para soportar los primeros entrenamientos hasta que empecé a sentirme como nunca de bien. Los médicos que antes habían querido recetarme remedios para la presión no sólo constataron mi mejoría, sino que comprobaron que el ejercicio había normalizado el tamaño de mi corazón, convirtiéndome en un gordo saludable. Mis análisis de sangre tenían niveles envidiables; una doctora me preguntó qué remedio había tomado para cambiar tanto, y simplemente le dije «rugby».
Fue así que seguí y sigo una febril carrera contra el tiempo y la biología, intentando aprovechar cada instante maravilloso que este deporte me regala día a día. Hice mil sacrificios para jamás faltar a entrenamientos. Yo vivía ya en la chacra en que resido en Rincón del Colorado y el club al que estaba yendo estaba a 70 km. Hubo ocasiones en que tenía que «ordeñar» mi viejo tractor para conseguir algo de gasoil para no faltar a una práctica. En momentos que la chacra sólo me daba pérdidas por problemas climáticos, viajaba por horas, muchas veces dejando a mi señora junto a mi pequeño hijo, solos en el campo, que por suerte donde vivo era muy seguro. Cuando tenía 38 años llegó un premio impensable a mi edad: la convocatoria para un seleccionado del interior que jugó partidos internacionales, dándome la pauta de que nunca es tarde cuando uno se esfuerza, coronando todo sacrificio y dándome una felicidad que aún conservo.
Por todo lo que me dio el rugby, entendí que la mejor forma de devolverle algo a este deporte era prepararme y enseñarlo, y luego fundé un club en Las Piedras a comienzos del 2001, llevándole este deporte a chicos muy humildes, muchos de los cuales no lo hubieran conocido. El mejor pago fue cuando uno de esos chicos salió de un partido llorando y me abrazó agradeciéndome el haberle hecho conocer este deporte que lo hacía tan feliz. Si bien luego de cinco años de increíble dedicación y crecimiento de los llamados «Chacareros Rugby» de Las Piedras, la cercanía a Montevideo y el no haber preparado a más gente para poder afrontar ese crecimiento, hizo que se nos fuera de las manos, por lo que no pudimos continuar con esa experiencia.
Fue así, que años después, un joven de la capital departamental, nos invitó a un fiel amigo y a mi, a recrear la experiencia en esa ciudad, por lo que comenzamos allí una febril lucha hasta hoy fundando y viendo crecer esa experiencia maravillosa llamada Canarios Rugby, conformado por casi 100 chicos y chicas. Hace cuatro años que junto a mi vieja camioneta (record Güines en kilómetros dedicados honorariamente al rugby: mas de 500 mil) seguimos transitando las rutas, sembrando, haciendo felices y demostrando que el rugby es un deporte único, inclusivo, al que TODOS pueden acceder.
Actualmente tengo 47 años y aún juego junto a mis chicos, sintiéndome excelente, feliz, y con ganas de seguir cultivando este deporte increíble. Este mes hemos ido nuevamente a Las Piedras para enseñarle a los chicos de esa gran ciudad e integrarlos al club de Canelones, bajo los mismos colores, rojo, negro y blanco. Por eso, señores padres, jamás duden en que sus hijos, sin importar sus condiciones físicas, prueben llevarlo a entrenar un día: conocerán los valores, el compañerismo y una filosofía únicos. No esperen que les pase como a mí, de haberlo conocido ya veterano.
Víctor Gómez

