En nuestra nota de portada del jueves 21 de marzo de 2019, dimos a conocer la historia de Martín Cardozo y Verónica Echenique, dos jóvenes de Paraje Etchevarría que desde hace algún tiempo se hicieron al camino para recorrer América a bordo de un auto acondicionado para la ocasión, y que bautizaron su aventura como ‘La Sociedad de la Minocha Galáctica’. En su periplo nos remitieron interesantes crónicas desde el Chaco paraguayo, Bolivia, Perú, la ciudad Sagrada de Caral y Huantsan Cocha, la montaña del dragón y las sierras de Perú y Ecuador, entre otras. Hoy compartimos la segunda parte de esta crónica sobre el gran pueblo de los Andes.
Seguimos al sur y subiendo, a 2.600 metros. Vamos rumbo a ‘Moray’, una construcción incaica muy curiosa. Nos adentramos en una pampa cultivada con granos y pasando una colina llegamos a una gran hondonada, donde los incas construyeron una estación de investigación agropecuaria. La hondonada tiene forma de embudo y los incas aprovecharon esta forma construyendo terrazas en toda su pared. Tiene un parecido a los anfiteatros romanos pero su función no tiene nada que ver: los incas aquí probaban distintos granos de maíz y los exponían a diferentes condiciones climáticas, lo que hacían sembrando a diversas alturas y con variables orientaciones en el embudo de forma, que podían evaluar cuál funcionaba mejor y así determinar qué grano seria eficiente en los diferentes sitios del imperio. ¿Hábiles, no? El complejo es enorme, tanto que se ha dicho que es una pista de aterrizaje de naves extraterrestres, pero no, los incas no ahorraban en recursos cuando estaban convencidos de algo y el maíz era la comida de la nobleza.
Continuamos ascendiendo el valle, con el río que se hace cada vez más chico y así, subiendo hasta los 3.600 metros, encontramos la capital. Cusco nos recibe en la tarde bulliciosa, soleada y con un tránsito difícil pero bastante ordenado para ser Perú. La capital incaica fue la capital del virreinato y hoy es la capital cultural de Perú, un pequeño valle en lo alto donde las riquezas fueron encauzadas a lo largo de los siglos, donde hoy se encuentra la cultura de los nativos junto con los saberes y las creencias de los conquistadores, además de exponentes de la industrialización, la modernidad y la globalización. Hoy Cusco sigue tan viva y dinámica como antes: ciudad que nació capital y parece ser su destino, la capital de los Andes.

Caminamos por Cusco. Vamos por el barrio viejo en la nochecita y caminamos por las piedras de las calzadas incas, gris oscuras, rectangulares y con una pequeña caída al centro de la calle donde pasa un canal para sacar los líquidos. La calle es angosta como un carro, derecha como una regla y es flanqueada hasta la esquina por sendos muros incas brillantemente acabados. El de la izquierda es de la casa de un noble, con piedras rectangulares todas iguales siguiendo sus líneas de nivel que apenas se doblan en la distancia. En este muro se abren a intervalos regulares, dinteles dobles con forma trapezoidal que dan ingreso a un prado pequeño donde pasta una llama y los artesanos nos hacen ademanes para que les compremos algo. Pasamos de largo y atendemos al muro de la derecha, que es muy diferente: está construido con rocas enormes como autos. Tallaron todas las superficies que encastran con otras piedras pero la cara que da a la calle guarda la redondez original de la piedra. Con un poco de imaginación se ven caras y animales mitológicos, de los que los guías turísticos aseguran su existencia por no tener nada más que decir.
Este muro corresponde a la casa de las vírgenes, mujeres al servicio del inca que dedicaban su tiempo al tejido y otras artesanías, además de atender a su amo. Hoy, sobre este muro, se levanta la Iglesia de los Hermanos Jesuitas, que da su frente a la plaza de armas donde ajusticiaron a Túpac Amaru pero donde hoy está en su fuente central la imagen del inca en una estatua toda dorada como el sol. ¡Qué contraste!, pensamos y seguimos, doblamos en la esquina a la derecha y pasamos caminando perezosamente por la puerta de la Iglesia Jesuita. Nos cobran para entrar, así que seguimos viendo la plaza. Está rodeada de construcciones estilo español, con balcones de madera y paredes a la cal. En una esquina se levanta otra enorme iglesia que dejamos atrás pues vamos buscando al inca, caminamos por la calle central, hoy peatonal, y llena de todos los bienes y servicios que la imaginación pueda concebir, pero seguimos admirando la iluminación colonial, los faroles de hierro fundido… De vez en cuando nos detenemos a leer un cartel turístico que nos informa que debajo de la calle encontraron tuberías de terracota, donde se cree que pasaba agua caliente. Más allá, una loza de piedra marca el sitio donde fueron silenciados los dirigentes incas de la última rebelión.

Seguimos asombrados de la cantidad de personas y lo cosmopolita de sus vestimentas y andares. Una oferta en una vidriera para hacer ceremonia con Ayahuasca que se puede pagar con VISA y, un poquito más adelante, en la entrada de un negocio de artesanías, nos convidan con hojas de coca para paliar el mal de altura. Pensamos que la ambición y el antagonismo se dan también cita en la ciudad; seguimos por una cuadra o dos y, a la derecha, se abre ante nosotros una iglesia bastante bonita, simple, alta con una forma curiosamente circular en su torreón y vemos que debajo de ella están los incomparables muros incaicos del templo solar, el Coricancha, la residencia oficial del inca, la construcción más venerada del imperio. Rocas perfectamente talladas acompañan lo que fue la ladera de la montaña, siguen por la derecha formando un muro de escalinatas y terrazas donde el sol da de lleno en el amanecer. Se ven piedras dispuestas como escalones que ascienden a las galerías superiores donde la talla aún es mejor, formando habitaciones pequeñas y pesadillos misteriosos entreverados entre las paredes burdas de la iglesia: un matrimonio que nunca pudo ser.
Desde lo que eran la habitaciones reales, el inca aparecía al amanecer más arriba que todos su súbditos, enmarcado por los muros revestidos de chapa de oro y de forma ritual daba captura al sol, para que nutriera a su pueblo y aquí, en un banquito, nos sentamos a respirar, admirar lo inconcebible y sentirnos humildes ante el nativo.
Sociedad de la Minocha Galáctica

