El poco conocido Francisco Lavandeira

Escribe: Agapo Luis Palomeque

Le oí decir una vez a un parroquiano (cargado de copas) que no había que morirse en enero, porque nadie quiere saber nada de homenajes en tiempos de playa… Esto que pretendió ser la gracia de un beodo, encierra sin embargo una cuota de verdad. Un ejemplo claro es la figura histórica de Francisco Lavandeira. Nadie lo homenajea –¡y vaya si lo merecería!– en el cementerio local, donde descansan sus restos. Sucede que el aniversario de su muerte recae en enero.

No me extrañaría, dado el estado de nuestra cultura, que alguien se preguntara quién era y qué hizo ese señor, cuyo nombre ostenta una calle de nuestra ciudad.

Pues bien, era abogado y profesor universitario, y fue asesinado cuando apenas tenía 26 años, un 10 de enero de 1875, luchando por el voto libre. Voto libre de coacciones, de amenazas y de prepotencias.

Fue realmente, por los valores que defendió en la cátedra y en el periodismo, y por las circunstancias dramáticas en que fue muerto, el mártir de la pureza del sufragio. No conozco otro en la esfera civil.

Digamos algo sobre su vida. Según una versión tradicional, había nacido en el paraje Arias, próximo a la villa de la Florida, el 4 de julio de 1848, siendo sus padres Sixto Lavandeira y Carolina Muñoz. Sin embargo, el genealogista Dr. Enrique Yarza descubrió recientemente en el registro parroquial de Canelones –yo lo acompañaba– su bautismo, redactado nada menos que por el entonces párroco (luego primer obispo) Jacinto Vera. El acta lleva como fecha el 16 de julio de 1848, y lo da como nacido el 4 de junio, con el nombre de Francisco Caraciolo Lavandeira.

No hay duda de que su familia estuvo radicada en la década de 1850, en villa Guadalupe, donde el niño Francisco recibió la educación escolar. En adelante, allí vivieron y fallecieron sus padres y hermanas. Según investigaciones del Dr. Carlos Omar Delfrate, en algún momento residieron donde hoy es la sede del Obispado.

Surge de los documentos que he consultado (expedientes IMC A49796/76 e IMC 00144926/89), que su padre, Sixto Lavandeira, falleció el 18 de setiembre de 1893. Todas sus hermanas fallecieron solteras: Ignacia, el 15 de marzo de 1914; Carolina, el 10 de setiembre de 1922; Micaela, el 6 de abril de 1943; Gila del Carmen, el 3 de enero de 1951. No encontré fecha de fallecimiento de la madre de Francisco, Carolina Muñoz, pero en los registros de Necrópolis figura que los restos de Sixto Lavandeira, de su esposa Carolina Muñoz y de Florinda Lavandeira, fueron depositados el 4 de enero de 1909 en el panteón Nº 44 del cementerio de villa Guadalupe, adjudicado a Pedro Lavandeira el 9 de setiembre de 1907 por la Junta Económico Administrativa del Departamento de Canelones.

En cuanto a los restos de Francisco Lavandeira, no había datos de haber ingresado al cementerio local, aunque una tradición oral los daba como allí radicados. En la década de 1940 se realizaron distintos homenajes a su memoria en dicha necrópolis, “donde -decía un escrito, en mi poder- descansan los restos del Prócer y Mártir del 75”. Al procederse a su búsqueda, una urna sin identificación, colocada sobre un pedestal de un metro y medio de altura ubicado en la entrada principal de la Necrópolis (seguramente allí se realizaban los homenajes), que se creyó contenía sus restos, resultó estar vacía. Recién fueron encontrados sus huesos el 30 de marzo de 1992, siendo Intendente (int.) don Julio Rivera.

En 1870 Lavandeira se recibió de abogado en Buenos Aires, con una tesis final en la que defendía la ampliación del derecho al sufragio, las libertades personales, de cultos, de prensa, de reunión y asociación, la independencia del Poder Judicial y la descentralización administrativa de las comunas; preveía la necesidad, entre otras medidas, de “ofrecer la tierra pública a bajo precio y en propiedad irrevocable […] a los desheredados del mundo que quieran cultivarlas” e incluía también “el derecho de tener y llevar armas, para garantir el orden y la libertad contra los malhechores […] y los malos gobernantes”.

Volvió a Uruguay para incorporarse con 22 años a la Revolución de las Lanzas de Timoteo Aparicio y junto con el joven Agustín de Vedia instalaron (¡en una carreta!) una imprenta ambulante y editaron el periódico ‘La Revolución’.

Terminado el conflicto con la célebre Paz de Abril de 1872 –que estableció por primera vez la coparticipación de las minorías– Lavandeira fue nombrado docente de Economía Política en la Universidad uruguaya. No bien ingresó a la cátedra, introdujo un viraje revolucionario: cambió el estudio teórico de libros europeos por el análisis teórico-práctico de los problemas de nuestra realidad. Escribió Carlos Mª de Pena: “Nunca se había hecho en nuestra Universidad un estudio tan prolijo y detenido de nuestras cuestiones financieras. Jamás se había hecho un análisis científico y esmerado de nuestro sistema rentístico. Jamás se había arrojado tan vivo rayo de luz en el laberinto de nuestro sistema fiscal”.

Fundó, entonces, la primera ciencia social uruguaya.

Los sucesos del 10 de enero

A fines de 1874, un grupo de principistas blancos y colorados proclamaron al reformador escolar José Pedro Varela para el cargo de Alcalde Ordinario de Montevideo.

Su opositor, Francisco de Tezanos, era patrocinado por los candomberos (despectiva denominación creada por Juan Carlos Gómez). La elección, prevista inicialmente para el 1º de enero de 1875, debió suspenderse para el siguiente 10 de enero, debido a los graves disturbios ocurridos.

Ese 10 de enero, hasta mediodía, pareció que el acto eleccionario se iba a desarrollar con normalidad. Pero cuando ya era visible el triunfo de la lista principista (dado que el cómputo de cada voto, al no ser secreto sino público, podía irse realizando simultáneamente con su emisión), una turba se abalanzó sobre la mesa, que se partió y, de inmediato, se desencadenó un tiroteo que aunque duró apenas unos quince minutos, dejó un lamentable margen de muertos y heridos.

Ese día funesto resultaron fallecidos doce ciudadanos: Francisco Lavandeira, Ramón Márquez, Juan Risso, Antonio Gradín, Segundo Tajes, Isac Villegas, Juan Ríos, Eugenio Soto, Antonio Santos, Juan Ledesma, Rafael Martínez y Julián Lezama, a los que se agregaron 52 heridos.

Junto a Lavandeira cayó herido Ramón Márquez, al que se aproximó “un individuo emponchado y con puñal en mano”, quien viéndolo caer “se aproximó a él como para pretender auxiliarlo y le hundió varias veces la daga en el corazón” (Gacetilla de El Siglo, 12 de enero de 1875). Consta también, según estudio de María Julia Ardao, que en el caso de Ramón Márquez, luego de ser ultimado a puñaladas, le fueron hurtados su dinero y algunas alhajas. (Ardao, Mª J., Tomo II, 1970).

De las indagatorias surge que Ysaac de Tezanos –pariente del candidato– levantando su bastón dio la señal para iniciar el ataque a un grupo de un centenar de complotados “gentes de poncho y de aspecto vulgar”, que se habían reunido en torno a uno de los ombúes de la plaza, próximo a la calle Sarandí. De allí partió un infernal tiroteo, pero también desde los techos del Cabildo y desde un sector del atrio de la Iglesia.

Unos pocos pudieron alejarse ascendiendo a un tranvía que pasaba por la esquina de las calles Treinta y Tres y 25 de Mayo y otro grupo se refugió en el interior de la Matriz, auxiliados por el párroco Inocencio M. Yéregui. Como hasta allí llegaron algunos de los agresores, muchos huyeron por la puerta lateral que da a la calle Sarandí.

Lavandeira había escrito el día de su muerte, en el diario La Democracia, su último editorial: “Si los ciudadanos se dejan imponer hoy por la fuerza y triunfan los elementos bárbaros por medio de la agresión y de la violencia, la soberanía popular vuelve a ser una mentira escrita en nuestros códigos y quedan para los próximos comicios generales librados los destinos del país a las imposiciones de los más fuertes, de los más desalmados, de los que no tienen reparo para lograr sus fines en convertir el sufragio en lucha sangrienta, en innoble pugilato de pulperías […] Ya que los registros están adulterados por el fraude y no arrojan ellos la expresión de la mayoría legal, ¡que no alcance igual éxito la violencia!”.

Es todo un mensaje de raigambre democrática, dirigido, quizás sin preverlo, a las generaciones –jóvenes como él– del futuro. Por eso merece un homenaje, aunque sea en enero.

1 comentario

  1. excelente articulo de Agapo Palomeque sobre este persinaje con quien convivo a diario , reconozco mi ignoranciia. sobre tan inteligenta y generoso personaje que nos dio su vida tratando de mejorar nuestra. nuetras leyes de convivencia. Gracias Palomeque

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