Una semblanza del boliche de Peissino

DSCI0013.JPGEl interior uruguayo tiene una larga tradición en la figura del boliche de campaña. Cuentos, novelas, versos criollos, obras de teatro, crónicas y hasta ensayos han abrevado en la institución que representa el boliche de campaña para la comunidad campesina. El tiempo ha pasado y el avance de las tecnologías le han otorgado a esa construcción nuevos usos y significancias pero no han logrado desaparecerlo. Así, al recorrer el Uruguay profundo, hoy en día es posible encontrar boliches de campaña con Wi Fi o con algún sistema de cobranza de facturas y sistema de giros incorporado.
En la zona de Las Brujas, a un kilómetro escaso del Puente de Las Toscas y donde confluyen, rotonda mediante, las rutas 48 y 49, supo funcionar por mucho tiempo el boliche de Peissino. Para las personas que viajaban desde Las Brujas a Las Piedras, desde el Colorado a la Quinta de Illa, desde Cerrillos a Las Toscas, con todas las variantes posibles, el boliche de Peissino era una parada obligatoria. Allí se podía tomar un vino para aplacar la sed del camino, jugar una mesa de casín para despuntar el vicio, comprar un refuerzo de mortadela –que el bolichero cortaba en gruesas tajadas con una afilada cuchilla– o anoticiarse del paradero o la ubicación de alguna finca o de algún vecino.
La primera imagen que conservo de un boliche como tal es la del boliche de Carlitos Peissino. Algún domingo que otro, contando yo con siete u ocho años, acompañaba a mi padre los domingos de mañana para cortarme el pelo con el peluquero Moreira –que también era enfermero–, haciendo así uso de otro de los servicios que el comercio regenteado por Carlitos ofrecía. Desde la silla movible de Moreira, con la bata rodeándome el cuello y los tijeretazos zumbándome en los oídos, mis ojos se extasiaban ante tres elementos: el ronquido inapagable de la enorme heladera ubicada a las espaldas del bolichero, la zona de penumbras que comenzaba donde terminaba el mostrador y se ubicaba el almacén y la sonrisa eterna de Gardel desde un pequeño cuadro en la pared.
Carlitos Peissino, hombre de pocas palabras, era en mi visión de chiquilín, una persona misteriosa. Había estado casado con Nelsa Bentancor, la hermana de mi padre, por lo que técnicamente era mi tío. Aún así, nunca logré establecer con él la cercanía que el lazo propiciaba y nuestros intercambios se limitaban a eventuales monosílabos cuando mi madre me enviaba a hacer los mandados al almacén.
Al evocarlo, pese la distancia generacional y a los años que hace que no lo veo, no puedo evitar imaginarlo en compañía de todo aquel entorno de Las Brujas ya desaparecido como unidad de tiempo y de vivencias: Orlando Samurio, el ‘Tuco’ Cernada, Pedro Fagúndez, Raúl Aita, el ‘Bagual’ Borges, Carlitos Reinaldo, Ramoncito Cernada, el peluquero Moreira, el viejo Juan Carlos Peisino (el padre de Carlitos y de Juan), Pirulo, Ico Villanueva, el ‘Nene’ Prando, Cocó Macías y mi propio padre, Lauro Bentancor, entre tantos, tantos otros que la niebla del tiempo difumina y no me deja apresar.
Aunque el boliche de Peissino ya no funciona como tal, algún tiempo atrás, un puñado de vecinos que siempre tienen presente la condición de buen hombre de Carlitos, convirtieron la antigua finca en la Casa del Vecino Carlos Peissino. Allí se desarrollan actividades culturales, instancias criollas, cantos y reuniones y se mantiene encendida, además de la llama solidaria y de amistad del propio Carlitos, el recuerdo vigente y vivo de los siempre necesarios boliches de campaña.

Martín Bentancor