Algunas consideraciones sobre una grabación del payador Ramón López

Lauro Ayestarán grabando a Ramón López en Aguas Corrientes (1962)

Voz de lo insondable

Lauro Ayestarán grabando a Ramón López en Aguas Corrientes (1962)
Lauro Ayestarán grabando a Ramón López en Aguas Corrientes (1962)

 Echamos amarras en los pagos de Aguas Corrientes. Por allí anduvo un 14 de enero de 1962 –grabadora en mano- un tal don Lauro Ayestarán, según dicen, tras las pistas de Ramón López. Veamos de qué viene, pues, esta grabación del ‘Payador Barquero’.

 El ‘Payador Barquero’

¿Qué decir de Ramón López? ¿Que fue payador y barquero, y de ahí su nombre de leyenda? ¿Que nació en 1887 en los pagos de Soriano, en el núcleo de una familia nómade, para aquerenciarse finalmente en Aguas Corrientes? ¿Que durante 26 años comandó la «Santa Cándida», embarcación que transportaba carbón desde Montevideo, hasta la «Usina de los Ingleses» en Aguas Corrientes? Tal vez esto funcione como rústica semblanza, pero no es suficiente. Citemos, pues, un pasaje del libro Los Cerrillos(1), de Gerardo Molina y Miguel Pérez Estévez, en donde se nos cuenta un famoso episodio en torno a su figura:

“Juan Carlos Santurión, célebre luthier, fue amigo de Don Ramón desde la infancia. Ausente del lugar por muchos años, retorna en un momento desdichado del poeta y entibia su vejez y su soledad –su compañera había partido ya- con un nuevo milagro: una guitarra, nacida de las maderas de jacarandá que pertenecieron a la quilla de la «Santa Cándida». Su pago adoptivo se viste de fiesta y un viejo matrimonio del lugar hace el padrinazgo, el día en que la recibe con manos temblorosas. Poco a poco, las brisas marineras y los rumores líquidos del río resurgen en una escala diáfana de acordes, al par que su voz, sabia de tiempo, rescata del olvido una mágica sucesión de estilos, cifras y milongas”. (pág. 40).

Este juglar criollo dejó algunas páginas escritas; no obstante, al día de hoy son muy difíciles de conseguir (quien cuente con alguna, bien puede considerarse dichoso). Ahora bien, no es en esta faceta en la que vamos a poner el acento, sino en cierta milonga que, no por el vuelo poético, da la espalda a la realidad; nos referimos a ‘El labrador’(2). La grabación, con letra de Ramón López y música tradicional de milonga, fue realizada en Aguas Corrientes el 14-I-1962 por Henry Jasa, asistente técnico de Ayestarán. En ella podemos escuchar la voz de un artista comprometido con la situación del hombre –y la mujer- de campo, así como una profunda raigambre con el terruño.

‘El labrador’: milonga del dolor humano

En el texto se plantea una tríada problemática: el trabajador, la tierra y «el señor». Los dos primeros entablan una relación íntima por la cual se honran recíprocamente, pero el último viene a introducir toda una serie de aspectos que hacen del trabajador del campo un auténtico explotado. En esta décima se refleja lo dicho: «Trabajás qué maravilla/Siempre tenés a tu lado/Tu arma potente el arado/Para sembrar la semilla/Y cuando tu frente brilla/Regada por el sudor/Trabajás con más amor/Con más empeño y afán/Para cosecharle pan/Al potentado señor».

Lo que en un principio parecía ser una oda al peón rural, deviene en un canto de denuncia a su situación, así como a su condición de dejarse engañar por las artimañas retóricas del patrón. En una breve recitación que sucede a esta estrofa, Ramón López (d)enuncia: «Esos que dan a criar a los propios hijos suyos/Mientras que vos criás los tuyos que te acompañan a arar». Así, se trae a colación la perversa necesidad de reproducción de la fuerza de trabajo, que reclama el sistema como máquina voraz para prolongar la infamia. No es menor que elija como destinatario de la composición al propio peón de campo, con quien se siente hermanado en lazo fraterno.

Aletea en su voz expresiva, la conciencia de estar cumpliendo un mandato de la Verdad, de encomendar su canto a la lucha contra la injusticia humana: «Y en esto no hay falsedad/Quién puede tapar mi boca/No es mi lengua quien provoca /Sino es decir la verdad». Y no era el único, por cierto. En Chile, por ejemplo, Víctor Jara mandaba su grito del altiplano: «Yo no canto por cantar/Ni por tener buena voz/Canto porque la guitarra/Tiene sentido y razón» («Manifiesto»). En cuanto al primero, no debemos perder de vista que cuando grabó la canción, contaba con nada menos que setenta y cinco años de edad; su voz, desgarradora y cansada, no tiene mayores miramientos ni concesiones.

Fiel a la realidad de la campiña, el Payador Barquero no olvida que no solo el hombre padece en los oficios para el señor, sino también la mujer. En «El labrador» nos encontramos con una grata sorpresa: el canto envuelve al género humano todo sin distinciones de género. El sufrimiento de la compañera del labrador que, en largas jornadas de trabajo, acompaña a su marido, también es retratado en el texto, teniendo, además, el honor del cierre: «Tu esposa tu esposa santa/Esa que tu amor encierra/Su cara llena de tierra/Como de frutos la planta/Muy temprano se levanta/para poderte ayudar/Trabajar y trabajar/Mezcla de llanto y dolor/Y juntar para el señor/Plata para disfrutar».

El toque tosco por el trabajo y los años de la guitarra y la voz cascada conservan, en la grabación de Ayestarán, el latido de revelación con que parecen haber sido concebidas originalmente. El bardo oriental no cede a la tendencia hacia un lirismo de evocaciones sentimentales; tampoco hacia un retrato bucólico de la vida de una campiña que, ya hace rato, conoce la figura prepotente del patrón: «El rico no te va a dar/más que engaños y atropellos/Con tu sentimiento bello/Siempre lo crees un amigo/Siembra trigo mucho trigo/para que coman pan ellos». A diferencia de «Los pájaros» (estilo), en que nos remonta, a través de originales asociaciones con aves autóctonas, a la gesta de la patria, en el caso en cuestión la conjugación se afinca en un presente decidido.

Una sombra parece extenderse sobre los pormenores del Payador Barquero y su obra, como si su voz se remontara a los abismos de la historia; su barca musical se desdibuja en un origen de mitología que borra los contornos de la persona; textos dispersos en perdidas antologías, archivos de grabaciones poco difundidas, es lo que va quedando de este exponente de la palabra canaria. Asimismo, en no pocas ocasiones se lo confunde con Juan Pedro López, de los pagos de Etcheverría(3). Parece como si Ramón López nos dijese a cada paso: «Yo no digo mi canción/sino a quien conmigo va» (Romancero Español). Será hora, pues, de acompañar sus cantos.

Mathías Iguiniz

Los pájaros

El melodioso zorzal
va a dirigir mi bandada
como el jefe con su espada
él con su silbido igual
en el monte natural
canta como hizo el abuelo
imitando el mismo vuelo
y forma como formaron
los ranchos donde se criaron
en nuestro querido suelo.

Viene de herencia el hornero
y oigan bien los que comprendan…
¿no ven que hace su vivienda
igual que un rancho campero?
Como el rancho en el alero
lleva la paja quinchada,
el con el barro mezclada
busca un poste o un horcón
y forma la población
para criar la pichonada.

El boyero tejedor
a más de su habilidad
encierra su majestad
aunque es pájaro cantor.
hay otro trabajador
que es su nombre carpintero,-
quien con paciencia y esmero
busca la madera seca
y con el pico la ahueca
para hacer su hogar primero.

La calandria trinadora
en un tala o espinillo
saluda al sol que da brillo
después que nació la aurora.
todos cantan a esa hora,
músicos y benteveos,
mezclando sus aleteos
tordos, mistos, gargantillos
y los chingolos caudillos
adornan con sus trofeos.

Del monte pájaros bellos
que con ustedes me he criado
y los que se hayan quedado
vengan, júntense con ellos.
Y cuando el sol los destellos
dore el himno nacional,
una bandera inmortal
es el pendón que levanta
mientras mis pájaros cantan
al centenario oriental.

Ramón López