Un excéntrico en las sierras (segunda parte)
Lucha y poder
En el tiempo que Barón Biza y Myriam Stefford contraían matrimonio e iniciaban su breve vida marital, el país se vio convulsionado por una serie de sucesos que darían comienzo a la tristemente célebre «Década infame». El 6 de setiembre de 1930, el general José Félix Uriburu encabezó el golpe militar contra el presidente Hipólito Yrigoyen y el líder de la Unión Cívica Radical fue detenido y confinado en la isla Martín García. Raúl Barón Biza asistió a todo el proceso de resquebrajamiento democrático y, a diferencia de otros millonarios que alentaron el nuevo régimen en defensa de sus propios intereses, pronto comenzó a apoyar a la resistencia contra Uriburu y a trabajar para combatir y terminar con su gobierno.
En su libro Porque me hice revolucionario, editado en Montevideo en 1934, Barón Biza describe su trabajo en pro de la causa radical y no escatima elogios para narrar su propia aventura contra el sistema establecido. Como documento político e histórico, el libro de Barón Biza deja mucho que desear: largos pasajes dedicados a exaltar su propia figura en el fragor del combate al régimen, una visión de algunos sucesos de la época en clave frívola y poco comprometida y la novelización de episodios que lo tuvieron como protagonista. Barón Biza no pierde oportunidad de presentarse como un héroe legendario de la resistencia que no le teme al peligro.
Christian Ferrer sugiere leer Porque… más como novela de aventuras que como un documento político, aun así, no deja de destacar los verdaderos aportes que Barón Biza realizó a favor de la causa radical. Aportes que, a finales de 1932, lo llevarían a la cárcel acusado de «financista de la revolución». Como presidiario, Barón Biza fue destinado a Villa Devoto, donde, junto a otros destacados revolucionarios, recibiría un tratamiento preferencial. En su libro, Ferrer narra la anécdota de cómo, durante la noche de Navidad, Barón Biza hizo ingresar a las celdas gran cantidad de botellas de champagne para convidar a sus compañeros de lucha y a los presos comunes.
Luego de pasar unos pocos días en prisión, Barón Biza interpuso un recurso judicial para detenidos en estado de sitio y se hizo trasladar a Montevideo. Tras unos meses en la capital uruguaya, regresaría a Buenos Aires en mayo de 1933. El estado de sitio había sido levantado y el presidente Agustín P. Justo gobernaba con plenas libertades, aunque la proscripción del radicalismo y la acusación de fraude electoral pendía sobre su gobierno. En Buenos Aires, Barón Biza volvió a vincularse con la causa revolucionaria eligiendo, para ésta ocasión, el combate desde un medio de prensa escrita. En setiembre de 1933 salió a la calle el primer número del semanario La Víspera, dirigido por Raúl Barón Biza y que se presentaba como «Órgano de la Juventud Radical». Un mes después de su fundación, y con apenas cinco números en la calle, el director de La Víspera fue detenido mientras se encontraba en su estancia, en las sierras de Alta Gracia. Barón Biza recibió a sus captores armado con una pistola Mauser, aunque depuso su actitud ante la superioridad numérica de la partida. Acusado de publicar en instrucciones para fabricar granadas de mano, Barón Biza logró obtener la libertad provisional y, en uso de ella, se fugó a Uruguay desde donde fue deportado por llevar en su poder «panfletos subversivos». Tras pocos días en Buenos Aires, Barón Biza y un grupo de acólitos ocuparon la base aérea de El Palomar pero el fracaso de la operación hizo que el director de La Víspera huyera nuevamente a Uruguay y de allí llegara en avión a Uruguayana. Nuevamente detenido, fue conducido a Porto Alegre y, posteriormente, a Río de Janeiro donde fue confinado en un hotel a la espera de una negociación diplomática para regresarlo a Argentina. En el hotel inició una huelga de hambre durante nueve días, contando con el apoyo del Partido Socialista y de la Orden de Abogados de Brasil. Superada esa instancia, el rastro de Raúl Barón Biza se pierde entre el interior de Brasil, incursiones a Uruguay y un nuevo regreso a Argentina en 1934. Su afán revolucionario lo había convertido en una suerte de héroe y su combate al poder era seguido por el público como una novela por entregas.
Escritor y editor
A pesar de su compromiso con la causa radical y de la lucha que llevó adelante contra los enemigos de Hipólito Yrigoyen, a Raúl Barón Biza no le faltó tiempo para desarrollar su verdadera pasión: la literatura. En 1924 había publicado un volumen de relatos (Risas, lágrimas y sedas) que le sirvió como presentación literaria en sociedad aunque él mismo se dedicó a referir la publicación de una novela llamada Alma y carne de mujer, en Chile el año anterior. La difusión de títulos de dudosa existencia así como el anuncio de obras de próxima edición que nunca verían la luz, fueron constantes en su carrera literaria; constantes que dificultan el rastreo minucioso de sus títulos y que se han abierto a las más extrañas teorías. A pesar de que contó con un tiraje de 5000 ejemplares, la repercusión crítica de Risas… fue escasa y, al igual que el resto de la obra de su autor, se ha convertido en un título inhallable en el mercado.
El libro que verdaderamente puso a Raúl Barón Biza en el tapete de la literatura de su tiempo y que le hizo famoso (aunque por razones equivocadas) fue la novela El derecho de matar, publicada en 1933. La redacción concluyó durante la prisión de su autor y su salida a la calle estuvo acompañada por una estrategia publicitaria inédita por su tenor. Barón Biza empapeló Buenos Aires con un cartel que decía: «¡Un libro sensacional! Su autor fue perseguido, encarcelado y procesado por la policía argentina. Adquiera hoy mismo su ejemplar». La Justicia se abalanzó sobre el escritor tildándolo de pornógrafo y comenzó un extenso juicio del que, finalmente, fue eximido en abril de 1935. En su libro sobre Barón Biza, Christian Ferrer destaca un pasaje de la supuesta pornografía que atravesaba la novela: «El escote atrevido, casi exagerado, dejaba al descubierto el nacimiento de sus senos, ánforas de alabastro tibio, que se adivinaban macizos tras la tenue seda».
Tras la publicación del citado Porque me hice revolucionario, Barón Biza aguardaría nueve años para dar a conocer su nueva novela. En Punto final, publicado en 1943, el autor vuelve a enfrentarse a sus principales temas: el sexo como arma de dominio y, al mismo tiempo, de miseria y esclavitud; la violencia, el poder y la sordidez en las relaciones humanas.
Amor y muerte
El segundo matrimonio de Raúl Barón Biza fue una suerte de prolongación de su accionar político. Clotilde Sabattini, su segunda esposa, era hija del gobernador de Córdoba, el doctor Amadeo Sabattini, un referente de la Unión Cívica Radical. Maestra de formación, Clotilde tendría una agitada actividad en el ámbito de la educación pública. Siendo diecinueve años menor que Barón Biza, contrajo matrimonio con el excéntrico escritor el 5 de marzo de 1936 en la localidad de Toledo (Canelones). Desde el trabajo partidario y el seguimiento a la evolución política del país, Barón Biza, Clotilde y Amadeo Sabattini asistieron a una serie de cambios que culminarían con la llegada al gobierno de Juan Domingo Perón. Como anteriormente ocurriera con el gobierno de Justo, Barón Biza adoptó la oposición como lema para enfrentar al partido Justicialista. A través de un nuevo semanario, La Semana Radical, Barón Biza se propuso la tarea de combatir a Perón y, al mismo tiempo, conducir a su suegro hacia el máximo cargo en la dirección del país. Desencantado por el devenir de los acontecimientos, en los que mucho tuvo que ver la propia actitud de la Unión Cívica Radical, Barón Biza cerró su combativo semanario tras seis meses de existencia.
La vida de Raúl Barón Biza terminó fiel a su biografía desmesurada aunque teñida de tragedia. Tras cuatro años de separación, Barón Biza y Clotilde Sabattini se reunieron en el apartamento del primero el 16 de agosto de 1964. Los acompañaban sus abogados particulares, atentos al devenir del encuentro que propiciaría el acuerdo o el desacuerdo en la pareja. En un momento de la reunión, Barón Biza simuló servirse un whisky pero en realidad vertió ácido corrosivo en el vaso. Tras acercarse a Clotilde, le arrojó el contenido en el rostro. Después de la apresurada partida de los abogados con Clotilde hacia un centro asistencial, Barón Biza subió a su habitación, se recostó en la cama y se disparó un tiro en la cabeza con su revolver 38. Los periódicos no se privaron de la misma sordidez de los sucesos para ilustrar la tragedia de aquella tarde de agosto. Así, algunos periodistas se refirieron a Barón Biza «un hombre quebrado por una vida anormal» o como la tragedia de «un ebrio consuetudinario y toxicómano». Como un exaltado guionista, productor, primer actor y director de su propia vida, Barón Biza se arrogó el derecho de decidir por sí mismo cuándo salir del escenario para culminar la función.
Martín Bentancor

