Vida, obra, oficios y tragedias del escritor argentino Raúl Barón Biza (1899-1964).

Un excéntrico en las sierras (primera parte)

14Pareja En el amplio mapa de la literatura argentina, el nombre de Raúl Barón Biza semeja la intrusión de un cerro en un apacible terreno que, por lo extraño de su relieve o por su incómoda posición en la llanura, no ha sido correctamente delimitado por el registro cartográfico. Breve e inclasificable, la obra literaria de Barón Biza ha sido absorbida por la propia vida del escritor; una existencia plagada de excesos, trascendidos y tragedias que lo convierten en uno de los autores más excéntricos del siglo XX.

Su biografía constituye una auténtica novela pergeñada por una imaginación desbocada, como si cada suceso narrado debiera ser superado con creces para no provocar  aburrimiento en el lector. Persecuciones políticas, acusaciones de pornografía, disparatados caprichos millonarios y tortuosas relaciones sentimentales acompañaron a Raúl Barón Biza a lo largo de los años, abonando el terreno para convertirlo en leyenda.

Millones y millones

A diferencia de los grandes escritores ocultos que han proliferado en el último siglo – J. D. Salinger, Thomas Pynchon, B. Traven -, Raúl Barón Biza alcanzó el título muy a su pesar. Nadie mejor que él para promocionar su literatura a través de lujosas ediciones de autor, espacios contratados en medios escritos y hasta la pegatina de carteles en la vía pública. Sin embargo, el medio literario le fue ajeno y le dedicó la más completa ignorancia, relegándolo al sitial de los autores menores o al de aquellos que, por lo sórdido de sus tramas y personajes, van a parar a la sección de los “inmorales”. Heredero de una de las fortunas más sólidas del país, Barón Biza no escatimó millones en difundir su literatura y en constituir, con el paso de los años, su propia leyenda de artista mayor de las letras y en autor comprometido con los problemas de su época. La fuerte creencia en el genio que animaba sus páginas le hizo marcar una distancia con el lector común que se acercaba a sus libros. “No necesito tu aplauso, no temo a tu brazo, ni me hace falta tu dinero. Estoy más allá del oro y de la fama”, escribe en el prefacio de uno de sus pocos,  hoy inhallables, libros.

En el sólido y muy bien documentado Barón Biza el inmoralista, Christian Ferrer registra de forma rigurosa la magnitud de la fortuna que el futuro escritor heredó de su padre. Decenas de inmuebles, establecimientos ganaderos en distintas provincias, extensos viñedos, lotes de tierra sin producir más un amplio y sustancioso etcétera, le aseguraron a Raúl y sus hermanos una existencia más que despreocupada desde el punto de vista económico. Raúl Barón Biza nació el 4 de noviembre de 1899 en Córdoba, provincia que oficiaría como centro neurálgico de su existencia y a la que volvería una y otra vez. Su juventud fastuosa y andariega (en pocos años recorrió innumerable cantidad de países) le sirvió de base para pulir su imagen aventurera y para hacer sus primeras armas en la literatura. En 1917 publicó en España su primer libro, Del ensueño, en medio de su periplo europeo que lo llevaría a convertirse entre otras cosas, en corresponsal del diario La Argentina. Desde distintas ciudades del viejo continente, Barón Biza remitía al medio de prensa rimbombantes artículos que analizaban tipos humanos y lugares bajo el título general de “Europa vista por un observador”. Poco a poco, su nombre comenzó a sonar en la alta sociedad como sinónimo de millonario comprometido con los problemas de su tiempo.

Para condimentar aún más su leyenda, Barón Biza se rodeó de diplomáticos, estrellas del mundo del espectáculo, intelectuales y hermosas mujeres que participaban de aquel mundo de esplendor que, en el marco de la Argentina de los años veinte, parecía durar eternamente.

Amor y tragedia

Raúl Barón Biza conoció a Myriam Stefford en Venecia, en 1925. El joven millonario quedó deslumbrado por la belleza y el carisma de aquella joven actriz suiza que, al igual que él, se había sabido tejer un aura de fascinación en las altas esferas que frecuentaba. Cuando Barón Biza la conoció, la Stefford era moneda corriente en publicaciones de moda, además de dedicarse a su mayor pasión junto con el cine: la aviación.

Barón Biza y Myriam Stefford se casaron en Venecia, el 26 de setiembre de 1930. La fastuosa ceremonia contó con la crema y nata de la aristocracia europea y, en su momento, circuló la leyenda de que Barón Biza había alquilado todas las góndolas de la ciudad para que nadie interrumpiera aquel día tan especial. Tras residir un breve tiempo en París, el flamante matrimonio se radicó en Buenos Aires aunque pasarían la mayor parte del tiempo en la estancia de Barón Biza en Alta Gracia. Al llegar a Argentina, Myriam Stefford relegó su relación con el cine y se dedicó enteramente a la aviación. Se propuso como meta unir las catorce provincias por aire y, tras hacerse con un avión – bautizado “El Chingolo” – y acompañada por su instructor de vuelo, comenzó la travesía el 18 de agosto de 1931.

El periódico Jornada, fue publicando diariamente una suerte de “Diario de bitácora” de la aviadora, compuesto por los partes que la propia Stefford iba remitiendo desde los sitios donde aterrizaba. Con la atención de gran parte de la población depositada en su proeza aeronáutica, la intrépida aviadora fue alcanzando las distintas etapas de su viaje. El público fue siguiendo su derrotero por Tucumán, Salta y Santiago del Estero, entre otros puntos del país. Pero, el  26 de agosto, tras despegar con rumbo hacia La Rioja y faltando sólo cien kilómetros para cumplir su objetivo, el avión se desplomó y Myriam Stefford y su acompañante perecieron en el acto.

Tras el golpe que significó el fallecimiento de su esposa, once meses después de su matrimonio, Barón Biza se dedicó a perpetuar el nombre de Myriam Stefford con toda la fastuosidad y grandeza a las que estaba acostumbrado. A tales efectos, hizo construir un enorme monumento mortuorio en una estancia de su propiedad, ubicada entre la ciudad de Córdoba y la localidad de Alta Gracia. Fausto Newton, el arquitecto encargado de la obra,  recibió la orden de edificar el monolito recordatorio con la forma de un ala de avión vertical. La construcción comenzó el 26 de agosto de 1935 – cuatro años después del fatídico accidente – y fue llevada a cabo por cien obreros polacos. Bajo ciento setenta toneladas de cemento, cuatrocientos escalones conducen al mausoleo donde Barón Biza depositó los restos de su joven esposa. El edificio tiene ochenta y dos metros de altura y supera al Obelisco, inaugurado nueve meses después, constituyéndose en el monumento más alto de la Argentina. No contento con la erección de aquella obra en medio del campo, Barón Biza depositó las joyas de su esposa junto a los restos mortales y, para custodiar los dominios, dispuso la vigilancia de un cuidador que evitara las profanaciones. En la bóveda que accedía a la sepultura, el viudo labró una inscripción para todos aquellos que visitaran el lugar: “¡Silencio! Viajero: rinde homenaje a la mujer que en su audacia quiso llegar a las águilas”. Los intentos de Barón Biza por defender aquel sacro espacio no dieron resultado y el mausoleo fue saqueado varias veces. Además, una serie de sórdidas historias comenzaron a rondar en torno al monumento. Una de ellas, por ejemplo, decía que una mujer habría subido a la cima de la construcción para arrojarse al vacío como una suerte de homenaje a la aviadora fallecida. Finalmente, Barón Biza vendió la estancia en 1943 y sólo regresaría a las sierras de Alta Gracia para visitar la tumba de su esposa…

Concluye en el próximo Especial de los Sábados.

Martín Bentancor