Cartas de Navidad
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De cómo evitarle accidentes a Papá Noel
Aún no había terminado el mes de octubre cuando Margarita se vio sorprendida por el arribo de la Navidad. ¿Cómo ocurrió esto? Las góndolas del supermercado multinacional vestían guías doradas y del techo colgaban chirimbolos enormes de color rojo. La bolsa de nylon que le dieron en la caja llevaba impreso el mensaje «Felices fiestas», y le provocó gran desconcierto.
«La Navidad llega cada año más temprano», pensó y de inmediato puso en funcionamiento el protocolo festivo. Habría que comprar un árbol, pues el que tenía había sobrevivido a veinticinco años de historia y varias caídas porque el soporte estaba chueco. Había que adquirir chirimbolos nuevos porque daban suerte y algunos adornos adicionales, de esos que antes se veían en las películas yanquis y ahora inundan los comercios y los puestos callejeros. Carmen con su esposo y Antonio con sus hijos, vendrían a cenar el veinticuatro. Antonio haría el asado y Carmen las ensaladas. Margarita y Gervasio se encargarían de la picada, los turrones, el helado, la ensalada de frutas, el pan dulce y el champagne, que debía ser de una marca y no podía ser de otra. Rápidamente, Margarita envió un mensaje de texto a sus hijos: «¡Urgente! Escribir las cartas a Papá Noel». Carmen y Antonio sabían que esa orden era inobjetable y pronto trasladaron el mandato.
El señor del Polo Norte se esforzaba cada año por actualizar su industria y ya no fabricaba sólo juguetes, había incorporado una serie de categorías como deseos tecnológicos, deseos corporales que incluían intervenciones quirúrgicas y cirugías estéticas, deseos sentimentales, experienciales, deseos espirituales, fantásticos, hasta deseos disparatados, difíciles y muy difíciles, entre otros. Andrés, Lucía y Francisco, corrieron a buscar papel y lápiz. Confundidos por la fecha, lo primero que pidieron fue que terminara el año escolar. Andrés, que ya era adolescente, quería un chip de información, completo y con instalación incluida en su cerebro, para no tener que seguir estudiando. Lucía pediría, por cuarto año consecutivo, una varita mágica, así ya no tendría problemas para seguir teniendo sueños cumplidos hasta la próxima Navidad, única fecha en que no había restricciones para lo que quería. Francisco, por su parte, estaba ansioso por recibir una gallina con su gallinero y algunos kilos de ración para alimentarla. No podía dejar de pensar en lo rico que se volvería con los huevos de oro.
Antonio pediría un par de zapatos de Charles Aznavour, no un par como los de Charles Aznavour, sino los que él hubiera usado, porque tenía plena seguridad de que estar en sus zapatos lo convertiría en el gran exponente de la chanson que siempre había soñado ser, a pesar de que no hablaba francés.
Carmencita y Alfredo desistirían de su deseo original por considerar que después de tantos años, quizá, aún no era el momento y pedirían un globo aerostático con cama y baño en suite, para recorrer el mundo a su antojo.
Para Margarita y Gervasio, la felicidad de su familia era lo más importante, así que se limitarían a pedirle al Señor del Polo Norte que cumpliera los pedidos de sus hijos y nietos. Los demás deseos serían la respuesta a los rituales de Margarita, quien mezclaba los de Navidad con los de fin de año. Insistía en que repetirlos una y otra ocasión sólo confirmaría el buen augurio, porque lo que se pedía en fechas tan importantes y con apenas una semana de diferencia, solo podía sumar bondades a sus más firmes propósitos.
Para atraer la buena suerte, había que encender una vela a medianoche y con cada campanada del reloj, comer doce uvas, una por cada mes del año que estaba próximo a comenzar, mientras se pedía tres deseos y se ingería un puñado de lentejas para asegurar la abundancia. Para pedir prosperidad económica había que tomar billetes de diferentes denominaciones y países en las manos. Salir con una maleta a la calle y dar una vuelta a la manzana de la casa aseguraba los viajes. Vestir de blanco era necesario para tener salud y usar ropa interior rosa para encontrar pareja, roja para atraer el amor y la fertilidad, sin perjuicio de que la ropa blanca se trasluciera, y para tener mucha ropa nueva, había que ponerse la prenda al revés y después de la medianoche darla vuelta.
Esto último provocaba largas colas en el baño y un desparramo por la casa para no convertir la mesa en una escena indecente. Eran cábalas antiguas, heredadas por sus antepasados desde tiempos inmemoriales. Como todo tenía que ocurrir a las doce y resultaba imposible, incluso si sumaba los dos festejos, concentraban todo lo que se pudiera hacer hasta las doce y un minuto pero algunos asuntos quedaban librados al azar, hecho que intranquilizaba a Margarita, por eso trataba de controlar la Navidad del año entrante. Si hubiese sido por ella, podrían haber celebrado la Navidad el treinta de octubre porque el veintinueve ya estaba todo listo, sin embargo, aún faltaba Halloween, el Día de los Difuntos, el Día de las Playas y tantas otras festividades que no por ser desconocidas implicaban quitarles lugar en el calendario, de modo que había que aguardar.
Los días transcurrieron para los chicos en el colegio y sus actividades de cierre, para los adultos en sus responsabilidades. En algunos casos, la carta al señor de rojo permaneció intacta y se incrementaron las ganas de lo pedido y en otros, el deseo secretamente fue muy distinto a lo que estaba en el papel.
Después de comer, cuando tocó la primera campanada de la iglesia al otro lado de la plaza, se inició la gran carrera por encender la vela, brindar, comer las uvas, cambiarse de ropa, dar la vuelta a la manzana con la valija y todo aquello que prometía la lista. Después del último toque salieron todos a ver los fuegos artificiales esperando que el Señor del Polo Norte se ocupara de descargar los regalos sin ser visto. Eran poco más de las doce cuando volvieron a entrar a la casa y se encontraron con algo inesperado.
Las patas largas de un ave se asomaban por la boca de la estufa y trataba de elevarse con dificultad subiendo la chimenea. Tratando de acomodarse y esquivando el hollín, extendió un ala y asomó su largo pico del que se desprendió un sobre cerrado que voló y fue a dar a los pies de Margarita. Los niños miraron bajo el árbol y no encontraron envoltorios, ni papel de regalo ni moñas, sólo aguardaba una canasta de mimbre que no se atrevían a abrir. Habían visto unas muy parecidas que contenían serpientes esperando ser encantadas. Margarita rompió el sobre y leyó ante la presencia de todos.
Querida familia:
Agradezco que disculpen a Papá Noel, el alcohol en sangre debido a las copas que le daban la bienvenida en cada casa en la que dejaba regalos, le provocaron un accidente en su trineo. No pudo controlar a los renos y dio tres vueltas en el aire, la bolsa con los obsequios se abrió y las cartas y los artículos cayeron al fondo del mar. Él está bien y recuperándose, así que vine a terminar su trabajo. Para compensarlos, he traído el único presente que no estaba escrito, el de Carmen y Alfredo, y que estoy seguro disfrutarán todos.
El verdadero milagro está en la canasta, necesita que lo aúpen. Para el próximo año no olviden armar el pesebre.
Quien los conoce muy bien y los ama
El Señor
Sandra M. Del Río Siutti
Especial para La Página Literaria de HOY CANELONES


