El pasado jueves 31 de marzo, en el Gran Parque Central, templo de todos los fieles tricolores, se retiró del fútbol el jugador más talentoso que vi adentro de una cancha. Rodeado de amigos, ex compañeros, familiares y un público eufórico, el ‘Chino’ Álvaro Recoba cerró una brillante carrera futbolística.
El partido de despedida sirvió como una excelente excusa para homenajear y agradecer al Chino futbolista, ese que fue mágico, y al Chino persona, único por su humildad y su don de gente. Ese era el homenaje que tanto él, como nosotros los hinchas, nos merecíamos. Nunca antes había visto una muestra de amor y agradecimiento tan grande y emocionante por una persona. Un homenaje que sólo se merecen los que quedan marcados en la historia.
Fue allá por Maroñas, donde comenzó a demostrar su clase y su alma de crack. Dueño de una zurda mágica y un talento sorprendente, desde botija supo deleitar a aquellos que gustan del buen fútbol.
Un 17 de marzo de 1976, nació Recoba, quien nos regaló años de gambetas, amagues, disparos y un sin fin de jugadas que quedarán para siempre en la memoria del aficionado.
Danubio, fue el equipo que le dio la oportunidad de debutar como profesional. El ‘Chino’ tenía apenas 17 años, y ya se vislumbraba su clase y talento. Un talento que no se aprende, con el que se nace y sin dudas lo traía en su ADN. Poco tiempo había pasado de su debut con la franja, cuando los dos grandes del fútbol uruguayo, Nacional y Peñarol lo fueron a buscar. El destino quiso que el Chino jugara en Nacional, equipo que lo catapultaría al estrellato. Allí ganó el Clausura del año 1996 y el Apertura de 1997.
Dueño de una zurda privilegiada con la que lograba eludir a sus adversarios, quienes muchas veces solo le veían el número en su espalda cuando el Chino encaraba para el arco. Sus tiros libres, en los que hacía temblar al golero de turno. Sus exquisitas jugadas, sus pases y los goles que se mandaba deleitaron a todo el ambiente futbolístico y el público en general.
Es que no se necesitaba entender mucho de fútbol para darse cuenta de que era distinto y que tenía pinta de crack.
Todo eso llevó al Chino a las primeras planas de la prensa y a ser reconocido en el ámbito nacional e Internacional. Gracias a su enorme clase duró poco en Nacional y se fue a Europa, donde estuvo más de 13 años, pasando por el Inter de Milán, Venecia, Torino y Panonios.
Pero no todo fue color de rosas en su carrera, porque el Chino fue el blanco fácil de muchas críticas malintencionadas; muchos injustamente lo hicieron responsable del mal desempeño de la Selección, que por aquellos días pasaba por uno de sus peores momentos.
Un día el Chino decidió volver a su país, a jugar en el club que lo vio nacer y el que lo formó, tanto dentro como fuera de la cancha. Danubio nuevamente tenía en sus filas a uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, que había vuelto para agradecer todo lo que este club había hecho por él. Tras su paso por Danubio, luego de varios dimes y diretes, vuelve a Nacional, donde con su humildad y calidad logró conquistar a propios y ajenos.
Gracias a sus brillantes actuaciones, cuando más de una vez apareció salvando al equipo convirtiendo goles decisivos, siendo solidario, jugando para los demás, dando exquisitos pases, con sus goles inmemorables: como los que le hizo al rival de todas las horas o con sus majestuosos olímpicos. Con todo eso dejó boquiabiertos a todos y se conquistó el corazón de hasta el hincha más frío. Hoy es uno de los ídolos máximo de la hinchada, a fuerza de su talento, por sus goles y por esa humildad que lo caracteriza y lo hace único.
El Chino se reivindicó con su gente, cambiando críticas por elogios. Desatando una ovación cada vez que entraba a la cancha o se mandaba algunas de las suyas. El Chino era ese tipo distinto, que cuando agarraba la pelota te hacía creer que hasta lo imposible era posible, él la hacía fácil. Cada vez que se paraba para tirar un córner o un tiro libre la gente lo palpitaba, te corrían unas cosquillas por la panza, él era capaz de todo. Cuando estaba en la cancha no podías dejar de mirarlo, es que el Chino tenía ese imán que tienen solos los crack, los elegidos con la varita mágica.
Sin dudas el fútbol lo va a extrañar, la pelota va a extrañar sus caricias y el público futbolístico va a extrañar ver tanta magia adentro de una cancha. Como dijo el propio Chino en su discurso final como futbolista: “¡El fútbol sigue!”. Claro que sigue Chinito, pero sin vos va a hacer un poquito más triste.
Ma. Eugenia Núñez


