Una visión de los pájaros del Uruguay en dos milongas de Braulio Césaro y Ramón López

Del monte pájaros bellos

 

30PájarosOchenta y seis años atrás, dos creadores uruguayos se enfrentaron en una compulsa por escribir un poema dedicado a los pájaros, a la amplia variedad de aves que pueblan el Uruguay. En esta edición del ESPECIAL DE LOS SÁBADOS, repasamos las dos obras y descubrimos cuánto dialogan entre sí.

Se ha perdido la historia entre los recovecos del pasado, esa llaga que crece y crece a medida que pasan las horas, los días, los años. Algunos diarios viejos y la memoria de algunos veteranos permitirían, quizás, darle otro sustento a la historia que acá se cuenta.

Fue allá por 1930, cuando alguna institución pública, de ribetes culturales, llamó a concurso para premiar una obra dedicada al Centenario Oriental, el siglo de la Jura de la Constitución de la República Oriental del Uruguay. Entre la variedad de obras presentadas, se destacaron dos composiciones, muy diferentes entre sí a pesar de todos sus puntos en común: ‘El charrúa’ de Braulio Césaro y ‘Los pájaros’ de Ramón López. El Jurado, tras una dura deliberación, premió a la primera por sobre la segunda de las citadas.

‘El charrúa’

Poco sabemos hoy de Braulio Césaro, un payador de apellido esdrújulo, muy respetado entre sus pares y autor de una composición mítica en el mundo del canto repentista: ‘El overo’. Cuando el escritor y político (de extracción blanca) Javier de Viana, oriundo de Canelones, falleció en la ciudad de La Paz en el año 1926, muchos fueron los homenajes oficiales que se le tributaron. Braulio Césaro, por su parte, le dedicó su composición en décimas llamada ‘El charrúa’, una suerte de cuento criollo en el que narra la fantasmal presencia de Javier de Viana en un ambiente campesino.

Cito a continuación el texto:

Callaron los federales,

se entristeció el canelón,

se queja el sauce llorón,

se inundan los pajonales.

Los grandes tembladerales

también se han embravecido,

un sabiá dejó su nido

porque un zorzal de mañana

gritó que a Javier de Viana

la Parca lo había vencido.

 

El chingolo ni el hornero,

la calandria ni la urraca,

ya ninguno se destaca

como en mañanas de enero.

Ya no anida el carpintero

en palos del telefón

porque ha caído el campeón

de nuestra selva frondosa

y hoy sólo vive en las prosas

del campesino fogón.

 

Ya no cruza los rastrojos

en su flete y con orgullo,

el autor del libro ‘Yuyos’,

de ‘Gaucha’, ‘Gurí’ y ‘Abrojos’.

Sólo quedaron despojos

de la vieja tradición;

como sería la impresión

que le causó al paisanaje

que cuentan que hay un paraje

que siempre ven su visión.

 

Triste está la paisanada

y suele contar la gente

que hay noches en que se siente

aullar tuita la perrada.

Dicen que una madrugada,

al desuñir los carreros

largaron los delanteros

para verdiar un ratito

cuando sintieron el grito:

«Cuidao con los pertigueros».

 

Uno de ellos, sin recelo,

cuando ese grito sintió

al punto se persignó,

dijo «Dios lo lleve al cielo».

De la bombacha un pañuelo

el más anciano sacó,

las lágrimas se secó

y al empinar la carreta

dijo «Ese grito es de un poeta

sus libros he leído yo».

 

Después de haber amarguiado

arrimaron la boyada,

para emprender la jornada

el viejo un cuento ha empezado

de un libro que había estudiado

hecho por un gran talento

y en ese mismo momento

sintió un peso en la picana,

y era la visión de Viana

que venía a escuchar el cuento.

Como relato de fantasmas el cuento es perfecto: pinta la situación que genera el drama, describe a los personajes y los hace ‘dialogar’ con esa suerte de espíritu que levita en las inmediaciones, que no sería otro que el escritor muerto. Es impresionante como Braulio Césaro se sirve del canto de los pájaros –o del canto apagado de los pájaros– para meternos en el asunto.

En las dos primeras estrofas, Césaro se las ingenia para mencionar federales, sabiá, hornero, zorzal, chingolo, calandria, urraca y carpintero. No hay que olvidar que la consigna del certamen era un canto a los pájaros y, si bien el poeta no dedica todo el poema a estos, la presencia de los mismos es fundamental para la narrativa que propone.

‘El charrúa’, sin embargo, resultó vencedor ante otro gran poema, dedicado en su totalidad a los pájaros (desde el mismo nombre), un poema que el Jurado de entonces terminó considerando inferior.

‘Los pájaros’

“¿Qué decir de Ramón López? ¿Que fue payador y barquero, y de ahí su nombre de leyenda? ¿Que nació en 1887 en los pagos de Soriano, en el núcleo de una familia nómade, para aquerenciarse finalmente en Aguas Corrientes? ¿Que durante 26 años comandó la Santa Cándida, embarcación que transportaba carbón desde Montevideo, hasta la Usina de los Ingleses en Aguas Corrientes?, se preguntaba retóricamente el docente y poeta Mathías Iguiniz en estas mismas páginas, un par de años atrás.

‘Los pájaros’ de Ramón López es un canto de amor a los anónimos seres alados que pueblan las zonas rurales y que el payador conocía de primera mano. Cito a continuación el texto:

El melodioso zorzal

va a dirigir mi bandada

como el jefe con su espada

él con su silbido igual.

En el monte natural

canta como hizo el abuelo

imitando el mismo vuelo

y forma como formaron

los ranchos donde se criaron

en nuestro querido suelo.

 

Viene de herencia el hornero

y oigan bien los que comprendan…

¿no ven que hace su vivienda

igual que un rancho campero?

Como el rancho en el alero

lleva la paja quinchada,

él con el barro mezclada

busca un poste o un horcón

y forma la población

para criar la pichonada.

 

El boyero tejedor,

a más de su habilidad,

encierra su majestad

aunque es pájaro cantor.

Hay otro trabajador

que es su nombre carpintero,

quien con paciencia y esmero

busca la madera seca

y con el pico la ahueca

para hacer su hogar primero.

 

La calandria trinadora

en un tala o espinillo

saluda al sol que da brillo

después que nació la aurora.

Todos cantan a esa hora,

músicos y benteveos,

mezclando sus aleteos

tordos, mistos, gargantillos…

Y los chingolos caudillos

adornan con sus trofeos.

 

Del monte pájaros bellos

que con ustedes me he criado

y los que se hayan quedado

vengan, júntense con ellos.

Y cuando el sol los destellos

dore el himno nacional,

una bandera inmortal

es el pendón que levanta

mientras mis pájaros cantan

al centenario oriental.

A diferencia de ‘El charrúa’, que mencionaba algunos pájaros para introducir la historia del fantasma de Javier de Viana, en ‘Los pájaros’ de Ramón López parecen estar todas las variedades de aves del Uruguay, referidas con minuciosos detalles (véase la descripción de la labor del pájaro carpintero en la cuarta estrofa).

Las dos obras están presentadas. Queda ahora a juicio del lector, ochenta y pico de años después de la compulsa original, elegir cuál es su preferida. Yo ya tengo la mía.

Francisco Andueza