El lugar del hecho: el escenario de carnaval

Todo comenzó cuando el grupo de amigos y compinches, cantando en plena calle, enamoraron al barrio y su gente. A partir de ahí, todo fue cuestión de organizarse: por cuestiones prácticas los vecinos formaron comisión barrial que se encargaba de recaudar fondos -entre comerciantes y vecinos- para poder hacer un tablado digno. Un escenario al que los conjuntos quisieran ir, un tablado que fuera un orgullo para el barrio.

La estructura básica no implicaba mayor esfuerzo: tablones de madera sobre cajones, tanques o barriles. La cuestión era darle el toque de identidad, ponerle ‘alma’ que hiciera que se sintiera ‘el tablado del barrio’. Comenzando por algunos elementos decorativos simples, casi domésticos -a principios de siglo- se evolucionó, cuando la Comisión Municipal de Fiestas organizó el concurso de tablados. Entonces apareció la creatividad ciudadana y el empeño colectivo: muñecos de papel y engrudo, diseños a escalas increíbles… el barrio entero detrás del deseo de obtener la mención que los pusiera en boca de todos.

Era un Uruguay hecho de colectividades de gente llegada de lejos, que emprendía una tarea conjunta para aprender a convivir. Como era muy frecuente que los carnavaleros fueran vecinos colaboradores en el armado del tablado de su barrio, ocurría que asistían a otros escenarios jugando el rol de artista. La separación entre público y artista apenas se empezaba a delinear: todos tenían algún conocido que salía en alguna comparsa o cantaba en alguna murga. El ritual se repetía cada vez que caía la noche: las vecinas sacaban sillas de sus casas a la vereda, se acomodaban cerca del escenario y el resto se rebuscaba para poder ver. La tertulia duraba hasta que se escuchaba de lejos la bocina de la murga anunciando su arribo.

Esta ceremonia diaria, al calor de febrero, creó una poética murguera plagada de referentes, imágenes y metáforas que los textos de murgas reciclan cada año: el camión, la nostalgia de irse y el deseo de volver, la novia encontrada en carnaval y, por supuesto, el tablado. Todo esto como un mundo idealizado, antiguo, que se recuerda con un dejo de melancolía: algo así como la idea de que ‘todo tiempo pasado fue mejor’ llevada al plano de la fiesta popular.

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De baldíos y clubes de barrio a los megaescenarios

Más adelante, llegada le década del 60, surgió un grupo de pequeños empresarios que tentaron suerte, buscando que montar un tablado redundara en su propio beneficio. Al principio, vecinos del barrio, gente conocida. Luego simples capitalistas que invertían en el negocio del carnaval.

Junto con este cambio, en que la organización del carnaval se le expropió al barrio -ahora la comisión de fiestas, la gremial de directores de agrupaciones y los dueños de tablados lo hacían todo-, la infraestructura fue mejorada: un escenario armado en forma prolija, que daba mayor seguridad a los artistas para su desempeño, gradas para el público y algún puesto de comida al paso. La locación, podía ser una esquina vacía que el gobierno municipal cediera por carnaval.

Las formas de mencionar y agradecer a los colaboradores que hacían posible el carnaval en el barrio iban desde pintar las marcas en lonas que formaban parte del decorado del tablado hasta la mención reiterada hasta la hipnosis por el presentador mientras vendía el bingo.

De tal forma, de esquinas baldías se pasó a clubes de barrio, más estables y fuertemente asociados a su enclave físico. Aquí, una vez más, se mejoraba la estructura sumando cantina, baños e incluso en algunos casos vestuarios para los carnavaleros. En tiempos más recientes, a finales de siglo XX, fuimos testigos de una hiper-profesionalización del carnaval: su masificación, el ingreso en la televisión y la grabación de discos y cassettes que legitimaron la murga-canción, incorporaron nuevos públicos.

Los megaescenarios brindan excelentes prestaciones de sonido e iluminación, que permiten mejores espectáculos para públicos más numerosos llegados desde lejanos barrios de la ciudad. En las grandes superficies se brinda hoy una enorme oferta de productos, además del central: espectáculos de carnaval sobre el escenario. La plaza de muy diversos alimentos, venta de regalería (camisetas, tazas, discos de los conjuntos) y demás proliferan en espacios en los que se asume al carnaval como un entretenimiento más ofrecido y consumido en relación con la familia moderna.

Tales espacios, esos no-lugares que son hoy los escenarios multitudinarios, carecen del calor y la magia del tablado de barrio. Ya no hay hábitos de asistencia a diario ni citas posibles para el día posterior. La pasteurización de los vínculos humanos, también se aloja allí: ya no es factible reconocer al asistente próximo como un vecino. Los vínculos se han modificado.

Habrá que evaluar si es preciso y emprender entonces un camino que nos conduzca a la recuperación del espacio propio, afectivo, conocido. Una ruta que nos permita convivir y disfrutar juntos. Nada hace esperar que esta tendencia a la ‘soledad acompañada’ se revierta. Sin embargo, siempre será posible cultivar y transmitir el valor de las tareas emprendidas en forma colectiva. Como aquellos primeros tablados.

Ofelia Del Río

Especial para HOY CANELONES